Un pescador se prepara para lanzar su atarraya en un caño del municipio de Ponedera. Atrás se ve un tubo descargando aguas servidas.
Un pescador se prepara para lanzar su atarraya en un caño del municipio de Ponedera. Atrás se ve un tubo descargando aguas servidas. Luis Rodríguez Lezama

Desaparecen el bagre, el bocachico y el róbalo

Estudios de la Uniatlántico indican que estos cuerpos de agua del departamento están altamente contaminados, lo que ha ocasionado la pérdida del 60% de las especies de peces.

Barranquilla

Estudios de la Uniatlántico indican que estos cuerpos de agua del departamento están altamente contaminados, lo que ha ocasionado la pérdida del 60% de las especies de peces.

No son buenos tiempos para los pescadores del Atlántico. Por lo menos así lo perciben decenas de ellos, quienes han dedicado toda su vida a este oficio que hoy, a duras penas, les da para sobrevivir y levantar a sus familias.

Las extensas faenas de pesca ya no son tan productivas, las especies en las ciénagas y embalses del departamento cada vez son más escasas y su tamaño cada vez más pequeño, lo que las hace poco atractivas para el mercado y limita su uso al consumo familiar.

Pero ¿qué es lo que está pasando en los cuerpos de agua del Atlántico?, ¿a dónde fueron a parar las especies que durante décadas se pescaban en las ciénagas y embalses?. Diversos estudios de la Universidad del Atlántico, realizados en los últimos años, evidencian que las ciénagas del Atlántico han sido desconectadas del río Magdalena y, además, reciben grandes descargas de aguas servidas y sin tratar de los diferentes municipios del departamento.

¿Cuál es la causa?. El panorama en las Ciénagas es desalentador. Así lo advierte el investigador Luis Carlos Gutiérrez Moreno, vicerrector de la Universidad del Atlántico, quien advierte de la desaparición y bajos niveles de estos cuerpos de agua.

Detalla que las ciénagas de Luruaco, El Uvero, El Jobo y el Embalse del Guájaro, zonas de estudio de la universidad, tienen alto niveles de contaminación y pocas profundidades, debido a la poca agua que les está llegando, producto de su desconexión con el río Magdalena.

La situación es “desalentadora”, teniendo en cuenta que las lluvias que caen en el departamento representan menos del 30% del agua que tienen las Ciénagas. “El 70% del agua que deben mantener las ciénagas tienen que venir del río Magdalena, pero todos esos arroyos que conectan con las ciénagas están sedimentados, pero también influyen obras inadecuadas como terraplenes, pequeños pasos y empresas que han construido y han colmatado la conectividad de las ciénagas con el río”, detalla Gutiérrez.

Toda esta situación tiene una consecuencia “compleja”, teniendo en cuenta que las ciénagas del Atlántico, en épocas de lluvia, alcanzan una profundidad de 1.5 metros de profundidad y en épocas de sequía no alcanzan más de 50 centímetros.

Gutiérrez, quien es biólogo, precisa que dichas profundidades, sumado a las altas temperaturas llevan a que el agua de las ciénagas se evapore y salga del sistema. “Cuando el agua se evapora deja los contaminantes en la ciénaga, lo que hace que se concentren más los contaminantes como materia orgánica y metales pesados”, advierte Gutiérrez.

No hay oxígeno. El vertimiento de líquidos sin tratar, sumado a la evaporación del agua en las ciénagas ha repercutido en la capacidad piscícola en estos cuerpos de agua, debido a que se deprime el oxígeno. Según las mediciones de los investigadores de la Uniatlántico, se han encontrado niveles bajos en la saturación del oxígeno, lo que ocasiona que los peces no puedan vivir con “confort”.

“Los peces tienen dificultades para vivir en las ciénagas cuyo niveles de oxigenación no superan el 60%. A eso se le agrega que las sustancias orgánicas acidifican el sistema; es decir, que el PH se hace menor y esto genera un problema para todos las pieles y huevos de los peces”, detalla la institución en uno de sus informes.

Pérdida de especies. La misma contaminación de las ciénagas ha ocasionado que especies como el bagre, el bocachico, la doncella, blanquillo, róbalo, lisa y mojarra blanca ya no habiten en estos espejos de agua del Atlántico, debido a su poca resistencia a los altos niveles de contaminación.

Los pescadores luego de sus faenas, de acuerdo a los análisis de la Uniatlántico, pescan principalmente tilapias y algunas otras especies africanas introducidas en la zona como “el viejito”, cachamas y las “arenquitas”, especies que se han quedado “resistiendo” las condiciones de la masa de agua. Lo anterior indica —según los estudios de la institución—que las ciénagas del Atlántico han perdido entre el 40% y el 60% de las especies de peces.

Los biólogos acostumbran a llamar a estas especies como peces “cerdos”, debido a su capacidad de resistencia y buscar oxígeno en la atmósfera. “Estos peces no tienen valor comercial y no crecen mucho y su apariencia tampoco es que tengan condiciones para el consumo. Los peces que llegan se desnutren precisamente por las condiciones del agua”, precisa el investigador y biólogo Luis Carlos Gutiérrez.

El experto indica que han realizado estudios al contenido estomacal de los peces de las ciénagas del Atlántico y han encontrado que no se están alimentando con materiales nutritivos. “Los peces se están comiendo sustancias que encuentran en las ciénagas, esas sustancias no son nutritivas, principalmente una alga que es lo que más abunda en el ecosistema, pero son tóxicas y venenosas”, explica Gutiérrez.

Estamos a tiempo. El investigador Gutiérrez Moreno manifiesta que el departamento está a tiempo de revertir la situación de contaminación en sus cuerpos de agua, debido a que esta contaminación está asociada al vertimiento de aguas residuales.

En ese sentido, instó a las autoridades del departamento a fortalecer la tecnología con la que se tratan los residuos domésticos, industriales, clínicos y comerciales. “Se hace necesario impulsar la conciencia de nuestros productores y gobernantes para hacer efectivas las inversiones para tratar las aguas que están contaminando nuestros ecosistemas”, indica el investigador.

“Si no pescamos, entonces qué comemos”

Cientos de familias en el Atlántico sobreviven gracias a la pesca. En el municipio de Ponedera, de la banda oriental del departamento, la actividad pesquera cada vez se ve más mermada. Así lo perciben pescadores del lugar, quienes coinciden en que las grandes especies han ido desapareciendo.

“Difícilmente encontramos un bagre grande en la zona, las faenas son bastante largas y las hacemos en la Ciénaga El Uvito, pero lo que más pescamos son tilapias y una que otra mojarra, pero ya no es como antes”, indica Alberto Pérez, pescador de más de 30 años dedicados al oficio.

Alberto cree que las generaciones de pescadores están destinadas a desaparecer, pues la actividad ya no es rentable y a duras penas da para sobrevivir y alimentar a la familia. “Si no pescamos, entonces no comemos, pero por lo menos yo no quiero que mis hijos se dediquen a lo mismo, porque cada vez hay menos qué pescar”, afirma mientras arma su atarraya.

Él y los demás pescadores de Ponedera son conscientes de que muchos de los caños o pequeñas lagunas que se han formado del río Magdalena están contaminados, ya que reciben las aguas servidas de todo el pueblo.

“Cuando no hay que pescar en El Uvito, vamos a los caños, pero son pescados que cocinamos bien y luego fritamos para que se les mate todo lo que tienen malo adentro, aunque la idea no es consumirlos, porque por lo general son tilapias mojoneras”, cuenta el pescador de Ponedera, quien le pide al Gobierno local que impulse la tecnificación de la actividad pesquera en la zona.

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