Porque si algo hemos ido perdiendo es la capacidad de quedarnos en el hoy. Vivimos cada vez más pendientes de lo que quisiéramos ser, de la imagen que proyectamos y de esa siguiente versión de la vida que parece siempre más interesante que la propia.
Por eso el mensaje del Sábado Santo es tan poderoso: no pide negar la caída, ni fingir que no duele. Nos enseña algo más difícil y valiente; que el coraje no nace después de levantarse. Nace en el suelo, cuando uno decide pararse, aunque todavía duela.
Es que el fallo reconoce algo más de fondo: que las redes sociales sí pueden hacer daño y que ese daño nace de herramientas creadas para volverte adicto.
Por eso la discusión no es solo sobre Ormuz. Es sobre si Europa y Estados Unidos todavía quieren defender juntos algo más grande que sus diferencias. Porque ese proyecto comun no produjo solo una alianza militar, produjo el mayor espacio de libertad, democracia y paz que ha construido la historia humana, y eso es la que hay que defender ha muerte.
El fútbol ha sido uno de esos espacios. Un gol se celebra igual en cualquier parte del mundo. Un niño entiende una pelota antes que un país. Una camiseta puede despertar orgullo sin alimentar odio. Esa ha sido siempre la fuerza silenciosa del fútbol.
¡Hay que votar! Llevemos al vecino, al amigo, al familiar: todos a votar. Porque así, desde el lunes, el centro, la derecha y la izquierda empezarán a dibujarse en el mapa electoral. Las listas presidenciales comenzarán a depurarse.
Ese mismo hogar que cambia de marcas en el mercado o fía en la tienda porque la inflación de los alimentos sigue aumentando. Es un problema estructural: los costos de vivienda, transporte, alimentos y servicios públicos crecen más rápido que los ingresos. El presupuesto no alcanza.
El mundo no va a desacelerar. Las redes sociales y la inteligencia artificial ya están transformando todo. Si no adaptamos la educación para entrenar la concentración, el foco y el pensamiento crítico, no perderemos por falta de talento, perderemos por distracción. No estamos criando una generación más bruta, sino una generación desconcentrada.
Esta semana esa lección no vino de un discurso político, sino del escenario más americano del planeta. Frente a más de 128 millones de estadounidenses, Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, cantó 13 minutos en español en el medio tiempo del Super Bowl. No para provocar, sino para recordar algo básico: América es más grande que una sola lengua, una sola historia o una sola identidad.
Cada aguacero anticipa una noticia triste. Uno sabe que mientras el agua cae, hay familias sacando lo poco que pueden, colegios cerrando y barrios incomunicados. No es dramatismo: es la realidad de un país con infraestructura frágil y prevención insuficiente.