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Santa Lucía y Suan, los contrastes de la catástrofe

Los santalucenses recuerdan los momentos de angustia vividos hace 10 años. Los suaneros también rememoran el “milagro” en su municipio.

Un día funesto. Así recuerdan los santalucenses el 12 de diciembre de 2010. Luego de varios días de resistencia, la población terminó sucumbiendo ante el monstruo indomable que arrastró las aguas del Canal del Dique, convirtiendo a Santa Lucía en un pueblo fantasma.

En solo cuatro horas, los esfuerzos de los hijos de esta tierra se desmoronaron ante la furia del agua. En medio del desespero por frenar la corriente –que desde el 30 de noviembre corría a sus anchas por toda la zona rural– construyeron barricadas con palos, tejas de zinc y grandes piedras para evitar que llegara al casco antiguo, por alguno de los cuatro puentes que bordean al municipio.

“Fueron días muy lluviosos y algunas calles tenían agua, porque no tenía para dónde salir. Aunque por varios días evitamos que más agua entrara, en el puente Colombia falló algo y fue el inicio de la tragedia”, recordó Víctor Martínez Cortés, uno de los santalucenses que apoyó los trabajos de contención.

Las calles de santa lucía. El agua llegó a las calles de esta población el 12 de diciembre, luego de que fallara la “muralla” construida en el puente de Colombia. El pueblo se inundó en menos de 4 horas. Archivo

En medio de la incertidumbre, decenas de personas salieron con las pocas pertenencias que lograron cargar sobre sus hombros y poner a salvo sobre la carretera Oriental para posteriormente ser llevados hasta Barranquilla o cualquier otra población a salvo de la feroz corriente.

“Mi familia y yo estuvimos por tres meses en Barranquilla, viviendo en la casa de una cuñada. Gracias a Dios allá tengo clientes de albañilería y enseguida me puse a trabajar. Si iba a meter cinco pelaos como ayudantes, metía a 10 y partía el día por la mitad. Había mucha necesidad y era una forma de ayudarlos en medio de la tragedia”, agregó Martínez, quien tiene 62 años.

Otros santalucenses se valieron de pequeñas canoas y chapulas para trasladarse al otro lado del Canal del Dique, en jurisdicción del departamento de Bolívar, donde construyeron un refugio que recibió el nombre de Arenal de la Montaña.

Semanas antes de la inundación, en Santa Lucía hubo varias alertas porque el Canal del Dique amenazaba con desbordarse y repetir la historia vivida en 1984, como lo recordó Carlos Alberto Villa, otro habitante de este terruño. 

“Nosotros no dormíamos. Antes de que se abriera el boquete, el agua estaba pegada a la muralla de contención, quería entrar al pueblo.  Pasábamos pegando bloques para subir el nivel del muro y evitar que se metiera”, expuso con cierto dejo de nostalgia en su voz.

Las calles de santa lucía. El agua llegó a las calles de esta población el 12 de diciembre, luego de que fallara la “muralla” construida en el puente de Colombia. El pueblo se inundó en menos de 4 horas. Archivo

Para este septuagenario hombre, el amor por su tierra fue la principal motivación para que el pueblo entero se volcara para tratar de evitar la tragedia, aunque al final, el agua del Dique tumbó su fortaleza.

“De acá se llevaron a todo el que así lo requería. Hubo personas que me brindaron ayuda para salir del pueblo, pero yo dije que no me iba. Yo tenía que pelear con la corriente y así fue, estuve acá hasta el último momento”, expuso.

Tragedia familiar

 La familia Páez fue una de las primeras en sufrir las inclemencias de la tragedia en Santa Lucía. Su vivienda, ubicada justo al frente del puente Colombia, se anegó por completo en cuestión de minutos.

El tiempo transcurrido no ha logrado que Martha Páez borre de su memoria todos los momentos de angustia que vivió junto a sus seres queridos, principalmente cuando la estructura de su vivienda empezó a ceder en medio de las afanosas labores de un helicóptero militar que trataba de tapar el pequeño boquete.

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“Trajeron unos helicópteros que echaban unas piedras grandes para tratar de frenar el agua, pero eso lo que hizo fue destruir nuestras casas. Incluso, el vecino falleció de la pena moral por ver su casa completamente destruida”, dijo la mujer, quien por más de 30 años ha trabajado como madre comunitaria.

Para ella, la vida no ha sido igual después de esta emergencia, a la cual responsabiliza de la grave enfermedad que aqueja a su madre y el penoso fallecimiento de su padre.

“Fue algo grande para nosotros, que no me gusta recordar. Mi papá se murió del dolor, porque todo lo que tenía se perdió. Nosotros teníamos algunas comodidades, de eso ya no queda nada”, agregó la mujer mientras las lágrimas caían por su rostro. 

Fiel a las enseñanzas de sus padres, Martha y su familia se han dedicado a trabajar para tratar de recuperar parte de lo perdido.

“Mi hijo mayor se fue para Estados Unidos a trabajar y siempre me dice que me va a hacer una casa bonita, porque el agua nos dejó sin nada”, agregó.

Este noviembre, la tragedia volvió a tocar las puertas de su hogar. La Covid-19 le arrebató la vida al padre de los hijos de Martha.

Archivo

“Estamos bajo la voluntad de Dios”, reconoció la mujer, quien no oculta el temor de que una emergencia de esa magnitud se vuelva a presentar.

Por eso, todos los días reza para que el agua que caiga en esta región solo sea para bañar las tierras y las siembras que en ellas crecen. Una especie de lluvia bendecida que les permita seguir contando con alimentos sobre sus mesas.

“Que esto no se vuelva a repetir, no creo que lo aguantemos”, insistió.

El milagro de Suan

Mientras los santalucenses vivían su propio drama, a pocos kilómetros, los suaneros luchaban contra el pánico que trataba de vencerlos. La corriente del Dique pasaba con naturalidad por todo el sur del Atlántico y en Suan de la Trinidad se aferraban a un “imposible”: que el agua no borrara su casco urbano a pesar de los pronósticos adversos y la inundación de parte de la zona rural.

Liderados por Rodolfo Pacheco, quien en ese entonces se desempeñaba como alcalde, los suaneros emprendieron arduas jornadas de trabajo para reforzar la carretera Oriental y el muro de contención, los dos puntos amenazados por el agua.

Johnny Olivares

“Los niños y las mujeres se fueron. Solo quedamos los hombres. Acá hay cerca de 20 box culverts, que son los desagües para que el pueblo no se inunde cuando llueve y nosotros los tapamos, hacíamos vigilias para que el agua no ingresara al casco urbano”, rememoró Gustavo de la Rosa, uno de los líderes del municipio.

La constante amenaza de que las aguas llegaran al pueblo llevaron a las autoridades departamentales a emitir una alerta de evacuación, la cual no fue cumplida por la población. Hombres y algunas mujeres decidieron quedarse para salvaguardar su tierra natal de la furia del agua.

“Recorríamos todos los puntos del municipio, vigilando que el agua no entrara. Estábamos en la carretera o la muralla, verificando que el agua estuviera al margen”, explicó Víctor Polo, un suanero de 77 años.

Teresa Fontalvo fue una de las mujeres que no abandonó el municipio. Durante más de 40 días fue una de las encargadas de preparar los alimentos y el tinto que los integrantes de las brigadas consumían en medio de las labores de salvaguarda.

El líder Gustavo de la Rosa contempla uno de los monumentos a la Inmaculada Concepción en el municipio de Suan. Johnny Olivares

“Estábamos angustiosos, porque teníamos agua por todos lados. Nosotros trabajamos mucho esos días, no dormíamos. Nos dedicamos a hacer comida para los hombres que estaban creando las barreras y también apoyábamos en la vigilancia del pueblo”, dijo la mujer, quien se separó de sus tres pequeños hijos y su madre por más de dos meses.

Los suaneros tampoco olvidan la “intervención divina” de su patrona, la Inmaculada Concepción, cuya imagen sagrada sacaron en procesión en más de una oportunidad por las calles del municipio, aún en medio de torrenciales aguaceros.

“Tuvimos mucha fe en nuestra patrona. Todos le pedíamos al Señor y a la virgen que nos ayudaran a salir adelante en medio de esta emergencia”, sostuvo Delia Galvis, otra de las mujeres que estuvo “al pie del cañón” durante dicho tiempo.

Diez años después de la emergencia, los habitantes de Santa Lucía y Suan aún viven con zozobra. Solo esperan que el río no vuelva a incrementarse al punto de revivir el fantasma de las inundaciones.

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