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Mientras eso pasa

Por muy buena que nos parezca, tratar de imponer una postura política con bloqueos y vandalismo, nunca será una buena idea.

Se dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Creo que la memorable sentencia, atribuida a personajes tan diversos como Napoleón, Marx o Santayana, ignora que también es posible que quien conoce su historia puede querer precisamente eso, que se repita.

Esa última y atrevida derivación de la cita parece apropiada para ayudar a comprender los momentos que estamos viviendo. No me refiero estrictamente a las protestas en contra de la reforma tributaria o en contra la corrupción, acciones que encuentran justificación en casi cualquier país; sino a la bendita costumbre, muy colombiana, de llevar las disputas hasta los límites de la paciencia, de tal forma que siempre terminamos envueltos en agresiones, tropel y violencia. Eso lo sabemos todos, pero lo repetimos una y otra vez.

Desde hace unos años nuestra política es como un improbable péndulo que viola las leyes de la física, al acercarse más a los extremos con cada oscilación. Al menos eso parece. El discurso entonces se radicaliza y se llena de rabia con el paso del tiempo, insistiendo en el ofensivo rechazo a los moderados —o tibios, como les dicen ahora— para preferir a quienes levantan el puño con ardor y frases inflamadas, sin importar su afiliación. Aparentemente venden mucho el insulto y las posturas inflexibles, la idea de ir hasta las últimas consecuencias, de cualquier manera, defender o atacar, cueste lo que cueste. Pedir calma y sustentar los hechos con evidencias está muy mal visto, aburre a la concurrencia.

Coincidamos en algo: salvo algunos inadaptados, que los habrá, todos queremos vivir con decoro. Eso usualmente quiere decir vivir tranquilos, sin permanentes amenazas a la integridad, con las necesidades básicas más o menos resueltas y con algún margen para el crecimiento personal. Nada de eso es factible si tales beneficios son percibidos únicamente por una parte de los ciudadanos. Por eso no es viable concebir un país, o intentarlo siquiera, sin considerar a todos los que lo componen y sin reconocer que es necesario un esfuerzo colectivo y solidario para disfrutar de una dignidad generalizada. Pero, por muy buena que nos parezca, tratar de imponer una postura política con bloqueos y vandalismo, o apelar al uso desmedido de la fuerza, nunca será una buena idea. La violencia suele ser siempre recíproca, así que víctimas y victimarios pueden terminar cambiando sus papeles sin que se den cuenta, perpetuando una espiral destructiva en constante crecimiento. Eso no sale bien.

Si seguimos creyendo que la única manera de mejorar el país es mediante la aniquilación del adversario, es decir, si seguimos aferrándonos a la idea de que no solo hay que derrotar al otro bando, sino que es necesario triturarlo con furia para verlo humillado, siempre vamos a tener a la mitad de la gente muy molesta y sin el menor incentivo para participar de las tareas que demanda el desarrollo. Y mientras eso pasa, mientras seguimos enredados en complicadas peleas domésticas, una buena parte del mundo seguirá avanzando, mejorando y alejándose, quizá ya fuera del alcance de nuestras limitadas intenciones.

moreno.slagter@yahoo.com

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Diálogo y cumplimiento

Son tiempos difíciles, lo que se convenga debe ser cumplido.

La protesta social es legítima. Está consagrada como el derecho a la resistencia a la opresión en los textos de las constituciones republicanas como la nuestra, y forma parte de los fundamentos de la cultura de la ilustración que, se expresa con claridad en la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano de 1789. La protesta social es resistencia a los ataques a sus derechos por parte del poder público. Es la voz del soberano que indignado dice: la democracia reside en la ciudadanía y debe ser obedecida. Esto debe ser comprendido.

La legitimidad de la protesta social no queda en duda en un Estado social y democrático de derecho. Esto es lo primero que debe ser aceptado. Existen excesos en la protesta social; siempre se presentan, es inevitable y no puede serle imputado a los dirigentes de una protesta social. Siempre se presentan y se presentarán, pero esto no descalifica las demandas de la sociedad civil. Son excesos que deben ser controlados. De acuerdo, y el control de los excesos tiene que ser razonable y proporcional.

Ocurre que los medios para controlar los excesos a veces lo alimentan. No es una política correcta identificar protesta social con sus excesos. Caricaturizar la protesta es contraproducente y conduce a cerrarle camino al diálogo y a la construcción de consensos. Las revoluciones americanas y francesas tuvieron excesos, nadie lo puede discutir. Pero esas protestas sociales dieron nacimiento a una nueva sociedad y a una nueva cultura: la cultura de los derechos y de la democracia.

Los excesos de parte y parte deben ser rechazados, es lo mínimo que debe hacerse por las partes para iniciar un dialogo a fin de generar confianza y construir un consenso. Pero los excesos no pueden ser los árboles que impidan ver el bosque. No es un enemigo el que protesta en las calles, es el soberano. Que la ciudadanía debe respetar unos límites, no se discute. Insisto, la ciudadanía que protesta no puede ser tratada como un enemigo; menos, debe ser combatido a sangre y fuego.

Me acuerdo de la historia de Iván el Terrible en 1570 en la ciudad de Nóvgorod cuando asistió a fin de aplastar una sublevación y cómo tembló ante la presencia de un santo varón consagrado a Cristo, que ante él “tendió al zar un vaso lleno de sangre y un trozo de carne cruda, invitándole a beber la sangre y a comer la carne. El zar retrocedió con repugnancia, preguntándole cuál era el propósito del santo varón. Entonces el hombre de Dios le dijo: Este es un vaso de sangre derramada por orden tuya”. El zar con su pañuelo hizo señal y detuvo la matanza.

La historia es real. No digo que el gobierno se haya comportado como Iván el Terrible, digo que la vida humana es sagrada, debe ser respetada y evitarse el derramamiento de sangre, las desapariciones y el exceso de la fuerza. En tiempos de pandemia, el Gobierno debe estar dedicado a las vacunaciones masivas de la población y a la atención de las poblaciones vulnerables. Se debe dialogar, construir confianza y acordar salidas que convenidas se cumplan        

Son tiempos difíciles, lo que se convenga debe ser cumplido. El pacta sunt servanda es un valor superior de toda civilización. El que pacta debe cumplir lo pactado. Real,  la historia nacional está plagada de pactos entre la población y los gobernantes que se han incumplido, desde la Rebelión de los Comuneros el incumplimiento de lo pactado alimenta la desconfianza y deslegitima a los gobiernos. Chile ya está dando un excelente ejemplo. Las protestas ciudadanas encontraron la alternativa razonable en un proceso constituyente.

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Es hora de acordar soluciones

Los negociadores tienen una enorme responsabilidad con el país y por ello deben tener una actitud positiva.

El escenario estaba servido para el inédito volumen de protestas sociales que estamos sufriendo. A pesar de los esfuerzos del Gobierno nacional con los programas sociales, como el de Ingreso Solidario, según datos del DANE por efectos de la pandemia la pobreza monetaria en Colombia subió a 42,5 % en 2020, con un aumento de 6,8 puntos porcentuales, lo que significa que 3,5 millones de personas entraron a esa condición de pobreza el año pasado. Por otro lado, la pobreza extrema subió a 15,1 %, reflejando un incremento de 5,5 puntos.

Con esa situación social, que no es responsabilidad solo de este gobierno, sino que es el resultado acumulado de varios gobiernos y del accionar de los dirigentes políticos, que no fueron capaces de prever e implementar efectivos programas sociales y económicos que corrigieran las debilidades de nuestra sociedad. Con tantos nuevos pobres e indignados ciudadanos, que ven como súbitamente se les reducen las oportunidades y las esperanzas, las protestas, alimentadas por el odio que promueven reconocidos líderes políticos, no se hicieron esperar, aun desobedeciendo las medidas de bioseguridad y poniendo en riesgo la vida de muchos colombianos. El pico alto de casos fatales por contagios con el virus así lo están demostrando.

El fallido intento de una reforma tributaria inoportuna e inexplicada, a pesar de su nombre “Ley de solidaridad sostenible”, fue solo el detonante de la explosión social. Aun cuando muchos de los que protestan no iban a ser afectados por la reforma, sino beneficiados, la expresión reforma tributaria tiene una connotación irritadora que tuvo sus efectos en el ánimo reprimido de la gente. Hoy se completarán 23 días continuos de protestas, mezcladas con hechos violentos y destructivos, contra las instituciones públicas, la propiedad privada y contra los derechos fundamentales consagrados en la Constitución nacional, que han afectado profundamente la vida de los colombianos. No solo se han producido lamentables pérdidas de vidas, sino también la destrucción de fuentes de trabajo y el incremento de la pobreza, impidiendo la reactivación económica tan necesaria para ampliar las oportunidades de empleo y de ingresos que tanto reclaman muchos colombianos.

Sólo aquellos que tengan una inclinación sociópata podrían estar tranquilos y satisfechos con esta situación de crisis que cada día destruye gradualmente nuestra economía y nuestra democracia. Nadie está exento de sufrir en carne propia sus potenciales nefastas consecuencias.

Es hora entonces de dialogar para buscar y acordar soluciones. Los negociadores tienen una enorme responsabilidad con el país y por ello deben tener una actitud positiva, una buena dosis de sindéresis y suficiente creatividad para construir soluciones con efectos sinérgicos.

Sería una torpeza que el comité de paro, como parte del proceso de negociación, asumiera la posición de exigir al gobierno que haga concesiones que impliquen el incumplimiento de la Constitución y la ley que todos estamos obligados a cumplir. Igualmente sería un error que el gobierno no atendiera los reclamos de las posibles violaciones de los derechos humanos por parte de la fuerza pública y no implemente en forma transparente los correctivos necesarios.

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¡Alerta!

No es coincidencia que las más firmes voces sean de aquí. Este país debería ser manejado por la gente del Caribe, y otro gallo cantaría.

Demasiada hipocresía ante tamaña situación. Basta de decir que la protesta es un derecho. Lo es, si es pacífica. Pero han sido perturbadoras, destructoras, inoportunas y aprovechadas por terroristas. No más convocar hipócritas negociaciones con los del tal “Comité” que nadie eligió, que se representan a sí mismos, y lo que quieren es el caos. No hablen con malandros, sino con los jóvenes estudiantes de verdad, certificados. Con los jóvenes que quieren de veras trabajar y progresar; con la gente realmente afectada por unos y por otros; con los emprendedores, y  no con radicales ni con políticos. Ausculten angustias y anhelos, y solucionen en consecuencia. Pero que a la vez  se sienta la autoridad y se vea la  defensa de la propiedad y la vida del ciudadano.

Por ello, ovación para las firmes y certeras declaraciones del alcalde Pumarejo a raíz del intento de unos criminales de impedir el fútbol programado en el Romelio: En tres frases hizo una radiografía del estado de las cosas, y de lo que por ningún motivo debe permitirse. “No podemos poner al vandalismo por delante de la autoridad”, y añadió “el Estado no puede permitir que, poco a poco, nos arrebaten las libertades”; y acto seguido concluyó con lo que parece no haber entendido el Gobierno nacional: “Si cedemos ante la posibilidad de violencia, le entregamos la autoridad del Estado a unos pocos. Dejaríamos el uso del poder y la seguridad a esas fuerzas, diciéndole a la gente que no los podemos defender ni garantizar su seguridad”. Habemus alcalde.

Ovación también para el oportuno y tajante mensaje de la procuradora Margarita Cabello haciendo un llamado a alcaldes y gobernadores, conminándolos a hacerle frente a la amenaza  con firmeza y contundencia: “No podemos dar el vergonzoso espectáculo de ver a mandatarios confundidos, inactivos, perplejos y aparentemente derrotados por la criminalidad”. Los instó a que cumplan su deber o renuncien. Además apoyando frontalmente a las Fuerzas Armadas y a la Policía, para que enfrenten a los terroristas. “La claudicación es entregarle nuestro país al caos, la violencia y la delincuencia”. Dura lex.

Se llama autoridad. Es que si esta se pierde, se perderían las libertades. Es lo que está ocurriendo en Cali, Popayán, Tunja y hasta en Medellín y Bogotá: La pérdida de la libertad, la insólita falta absoluta de autoridad que, Dios no lo quiera, puede derivar en que la gente también se organice para defenderse por sus propios medios.

No es coincidencia que las más firmes voces sean de aquí. Este país debería ser manejado por la gente del Caribe, y otro gallo cantaría. Así que los terroristas quedaron notificados. Pero también Pumarejo y Elsa. Y hasta la propia ciudadanía. Es que los criminales no querrán dejar las cosas así, que aquí estemos en relativa calma. Saben que somos muy distintos, y que para sus fines tendrán que traer de afuera a los mercenarios agitadores y destructores. Ya deben estar programando desmanes de todo tipo, y organizando vándalos y hasta indios caucanos. Así que hay que estar alerta.

rzabarainm@hotmail.com      

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Polemología e irenología

La polemología y la irenología sirven para hacer diagnósticos tempranos y evitar la catástrofe de la guerra definitiva.

El sociólogo francés Gaston Bouthoul acuñó el término polemología –pólemos: guerra, conflicto– para definir el estudio objetivo y científico de la guerra en general, como fenómeno social susceptible de ser observado y analizado para la prevención o solución del conflicto, al reconocer sus causas, sus formas, sus efectos sobre las sociedades. No es la ciencia militar de la guerra que se enseña en las academias militares, ni el arte de la guerra de Sun Tzu; es el estudio que permite situar los problemas de la guerra y de la paz en otro terreno, como un derivativo intelectual y una posición que permita desacralizar la guerra y despolitizar la paz.

La irenología es el estudio científico para la paz que se ocupa de analizar los múltiples factores del conflicto y las amenazas al proceso. Tiene un cuerpo teórico, conceptual, con principios, leyes, hipótesis, que plantean que los conflictos pueden ser resueltos de manera diferente a la guerra y que, evitarla, es un asunto ético. Fue fundada por Johan Galtung y deriva su nombre de Eirene, la diosa griega de la paz. La paz es mucho más que ausencia de guerra, plantea, es justicia social, desarrollo económico y social equilibrados, el reconocimiento y respeto del otro como un legítimo otro; así como la eliminación de la violencia estructural, la que produce desigualdad, pobreza, racismo, xenofobia, discriminación, odio social, militarismo.

La polemología y la irenología comparten los polemógenos, que son aquellos fenómenos o situaciones conflictuales, agudas o crónicas, y sus eventuales correlaciones entre las explosiones de violencia y fenómenos recurrentes económicos, políticos, culturales, emocionales, demográficos. En estos momentos, Colombia luce ante la comunidad mundial como un polemógeno enorme y complejo que necesita la ayuda de un montón de gente para poder salir de este estado de nuestra vida nacional amenazado por todos los costados de la sociedad, a unos niveles en que sorprende la cantidad de opiniones en las redes de personas de todos los estratos socioeconómicos, de las que se espera un equilibrio o mesura en sus expresiones, pero lo que hacen es incendiar más la guerra en las redes, igual o peor que la guerra en las calles.

Precisamente la polemología y la irenología sirven para hacer diagnósticos tempranos y evitar la catástrofe de la guerra definitiva. Las imágenes que recordamos de guerras civiles han empezado así, con gente armada en las calles, que llevan a combates con muertos y heridos, daños a la estructura, irracionalidad. Luego, el exterminio fratricida.

Cuando uno no puede resolver un conflicto, debe buscar ayuda en una persona u organización que se considere neutral y se le reconozca respeto por su trayectoria teórica y práctica. Johan Galtung está vivo y lúcido, conoce muy bien lo que sucede en toda Latinoamérica. Vale la pena hacerle la interconsulta.

haroldomartinez@hotmail.com

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Los racismos

Despertar de la pesadilla eterna de las apariencias, sería la salvación para aquellos que no son conscientes de perder el tiempo enfermando su vida.

Hay situaciones que nos informan lo mal que estamos como humanidad, lo involucionado que está el mundo, las marchas, las mingas, las protestas en general generan afirmaciones como “la gente de bien y el vandalismo” “La ciudadanía y los indígenas” “Esos indios que se la han tirado de pobrecitos siempre” los racismos estructurales, sistemáticos, romantizados o microrracismos disfrazados de “inclusión” – tú no eres tan negrita, hablo de aquellos que huelen a azufre y que tienen el pelo malo–  ¿ Pelo malo? Disculpe es acaso asesino ese pelo rizado y el mío que es liso, ¿es inocente y absuelto de toda maldad?  Se escuchan narrativas como – yo no soy racista porque yo quiero mucho a todas las negras, ellas cocinan bien y como ellas nadie nos cuida– continúan arraigando estereotipos que no permiten vivirnos como una humanidad pluricultural y sobre todo como una colombianidad que no tiene su origen en la pureza étnica, que es resultado de migraciones, esclavitudes, colonizaciones donde todos y todas tenemos en nuestra historia algo de indígenas, afros, árabes, gitanos; muchos dirán esta se enloqueció – ahora todos somos todo – el punto acá es reconocer que el racismo más perverso y normalizado que tenemos es el de negar nuestro origen, con una tendencia  a creerse la raza pura alejada de los mal llamados – indiecitos y negritos casi embrionarios y cimarrones; basta de racismos estructurales o romantizados, desde las manifestaciones más impactantes hasta las más asolapadas nos instalan en una línea estática de involución humana.

Seguir asignando roles a unos y otros, tomando distancia de eso que consideramos merecedor de discriminación y asignando la culpa de los problemas del país a esos pueblos – nativos – que obvio no se parecen al gran nivel de los “raza pura”, es la muestra de que esos que posan de perfectos son el verdadero problema, basta de racismos, homofobias o exclusiones; no tenemos que ser discapacitados para hacer activismos a favor de la inclusión, ni ser indígenas o afros para respetar y garantizar los derechos de dichas poblaciones, esto se trata de humanidad, de hacer este mundo apto para todos y todas, no desde uniformarnos sino desde las diferencias, desde la diversidad que somos y que seguiremos siendo.

Condenar a las personas por su color de piel, su etnia, sus creencia o rituales es tan primario que parece de ficción y no realidad, a mí me parece que el racismo ni antes, ni ahora, ni nunca  pegará. Lo digo así de criollo porque es tan alejado de la inteligencia, de las libertades y de los derechos, que en realidad quienes ejercen racismos  solo informan del calvario en el que viven, de esa tormenta constante de odiar su historia y negarse a vivir desde la tranquilidad de respetar, amar, relacionarse desde la paz de ser y dejar ser.

Despertar de la pesadilla eterna de las apariencias sería la salvación para aquellos que no son conscientes de perder el tiempo enfermando su vida. El país no está mal por los indiecitos, los negritos, los maricas, las lesbianas, los y las jóvenes o por quienes  se atreven a generar transformación social, a ‘descorruptizar’ realidades y a reinventar historias; está mal y seguirá mal por los corruptos que posan de perfectos, por los de triple moral – por ejemplo –  que condenan a los gays, pero tienen novias en secreto menores de 14 años; que toman los recursos públicos como caja menor y se enriquecen mientras otros mueren de hambre o no reciben educación de calidad producto del desvío de esos recursos;  pueden tildarme de resentida, pero hay que exponer las cosas como son, basta de señalar cuando seguimos ejerciendo actos deshumanizados como los racismos, la corrupción o las violencias.

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El Editorial | Inaceptable amenaza en El Vidrial

Hombres armados usurpando la función legítima de control social y territorial a cargo de autoridad administrativa o fuerza pública arremetieron contra decenas de personas que estaban en el interior de un establecimiento en zona rural de Montería.

Aún retumban en El Vidrial, zona rural de Montería –capital del departamento de Córdoba–, las inaceptables amenazas proferidas por hombres armados que usurpando la función legítima de control social y territorial a cargo de autoridad administrativa o fuerza pública arremetieron contra decenas de personas que estaban en el interior de un establecimiento en la tarde del domingo 16 de mayo. Como quedó registrado en un video de 8 minutos viralizado en redes sociales, estos sujetos autodenominados como integrantes de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), grupo heredero del paramilitarismo en el país, con airados reclamos les exigieron “respeto” frente a hechos relacionados con “peleas” y “consumo de vicio” registrados, según dicen, durante los fines de semana en ese lugar, ubicado a 10 minutos de la zona urbana.

Es lamentable que ciudadanos en Montería, donde la positividad va en aumento y la ocupación de uci se sitúa en 88 %, decidan pasarse por la faja las medidas decretadas por el gobierno local para frenar el contagio por el virus acudiendo a estaderos en las afueras de la ciudad; pero es mucho más grave que un grupo de personas al margen de la ley decida impartir justicia o establecer sanciones amparado en su dinámica violenta y en el uso ilícito de armas. Una acción absolutamente repudiable que además se escenifica en medio de la emergencia sanitaria más difícil en la historia del país, y como si fuera poco, en uno de los momentos de mayor tensión social que se recuerde.

Tras indicar que no permitirá que “se siembre el terror en la ciudad”, el alcalde de Montería, Carlos Ordosgoitia, aseguró que los delincuentes “no tienen lugar en su territorio”, y anunció una recompensa de $20 millones para quien ofrezca información sobre los autores de las amenazas. Mientras, el gobernador de Córdoba, Orlando Benítez Mora, convocó a la Policía y al Ejército “a llenar el vacío de autoridad de manera inmediata”. Estos necesarios pronunciamientos en un escenario complejo que revela debilidades en materia de inteligencia y seguridad en inmediaciones de Montería tienen que estar acompañados por hechos que devuelvan la confianza de la ciudadanía en sus autoridades llamadas no solo a reforzar la presencia de la fuerza pública, sino a identificar quiénes están detrás de estas acciones intimidatorias que vulneran los derechos de los monterianos poniéndolos en máximo riesgo.

No es la primera vez que estructuras de delincuencia común u organizada ponen en jaque a los habitantes de Córdoba al imponer un injustificable control sobre las medidas contra la covid-19. Un informe de la ONG Human Rigths Watch documentó cómo durante el aislamiento obligatorio en abril de 2020, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) cometieron abusos violentos acusando a personas de incumplir la cuarentena. La incursión armada en El Vidrial indicaría que lo siguen haciendo, lo que debe generar una alerta entre los organismos de defensa a nivel nacional. Este grupo criminal, bajo el mando de alias Otoniel, presente en el Urabá, Bajo Cauca y Córdoba, entre otras regiones del país, ha demostrado su capacidad de reclutar y entrenar a sus integrantes, adquirir armas y adelantar acciones militares ofensivas capaces de causar un enorme daño, además de someter a la población civil a todo tipo de agresiones y ataques. 

Ninguna organización armada ilegal o grupo delincuencial puede imponer violentamente sus propias reglas en Colombia. Esto constituye un delito que las autoridades no pueden pasar por alto. Lo ocurrido en los alrededores de Montería exige intervención del gobierno local y nacional, que aunque desbordado por la crisis institucional que afronta el país, no puede desconocer la gravedad de la amenaza en El Vidrial. La protección de las comunidades es prioritaria e innegociable.

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La nueva tributaria

Facultades para normalizar deudas y conciliar pleitos son un buen inicio, aumentar recaudo sin alza de impuestos.

En un país que presume de siempre pagar sus deudas, es la primera vez que se hunde una tributaria. Si bien eran necesarios mayores recursos, el texto era un popurrí fiscalista sin coherencia de propósito. Además de la ampliamente discutida injusticia social, el detalle traía un sesgo anti-inversión. Lo óptimo sería recortar impuestos, un estímulo fiscal y bajos intereses. Los casi $16 billones de deducciones otorgados en 2019, serían necesarios para lograrlo. Empezando con los mangos bajitos del consenso, otorgar facultades temporales de recaudo seria un buen comienzo.

En pandemia, se redujo en 250 mil los registros de empresas en cámaras de comercio. Con muchos al borde del abismo, una mala reforma hace más daño que bien. Más impuestos al aparato productivo y a los asalariados son difíciles en la coyuntura, hay que evitarlos en lo posible. Cualquier alza debe aplicar del 2022 en adelante, dándole tiempo al avance del plan de vacunación para regresarnos a la normalidad. Mientras tanto, mediante operaciones de tesorería se pueden sostener los programas sociales.

Siendo conscientes que un arreglo puede sacrificar ingresos futuros, hay una oportunidad de hacer caja inmediata resolviendo cartera y pleitos. La crisis hizo difícil el recaudo. A la Dian le deben $8,1 billones, 84% tiene menos de dos años, con el esquema actual la meta es que este año el monto no aumente. Si se ofrecieran condiciones de rebaja total de intereses y sanciones con hasta el 40% de condonación de capital para sanear cartera, terminar pleitos de mutuo acuerdo en vía gubernativa y conciliar de procesos en el contencioso administrativo, se podría recuperar entre $2.5-3 billones este año.

Lo revolucionario sería extender estos beneficios a la Agencia Jurídica del Estado para optimizar 400 billones de demandas. Al amparo de una ley precisa donde funcionarios negocien sin temores legales, el potencial de atraer recursos líquidos es masivo. Con $11,2 billones de condenas por pagar de 2020, se debe negociar el aplazamiento con TES, ojalá logrando un desembolso menor a $0.5 billones en 2021. Especial interés deberían traer $2.0 billones en procesos arbitrales donde la nación es convocante. La celeridad de estos procesos otorgaría resultados este año.

Un beneficio de auditoría incrementaría la base de recaudo. Si se declaran más impuestos, se asume la buena fe del contribuyente al declarar nuevos activos. Al tasar un 30% de aumento por beneficio de auditoría con la declaración en firme en los tres meses siguientes, se podría recaudar entre $1-3 billones de impuesto de renta adicional.

Una normalización por declarar capital extranjero sería útil, pero la decisión de Min Hacienda de cambiar las reglas de juego a los que lo han hecho recientemente le resta eficacia. Si la normalización fuera acompañada de un compromiso de que ese capital no pague patrimonio durante los tres años siguientes, se aplicaría una tasa del 5% de normalización para recaudar $0.5 billones.

El nombramiento de José Manuel Restrepo es acertado, va a permitir construir consensos. Facultades para normalizar deudas y conciliar pleitos son un buen inicio, aumentar recaudo sin alza de impuestos. Por lo menos, nos obliga a hacer algo que raramente hacemos, escucharnos y tratar de ponernos de acuerdo.

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Una historia simple

El desinterés implica un ejercicio magnificente; el de abandonar el egoísmo en busca de la transcendencia.

He sentido felicidad profunda por ver el Arco Iris esta mañana. Su presencia matutina me detuvo y me hizo niño; pensé entonces que en efecto las cosas de niños nos brindan la hermosa posibilidad de sorprendernos cada día, de ser más simples, más justos, más limpios y, en consecuencia, más sabios.

El color que encabezaba su ruta era un rosado pastel dulce y pacífico; me recordó el entusiasmo con el que mi hija dibuja sus unicornios en trozos de papel reciclado. El segundo color que vi fue un naranja particular, resultado de la mezcla del rosa con el amarillo que manifestaba con fuerza ser el tercero.

El naranja produjo en mí cierta paz y esperanza, jamás asocié ese color con estas sensaciones, pero las sentí en el centro de mi pecho. El amarillo ya citado me refirió alegría y entusiasmo, ánimo y energía. El cuarto era el verde, en esta ocasión, un verde claro intenso, parecía más de la familia de los neones y por su brillo específico; me conectó con un pensamiento reflexivo y compasivo. El quinto era el azul, un azul bien tejido, con delicadeza y firmeza a la vez, como esperando ser camino, ser sendero. El azul me hizo pensar en la fuerza tranquila, me invitó a sentirla dentro de mi ser cada vez que inhalaba.

Este Arco Iris de hoy terminaba para mí con el sexto color; el morado, el cual no sé por qué razón me hizo cerrar los ojos y fortalecer el optimismo, la confianza y la fe, pero más que eso, la seguridad que creer en un buen día, en un buen tiempo por vivir.

Esta mañana estuve suspendido en el tiempo sintiendo el poder y la bondad de la naturaleza, la coherencia de ella consigo misma me hizo entender mejor el concepto del bien, pude apreciar su existencia y hacerme amigo de su conservación y su salvaguardia, de igual forma, pude sorprenderme una vez más descubriendo que los niños por naturaleza, y la naturaleza como los niños, son universos que no dejan de crear, no pueden sino repetir constantemente el momento perfecto gracias a su honestidad y su amor, lo que los hace infinitamente armoniosos.

He visto en los niños y en la naturaleza el valor del desinterés.

El desinterés implica un ejercicio magnificente; el de abandonar el egoísmo en busca de la transcendencia.

Todo esto me ha acercado a la felicidad y me ha demostrado que la conducta humana aleja al ser de su propósito, pues en ella, todo depende del juicio y, en el juicio, todo suele ser ajeno a la nobleza y al alma.

El arco iris de esta mañana húmeda simboliza el bien moral y sus colores; el desapego al placer o al fin propio.

Esta es una historia simple, una pequeña invitación para volver al origen y buscar allí la fuente que nos permita avanzar, sublimar y ascender para poder transformar en color, las gotas de lluvia como sucede con el arco iris. 

Una historia simple que nos permita en tiempos turbulentos, volver a ver, volver a creer, volver a vivir,  volver a respirar y poder continuar.

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Reforma sí, revolución no

Se ha hablado en estos días agitados de que necesitamos una Colombia unida y solidaria donde quepamos todos.

Las grandes movilizaciones de jóvenes de estos días me han recordado las marchas estudiantiles de los años 70, también nutridas y beligerantes, pero percibo una notable diferencia entre estas.

A la juventud de los 70,  influenciada ideológicamente por Marx, Engels, Lenin, Stalin, Trotsky y Mao y por las revoluciones rusa, china, vietnamita y cubana, la animaba más el deseo de hacer el cambio político, social y cultural por la vía de una revolución violenta.

La juventud de hoy, menos teórica y más digital, se está moviendo por el empleo, la anticorrupción, las libertades, la educación universitaria gratuita y la sostenibilidad ambiental.

Es cierto que en las actuales protestas se han originado fuertes enfrentamientos con la Policía, pero nada de esto permite concluir que estas manifestaciones derivarán en una insurrección aunque llegaran a recibir un hipotético apoyo del Eln o de las disidencias de las Farc.

Desde hace rato está claro que en Colombia no habrá una revolución armada. Ese riesgo ni siquiera existió cuando la insurgencia tuvo su mejor momento con la Coordinadora Nacional Guerrillera que reunía a las Farc, el M-19, el Eln, el Epl y otros grupos. Disponían de unos miles de hombres armados, pero estas guerrillas nunca estuvieron en capacidad de derrotar a las Fuerzas Militares y de tomar el control de las ciudades.

De manera que ahora menos existe esa posibilidad. Tampoco hay en Colombia un partido político con vocación insurreccional. El Partido Comunista, que por años jugó a la combinación de todas las formas de lucha, es un partido diminuto que actúa respetuosamente dentro de la democracia. Y lo más radical de la izquierda que sería la Colombia Humana-UP es un movimiento electoral que  apoya la lucha directa en las calles, como este paro, pero en los marcos de la civilidad democrática.

Así pues que el único camino que le queda a Colombia es el de las reformas para mejorar la calidad de la democracia representativa y participativa. Y eso nada tiene que ver con la tal Revolución Molecular Disipada.

Se ha hablado en estos días agitados de que necesitamos una Colombia unida y solidaria donde quepamos todos. Estamos de acuerdo. Comencemos por un gran pacto político para cambiar el régimen. Lo que pidió Álvaro Gómez Hurtado en la última etapa de su vida, enfadado por tanta porquería. Eso es lo que hay que cambiar. Porque revolución armada no habrá. Pero sí puede haber más violencia innecesaria. Más odio. Más rabia. Más sangre. Y más muertos.

Hay que comenzar por garantizar que el Estado funcione porque muchos de los problemas amontonados y recientes del país son la consecuencia de esa debilidad estructural. Eso implicaría reformar (¿a través de una Asamblea Constituyente?) las instituciones (Presidencia, Congreso, Rama Judicial, etcétera) para ponerlas al servicio de los ciudadanos y no de unas roscas corruptas e indolentes.

@HoracioBrieva

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