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Editorial

El Editorial | Soñar el regreso

Es el momento de ponerse de pie para recomenzar y de resurgir para volver a construir confianza.  La mejor decisión es caminar hacia el futuro.

En medio de esta incierta pandemia, que no da tregua en su presurosa estrategia de reacomodar todo y a todos, aflora, cada cierto tiempo y de la nada, una ineludible sensación de nostalgia, que podría resumirse en esta magistral frase, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”. Nada más cierto. Demasiadas ausencias y silencios que se han venido acumulando en este largo tiempo de introspección.

“Las cosas simples”, la entrañable canción de los argentinos Armando Tejada y César Isella resulta oportuna para detenerse a exorcizar, ojalá hoy mismo, a todos esos demonios indeseables de tristezas y soledades, que tantas añoranzas han terminado por instalar en el espíritu de quienes han tenido que asumir de golpe esta nueva realidad sanitaria, social y económica impuesta por el coronavirus. Resistirse es cada vez más difícil porque es un hecho, y no solo una frase de cajón, que nada volverá a ser lo mismo.

Para que a nadie lo devore el tiempo durante la extensión de este ya agobiante confinamiento, hay que sacudirse de la parsimonia que atenaza el espíritu de quienes han resultado impactados, de alguna u otra manera, por las múltiples circunstancias que ha desencadenado la ferocidad del microscópico virus. Es el momento de ponerse de pie para recomenzar y de resurgir para volver a construir confianza porque, aunque tantas cosas sigan doliendo en el corazón por lo que se ha quedado suspendido o incluso, perdido; la mejor decisión es caminar hacia el futuro. Quedarse inmóvil no es una opción.

Sobreponerse al embate de lo que vendrá es un reto desafiante porque nadie puede hoy certificar, con absoluta certeza, qué y cómo será. Mientras unos pocos expertos, que le hablan al oído a los gobernantes, algunas veces con limitado acierto, definen el alcance de las decisiones que afectarán a todos; parece que lo único claro que hoy se conoce es que el virus seguirá sumando contagios y fallecimientos en su inexorable camino hacia el pico de la curva, arrasando de paso empleos, empresas, familias, proyectos y sueños. Eso se sabía, solo bastaba verse en el espejo de la ruina de otros países, pero hubo muchos a los que les costó Dios y ayuda entenderlo. E incluso, a esta altura de la crisis, cuando no hay cómo echar el freno, siguen siendo incrédulos e insensatos.

Esta coyuntura inédita que alborotó la vida y puso en línea de frente a la muerte, es sí o sí una oportunidad para reinventarse. Líderes del mundo, o lo más parecido a ello, discuten hoy, a través de la virtualidad, acerca del nuevo enfoque de la geopolítica y se atreven a hablar de un nuevo contrato social e inclusión contra la salvaje desigualdad. Millones de personas, que han convertido sus casas en oficinas, participan en reuniones importantísimas en ropa interior, gracias a la modalidad del teletrabajo que deberá ser regulado o terminará siendo graduado como la esclavitud de la nueva realidad. Niños y jóvenes, los más privilegiados, estudian a través de plataformas digitales y el resto, intenta seguir formándose en medio de sus propias carencias demandando una verdadera revolución tecnológica en la educación.

Médicos y científicos han recobrado su liderazgo, enhorabuena, y se hace clave la telemedicina. Lo sostenible siempre es prioritario. Las ventas online y el pago electrónico se fortalecen y las industrias y empresas tendrán que repensarse para poner en marcha los motores de la recuperación. Más tecnología, ciencia e innovación. El turismo, los  viajes, los restaurantes, la moda, la vida social y hasta las relaciones personales y afectivas serán distintas. ¿Mejores o peores? Por lo menos, diferentes.

Y en medio de toda esta trepidante historia, nunca antes vivida por las actuales generaciones, cada quien es protagonista de sus propias vicisitudes, contradicciones o miedos y por qué no, alegrías y pequeñas victorias. Superar dificultades está en el ADN de los colombianos y quien diga lo contrario, miente. Abrirse camino y salir a flote será posible si entre todos se echan una mano, demostrando que la solidaridad es la mejor forma de construir una sociedad más humana y generosa, capaz de negociar acuerdos.

La bondad es la hoja de ruta. Enemistarse, cuando se requiere unidad, es un error que se podría pagar muy caro. La especie humana, esta gran comunidad, que hoy enfrenta el virus, debe saberlo para empezar a soñar el regreso.

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Pandemia en Atlántico

El número de contagiados y la radiografía en materia de salud que bien describe el Procurador, tiene un efecto directo sobre la economía de Atlántico, frente a la cual, según un reciente estudio publicado por Fundesarrollo, como consecuencia del COVID-19 habría pérdidas económicas en el departamento entre 0,5% y el 6,1% de su PIB mensual, por cada mes de aislamiento.

Atlántico, uno de los departamentos del Caribe colombiano con mayor crecimiento económico y desarrollo en términos industriales y de servicios, enfrenta un reto enorme ante la coyuntura del COVID-19, como lo es controlar el número de contagios en sus municipios, ampliar la capacidad de la infraestructura en salud para atender la crisis actual y establecer una estrategia clara para garantizar la supervivencia del sector productivo. La carta que fue remitida por el Procurador General de la Nación al Ministerio de Salud y de Protección Social, da cuenta que las alertas son pocas para el nivel de gravedad en control del COVID-19 en Atlántico. Como lo advierte Fernando Carrillo en su comunicación hay una ocupación del 90% de las camas de cuidados intensivos en Barranquilla, 100% en Soledad y 60% en Sabanagrande. Si se mira desde las cifras nacionales, el panorama no es menos desalentador, toda vez que Atlántico es el segundo departamento con mayor número de contagios en el país.

Al respecto, hay varios asuntos que se deben tener en cuenta para controlar el número de contagios, como lo es asumir que las decisiones que se adopten en las alcaldías y la gobernación deben tener en cuenta en su formulación factores culturales y de idiosincrasia local, para que dichas determinaciones tengan resultados efectivos. De lo contrario en municipios como Soledad, donde la cuarentena no ha tenido los efectos esperados y sus habitantes han desconocido el nivel de gravedad de la pandemia, el sistema de salud colapsará y miles de vidas en todo el departamento se pondrán en riesgo, lo que se haría extensivo a toda la región.

Por otra parte, el Ministerio de Salud, tal como lo solicita la Procuraduría, deberá asesorar y brindar acompañamiento al departamento y a los municipios, de modo que puedan trazar un plan para fortalecer la atención a contagiados y se establezcan protocolos que respondan a la realidad de los territorios.

El número de contagiados y la radiografía en materia de salud que bien describe el Procurador, tiene un efecto directo sobre la economía de Atlántico, frente a la cual, según un reciente estudio publicado por Fundesarrollo, como consecuencia del COVID-19 habría pérdidas económicas en el departamento entre 0,5% y el 6,1% de su PIB mensual, por cada mes de aislamiento.

Ahora, para entender qué impacto tendrá el COVID-19 y qué medidas se deben ir adoptando en la recuperación de la actividad productiva, la gobernación deberá establecer un canal de comunicación efectivo con los diferentes sectores para entender el alcance de sus necesidades, vincular sus procesos productivos con el diseño de protocolos de bioseguridad y con la apertura progresiva de actividades que fueron ampliamente restringidas. Para responder a este reto deberá haber un apoyo integral de las diferentes instituciones del orden nacional tanto a la gobernación como a las alcaldías, lo que dejará entrever a corto y mediano plazo si el protagonismo que se le ha dado al gobierno nacional es razonable o inmerecido.

@tatidangond

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Desempleo y cuarentena

La información pública disponible permite afirmar que la cuarentena cumplió su propósito: evitar que colapsarla el sistema de salud pública y darle tiempo para prepararse para manejar la crisis.

Dos criterios así lo indican. Por un lado, el porcentaje de ocupación hospitalaria y de unidades de cuidados intensivos. El reporte del viernes mostraba 235 casos Covid19 en UCI. Es decir, a estas alturas de la pandemia, solo estaría ocupando el 7.1% de las 3.289 UCI habilitadas y el 3.7% de todas las UCI del país.

Por otro lado, la tasa de mortalidad por cien mil habitantes es también muy buena: 1.72. Muy por debajo de Ecuador 19.5, Perú, 18.8, Brasil 13.3 o México 7,5.

Así que no parece haber riesgo de que, en general, el sistema de salud colapse. Seguirá creciendo el número de contagiados, claro, e inevitablemente habrá más muertos, pero no vamos transitando por el camino de Italia o España. Ahora bien, es verdad que en algunas ciudades hay que tener especial cuidado, en particular en Leticia, Cartagena, Buenaventura y Tumaco, pero esos casos solo demuestran que se requieren respuestas localizadas y no invalidan lo alcanzado. 

Sí, había que evitar que el sistema de salud se fuera a pique. Pero desde fines de abril algunos pocos venimos advirtiendo que también había que evitar que la economía se desplomara y que por esa razón era indispensable levantar un confinamiento que ya había cumplido su objetivo. No se nos oyó. Y el resultado es devastador.

El DANE anunció ayer que la tasa de desempleo en abril había llegado al 19.8%. El desempleo creció 7.2% en apenas un mes, 9.3% en lo que va del año. Los porcentajes no reflejan la tragedia humana. Detrás de cada punto hay 240.000 personas, es decir, hoy hay por lo menos 2.232.000 colombianos más desempleados que a fines de 2019.

Detrás de esos millones de nuevos desempleados se esconden tres catástrofes adicionales. Primero, la quiebra de decenas de miles de mypimes. Segundo, el crecimiento de la informalidad, enfermedad estructural de nuestra economía que a fines del año pasado era de 47.3%. Finalmente, el aumento de la pobreza. En Colombia perder el empleo casi siempre significa descolgarse de la clase media. Multipliquen la cifra de cada uno de los nuevos desempleados por cuatro, él y su núcleo familiar, y tendrán una buena idea de cuantos nuevos pobres tenemos en el país.

Al final, como he advertido, no hay dilema entre vida y economía. La pobreza trae hambre, desnutrición, enfermedad y muerte. Y desórdenes sociales e inseguridad y, por eso, también muerte.  Como no hay vacuna a la vista y la cuarentena no reemplaza a la vacuna, no queda sino aprender a vivir con el Covid19. Higiene personal, uso masivo de tapabocas, distanciamiento social y disciplina son las claves de la supervivencia. ¡Y permitirle a la gente trabajar libremente!

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Espiritualidad y Emociones

La espiritualidad tiene que notarse en la vida cotidiana. No tiene sentido ser espiritual en el cuarto, debajo de la cama. La auténtica espiritualidad se evidencia en la manera como nos relacionamos con los demás, como afrontamos y resolvemos los conflictos diarios; en general, en la forma como realizamos nuestro proyecto personal de vida.

Creo que la preocupación existencial última que tenemos los seres humanos, y que es el espacio de la espiritualidad, tiene que ser una fuente constante de militancia por unos valores y unas preocupaciones concretas, como nos enseñó el teólogo Paul Tillich. La cuestión por lo trascendente se debe transparentar en las vivencias diarias, en la orientación que le damos a nuestra manera de ser y estar en la historia.

Aquel que es capaz de trascender a lo inmediato y otear la propia vida para encontrarle sentido, tiene una mejor percepción de las propias emociones y así puede gestionarlas de la mejor manera. Una sana experiencia espiritual te permite entender que no eres malo ni bueno por sentir tal o cual emoción, simplemente eres un humano que reacciona a situaciones que vive; y eso desbloquea una actitud muy común de negarse a aceptar la emoción que se tiene, ya que se comprende, simplemente, que son las manifestaciones del ser y no tienen porqué ser juzgadas moralmente; todo esto sabiendo que nuestras emociones no responden a un esquema binario de bueno o malo, sino que son complejas y se entremezclan. Quien acepta sus emociones puede controlarlas, y aprovecharlas para el desarrollo personal y comunitario, haciendo que ellas sean generadoras de realidades más positivas.

Estoy seguro que una sana experiencia espiritual, esto es, una que permita procesos de autoconocimiento, autoaceptación y amor propio coadyuva a un crecimiento en la inteligencia emocional, entendiéndola, desde Mayer & Salovey, como “La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual”.

El reconocer nuestro lugar en el universo –por cierto, menos central y fundamental de lo que a veces creemos- nos lleva también a ser más empáticos con los demás, a tratar de comprender las emociones de los otros y proponer, desde el respeto, nuestras actitudes ante ellos. Esto permite que no seamos jueces de las emociones de los demás, sino que tratemos de generar relaciones que aporten valor. El empático comprende la emoción de los otros y las acepta, aunque no esté de acuerdo y contradiga con lo que ellas puedan ocasionar.

Las experiencias espirituales tienen que hacernos cada vez más responsables de nuestras emociones, ya que nos permiten entender que siempre tenemos la posibilidad de elegir la respuesta emocional que le damos a los estímulos que necesitamos a diario.

Creo, con Frances Vaughan, que la psicoterapia y espiritualidad son dos aspectos complementarios en el desarrollo humano y que, por ende, una fuerte vivencia espiritual nos hace más inteligentes emocionalmente. Insisto que tu espiritualidad se note en la manera como te relacionas contigo mismo, como tratas a los demás y como enfrentas la vida misma.

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"Uno somos todos y todos somos uno"

Uno somos todos y todos somos uno". Así me dijo José Luis Rodríguez El Puma en una entrevista, hace unos días, para referirse a las lecciones que deja el COVID-19 para la raza humana.

El Puma es todo un "maestro de las cuarentenas". Antes, durante y después de su doble trasplante de pulmón, él pasó largas temporadas aislado en su casa, acompañado de su esposa y del salvador Glutadose. Es decir que, en estos temas, mientras nosotros íbamos, ya él estaba de regreso, como expresa un viejo refrán sobre la experiencia.

Según el ídolo de las Américas, la crisis del COVID-19 afecta al planeta entero: "Uno somos todos, y todos somos uno. Cuando yo te miro, me veo a mí mismo. Estamos despertando esa conciencia de unidad, que no la teníamos. Todo sucede para bien. Y aunque algunos no lo crean, es para mejorar nosotros".

Las enseñanzas de la crisis son múltiples: humanas, tecnológicas, laborales, educativas, sanitarias... Entre tanta tragedia, todos hemos descubierto alguna experiencia positiva, fuese por necesidad absoluta o simplemente como fruto del largo tiempo de reflexión sostenido.

"Un pequeño virus ha desordenado toda la Tierra", observa El Puma, pero admite que "el tiempo es de Dios", no suyo. "Yo aprendí una gran lección: Quédate tranquilo. Cuando veas que todo está revuelto, quédate quieto. No hagas nada. Eso sí, visualiza tus sueños, porque algún día eso va a suceder. Lo que me gusta de todo esto es la lección humana que estamos recibiendo".

"Recomendaría tener un plan, una disciplina, un método", explica José Luis, ahora convertido en el mejor coach posible para estos tiempos.

Entonces, recordé mi vida reciente, prácticamente de avión en avión, hace solo tres meses. Y de pronto me vi enclaustrado, atado a las videollamadas y evitando entregarme a fondo a las plataformas de streaming. Siempre he afirmado que el cambio es alegría, y esta vez no será la excepción.

Cada crisis genera una oportunidad de resurgimiento y reinvención, y nos traslada a un lugar mejor que el de antes. Estos días nos han obligado a repensarnos, a adoptar decisiones complejas sobre el mundo que viene. Pero, como dijera el genial Albert Einstein, "la mente que se abre a una nueva idea, nunca vuelve a su tamaño original".

www.Cala.Academy

 @cala

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La peste del insomnio

No sabemos cuántos son los casos de seres humanos con depresión, melancolía, tristeza, ansiedad, por cuenta del coronavirus. Las generalidades que uno sabe se deben a las entrevistas y declaraciones de psiquiatras y psicólogos, que se refieren a lo que oyen en los consultorios. Que son ahora virtuales, valga la aclaración. Son casos infinitamente individuales, nada que mueva a un periódico a poner esas tristezas humanas en sus titulares. No son historias sensacionalistas. 

Lo que uno puede intuir, -intuición que es subjetiva-, proviene de conjeturas y sospechas sobre el prójimo, o de la imaginación con la que uno sobrelleva las horas de la pandemia. Ningún familiar va a revelar que en su casa tiene a un pariente con una de esas melancolías inconmensurables producida por este encierro que lleva ya casi siglos –, sí, son siglos, porque el tiempo psicológico rueda distinto al tiempo convencional-. Lo que se dice sobre la vida de los tristes, de los deprimidos, contrasta con lo que sucede con las estadísticas diarias que la prensa publica sobre infectados, fallecidos y recuperados, con acuciosidad tan milimétrica que uno se pregunta si tanto dato atemorizante no lo arrojará ineluctable al horno de la depresión si uno se vuelve dependiente de las noticias.

Más vale perderse en la literatura. Por “Cien años de soledad” sabemos imaginariamente que la hija de Rebeca Montiel trajo la peste del insomnio a Macondo. Venía de Manaure, de donde unos traficantes de pieles la trajeron hasta la puerta de la casa de los Buendía, mostrando una carta que decía que era prima de Úrsula Iguarán. Rebeca entró con el baulito de la ropa y un talego de lona que contenía los huesos de sus padres. De ahí en adelante sobreviene la tragedia. Empezando por el silencio de Rebeca que se chupa el dedo sin decir palabra alguna sobre lo que le preguntan ni sobre sus orígenes ni sobre quién es. Después vienen los síntomas de la enfermedad que descubren en Rebeca, que no es otra cosa que la peste del insomnio, que le pega a toda la familia Buendía hasta contagiar a todo el pueblo. Poco a poco van cayendo todos en otra enfermedad peor que es la enfermedad del olvido. Nadie en el pueblo vuelve a recordar su nombre ni el de las cosas, hasta el punto de que se ven obligados a colgar cartelitos en cada cosa, como yuca, ñame, cama, chivo, e incluso, con el avance de la enfermedad, acaban por ponerles letreros a las vacas explicando que hay que ordeñarlas por las mañanas para producir leche. Empezaron a vivir en un mundo de incertidumbres hasta que apareció Melquíades con el remedio que les devolvió la memoria.

Volviendo a leer estas páginas de García Márquez se comprende de manera palpitante la soledad de los tristes, que son multitud, encerrados entre las cuatro paredes de la cuarentena. Y se vislumbra apenas la tragedia humana que corre por debajo de las estadísticas. Que encuentren pronto una vacuna, pero sin olvidar la cura para las enfermedades del alma.

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Opinión

Lo que Santos se robó

Con los billonarios recursos que el tartufo y su combo de cómplices se robaron en 8 años de funesta administración, y con la plata que despilfarraron a manos llenas para satisfacer vanidades y comprar conciencias, es mucho lo que se hubiese podido hacer en estos aciagos y oscuros momentos por los que hoy transita la Patria.

No es un secreto que la corrupción de Santos fue proverbial. El tartufo se supo desde el primer momento impune para hacer lo que a bien tuviera, pues no solo tenía a la justicia en sus bolsillos; también contaba con una caja de resonancia que amplificaba sus opacas iniciativas gubernamentales, al tiempo que maquillaba y disimulaba su estruendosa falta de principios, talento, inteligencia, escrúpulos, coherencia, gracia y honestidad. Los grandes medios de comunicación se hartaron y embelesaron con la “mermelada” santista, y se hicieron los de la vista gorda, todo por la pauta o por la plata. De frente y sin asco, Santos ferió, hipotecó y desgració al país, entregándoles a políticos como Roy Barreras y a otros igual de funestos, el manejo de importantes dependencias del Estado, para que las volvieran feudos personales en los que podían hacer y deshacer, arrasando todo, como si de un enjambre de langostas se tratara. ¡Manzanillos grandes y el gago pérfido!

El gobierno Duque recibió del tartufo un hueco fiscal de tamaño colosal, casi que imposible de cubrir; pero con todo y eso el exministro de hacienda de Santos, Mauricio Cárdenas, cuya familia lleva toda la vida pegada de la teta del Estado, con aires de gurú, tiene el cinismo de opinar y pontificar, como si en el descojone que padece nuestra economía, no tuviese las manos metidas él. Olvida el redomado burócrata que, si hoy estamos mal de caja, es porque el gobierno del que hizo parte esencial, fue derrochador y corrupto hasta la saciedad. Todo ese robispicio se comió la bonanza petrolera, el aumento del recaudo de la DIAN (al alza ambos ítems en gran parte del periodo del tartufo) y nos dejó una deuda de 462 billones, que tiene pasando aceite a las finanzas públicas.

Con los tumbes de Odebrecht, Reficar, Isagen, el Sena, Banco Agrario, los torcidos de las “impolutas” Gina y Ceci, Fondepaz, Cemex, Fonade, la adquisición de armas y aviones y hasta las suntuosas cortinas de doña “Tutina”, muchos subsidios, obras sociales, hospitales y compra de cosechas a los campesinos se hubiesen podido concretar, justo hoy, cuando las circunstancias lo demandan. Con los recursos malgastados en la JEP y el resto del presupuesto sideral asignado a ese bodrio impresentable, al igual que los chorros de dinero entregados a los políticos y periodistas y los jugosos contratos a Roberto Prieto, millones de ventiladores para pacientes del COVID-19 estarían listos para palear la debacle sanitaria que se aproxima.

No se le pueden pedir peras al olmo: el tunante de Juan Manuel Santos nació para causar daño: más de 200.000 hectáreas de coca sembradas, el acuerdo espurio e injusto con los terroristas de las Farc, a pesar de que la mayoría de colombianos dijimos NO a través de un plebiscito, la fractura moral de la Fuerza Pública, el desahucio de la institucionalidad, la imposición de la trampa como la mejor de todas las artimañas y el saqueo del erario, para sostener un régimen que de no haber sido por el billete, habría durado lo que un “Bon Bon Bum” en la puerta de un colegio. Definitivamente, no hay santista gratis.

El tartufo carece de conciencia, pero millones de colombianos no. Por eso, no debemos olvidar cuanta falta hacen (hoy más que nunca) los recursos que Santos y los suyos le esquilmaron al desarrollo, al progreso y al bienestar de la sociedad y de sus hijos menos favorecidos.

La ñapa I: Claudia López es la mejor versión de ella misma. ¡Qué bárbara!

La ñapa II: Aquellos que armaron un escándalo por la llegada a Colombia de un grupo de militares norteamericanos, asesores en la lucha contra el narcotráfico, son los mismos que pretenden hacernos creer que las Farc nunca traquetearon.

La ñapa III: ¿Senador Roy Barreras, le suena el nombre de Jorge Uriel Silva?

La ñapa IV: El desempleo ronda el 20%. Se trata de una verdadera hecatombe. Al parecer, morirá más gente por cuenta de la pobreza y la violencia que por el Coronavirus.

La ñapa V: Los bancos siguen haciendo de las suyas. ¿Hasta cuándo tantos abusos?

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Pelotas y letras | La Selección Colombia

Siempre que hablamos de la Selección Colombia de hoy pienso que estamos recordando a la que llevamos en la mente, pero a la que no hemos visto más. Mientras debatíamos en Win Sports sobre nuestro seleccionado pensaba en cuánto hace que no la vemos en acción. Busqué los últimos partidos de la selección. Fueron en noviembre 15 y 19 del año pasado en los Estados Unidos. Victoria 1x0 sobre Perú en Miami con gol de Alfredo Morelos y victoria 1x0 sobre Ecuador en New Jersey con gol de Mateus Uribe.

El DT Queiroz había planificado un trabajo para el arranque de la eliminatoria en marzo y la Copa América en junio. La pandemia del Coronavirus echó por tierra todo. Si las competiciones internacionales de Conmebol se abren en septiembre habremos completado 10 meses de inactividad. Y, si no es posible, imagino que la confederación iniciaría su calendario en marzo 2021 tal y como lo había programado para 2020. En ese caso habremos completado 16 meses sin actividad. Ahora, no sólo es Colombia. Todos los países de Suramérica afrontan la misma inactividad. Igual que el mundo entero.

Me preguntaba sobre el impacto de la pandemia en nuestro seleccionado. Y cabe no sólo para Colombia sino para todas las selecciones comenzando por Ecuador y Venezuela que estrenarán técnicos europeos (Jordi Cruyff y José Peseiro).

En el caso de Colombia, pudiéramos decir que, sin contar con estados físicos y lesiones, la selección nuestra tendrá, otra vez, jugadores fijos.

Por ejemplo: Ospina; Medina – Yerry – Davinson – Tesillo; Cuadrado – Barrios – Yairo o Mateus; James – Falcao – Muriel.

En el último partido vs. Ecuador, el DT Queiroz utilizó a jugadores para ver como a Fabra (por saber cómo regresaba después de su lesión), Steven Alzate y Stiven Mendoza.

No recuerdo inactividad tan extensa en el seleccionado colombiano y en las selecciones del mundo. Hay que hacer borrón y comenzar otra vez. Game over…

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