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Educación

Desigualdad de género en la educación, un hecho que supera las aulas

La carga adicional de las mujeres dificulta su desempeño en carreras STEM y otras áreas profesionales. 

Miriam* tiene 13 años. Hace dos dejó de asistir a la escuela porque sus padres no tenían cómo pagarle la matrícula, ni darle dinero para que se transportara desde La Cangrejera —el barrio de invasión en el que creció— hasta su colegio, ubicado en el casco urbano. La economía familiar no alcanza ni siquiera para que la niña se lleve algo en el estómago antes de las clases, porque en su familia si desayunan o cenan no hay nada para el almuerzo. 

Miriam es la cuarta de ocho hermanos. Pesa 32 kilos, lo de un niño de nueve años. Ella quería ser científica, un sueño que se disipó con un comentario de su tía que le dolió como un golpe. 

—¡¿Qué científica vas a ser tú si ni siquiera sabes leer?!

Desde ese momento Miriam se ha dedicado a hacer “lo que sabe”, limpiar la casa, picar verduras y cuidar a sus hermanos menores, entre esos a una pequeña niña de un año a la que carga todo el día, a pesar del dolor de espalda que le causa a su corta edad. Confiesa que le gustaría volver a estudiar, pero por lo pronto se consuela con los halagos de su madre, quien aplaude su perspicacia y facilidad de aprender nuevas tareas diciéndole que con su inteligencia podría trabajar en una casa de familia. 

La situación de Miriam es igual a la de muchas niñas que no pueden permitirse soñar con ser médicas o astronautas por las difíciles realidades que las rodean. En el mundo 16 millones de niñas no irán nunca a la escuela, según un estudio del Instituto de Estadística de la Unesco. A pesar de los esfuerzos para que se reduzcan las inequidades de género en la educación, las mujeres representan dos tercios de los 750 millones de personas que carecen de conocimientos educativos básicos y alfabetización.

Brechas de género

Luz Karime Abadía, Ph.D, directora de Posgrados en Economía y Codirectora del Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana explica que de acuerdo a la encuesta del Uso del Tiempo, en Colombia las mujeres dedican en promedio 7 horas y 14 minutos al día a actividades del cuidado y tareas del hogar, mientras los hombres 3 horas 25 minutos.

“Esta carga adicional que asumen las mujeres por estereotipos de género existentes en nuestra sociedad les quita tiempo para que ellas puedan dedicarse en igualdad de condiciones a los hombres a actividades académicas, disminuyendo su rendimiento académico, afectando su elección de carrera y las posibilidades de ingresar a posgrados, especialmente aquellos que relacionados con las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas por sus siglas en inglés) que son más exigentes en términos de tiempo”.

En el foro ‘¿Educar para qué?’, que se llevó a cabo a través del canal de Youtube de esta institución el pasado miércoles, Luz Karime abordó las principales problemáticas relacionadas con las desigualdades de género en la educación. 

“Hay que cambiar la mentalidad de la sociedad. Hacer conscientes a padres de familia, docentes, medios de comunicación, de los prejuicios que genera el machismo y los sesgos de género, en el bienestar de las niñas y mujeres. Desde pequeñas hay que fortalecer la confianza de las niñas, diciéndoles que son capaces, apoyándolas para que sean competitivas en matemáticas y ciencias, mostrándoles con ejemplos de mujeres en diferentes posiciones, que pueden elegir la carrera y el oficio que deseen. Además, se requieren políticas educativas que fomenten la equidad de género a nivel nacional”.

Desigualdades desde el sistema educativo

María Nohemí González, Ph.D en Estudios de género, Identidad y Ciudadanía, investigadora de la Universidad Simón Bolívar y coordinadora para Iberoamérica de la Red-HILA (Red Iberoamericana en Ciencias Sociales con Enfoque de Género), señala que desde que las mujeres ingresaron a los sistemas educativos se empezó a desarrollar el concepto de igualdad y oportunidad, sin embargo, asegura que no es lo mismo igualdad de oportunidades que oportunidades iguales. 

“El nivel educativo tiene que ver con la categoría de desigualdad visible e invisible en la educación que se estructura en los currículos escolares. A partir de los conceptos de desigualdad femenina —aunque las mujeres ingresen a la universidad— los currículos no están orientados para que las mujeres hagamos de nuestra formación procesos transformativos del imaginario cultural de lo que es ser una mujer. Es decir, sigue habiendo una estructura educativa sexista en el material y los contenidos”. 

Para María Nohemí cuando se estudian los sistemas educativos como motor de cambio se analiza que el resultado en las mujeres no es igual por diversas razones que permean sobre la estructura del sistema: la desigualdad, invisibilidad, sujeción y el hecho de que se concibe el trabajo de la mujer como complementario.

“Nuestro sistema educativo invisibiliza. La realidad de la maternidad, lo que se espera de las mujeres en el hogar y los cuidados hacen parte de ello, pero también la sujeción a los patrones generados en el campo laboral marca otro referente importante: ser complementarias en la sociedad. La profesión de la mujer no tiene un lugar central sino complementario en la estructura económica y social. Es decir, nuestro trabajo no es altamente calificado, sino sujeto a circunstancias culturales que dicen que, aunque somos profesionales, nuestro marco de acción no está en la profesionalidad sino en las otras áreas de la vida como lo es el hogar”.

Por su parte, Luz Karime Abadía manifiesta que entre las principales brechas educativas está un menor desempeño de las niñas y mujeres en áreas como matemáticas y ciencias en pruebas estandarizadas como por ejemplo las pruebas Saber y Pisa.

“De los 75 países que participan en las pruebas Pisa, Colombia es el país donde las niñas obtienen menor puntaje en matemáticas respecto a los niños y el país donde ellas tienen la menor ventaja en lectura. Esto nos muestra que algo está pasando en el sistema educativo colombiano que no favorece el aprendizaje de las mujeres. Obtener menor puntuación en pruebas como la Saber11 que son requisito para ingresar a educación superior crea desventajas, pues menos mujeres ingresen a carreras STEM (son las que exigen mayores puntajes) y menos pueden acceder a créditos y becas para la educación superior”. 

Abadía señala que en estas últimas carreras existe una “subpresentación femenina”. “En carreras como matemáticas en Colombia solo el 35% de matriculadas son mujeres, en física el 26%, en ingeniería electrónica el 16%”. 

Región Caribe

A pesar de los avances en el país en materia de cobertura de la educación que reportó el Ministerio de Educación Nacional en 2017 (96% en básica primaria y 85% en secundaria) sigue habiendo diferencias territoriales en lo relacionado con la calidad, según el estudio ‘¿Atrapados en la periferia? Brechas de calidad en la educación en Colombia´ del departamento de Economía de Uninorte. 

El estudio señala que no se ha producido una disminución en las brechas en calidad de la educación, por el contrario, hay un patrón de persistencia e incluso de crecimiento. 

“Las regiones periféricas del país se encuentran en una trampa de pobreza en la que menor cobertura de educación y educación de baja calidad restringen la capacidad local para aumentar los ingresos y, a su vez, la carencia de ingresos limita la inversión en educación”, señalan los autores del estudio el rector de la Universidad del Norte, Adolfo Meissel Roca y la economista Ángela Granger. 

María Nohemí coincide con estas disparidades y señala que la región Caribe es la más rezagada en cuanto acceso educación y la que tiene menor cantidad de graduados y graduadas, sin embargo, la situación es más compleja al mirar de cerca con perspectiva de género. 

“Detrás de eso también hay unos elementos que están causando ruido en el Caribe y tienen una connotación interseccional. Una niña graduada del Caribe colombiano recibe muchísimos menos ingresos que una graduada del centro. Esto va determinando que el tema no solo es discriminación de género, también lo es de clases sociales y raciales”. 

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuenta en su ensayo Todos deberíamos ser feministas que cuando tenía nueve años en su escuela en Snukka, al sudeste de Nigeria su profesora nombraría monitor al que sacara la nota más alta en el examen. El ganador patrullaría con una vara por el aula para desmantelar a los alborotadores, un poder que a ella le seducía enormemente y por el que trasnochó estudiando para ser la mejor de la clase. 

El día del examen sacó el mejor puntaje, pero su maestra le dio la vara al segundo lugar porque “había olvidado decir” que el ganador tenía que ser niño. 

“Si hacemos algo una y otra vez, acaba siendo normal. Si solo los chicos llegan a ser monitores de la clase, al final llegará el momento en que pensemos, aunque sea de forma inconsciente, que el monitor tiene que ser chico. Si solo vemos a los hombres presidiendo empresas empezará a parecernos natural que solo haya hombres presidentes de empresas”, cita en su obra. 

“Eliminar las barreras”

Entre los principales obstáculos que impiden a las niñas y mujeres obtener un diploma y ejercer su derecho a educarse está la pobreza, el aislamiento geográfico, la pertenencia a las minorías, la discapacidad, el matrimonio y el embarazo precoz, la violencia de género y las actitudes culturales sobre el papel de las mujeres en la sociedad.

La pandemia podría hacer aún más profundas estas disparidades debido a que tanto en la esfera pública como la privada se enfrentan a la segregación profesional, los estereotipos y las costumbres. Además de barreras para ejercer derechos sobre la propiedad, acceso a créditos y a recursos como la tecnología. 

 

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