El Heraldo
Néstor de Ávila
Cesar

Un día en el pueblo con la segunda temperatura más alta del país

Los habitantes de esta vereda de Mariangola, al suroccidente de Valledupar, soportaron el jueves la segunda temperatura más alta del país.

En las 15 fincas de la vereda Santa Rosa, con caminos destapados, a siete kilómetros del corregimiento Mariangola, suroccidente de Valledupar, la gente no sabe cómo soportar el calor. “Nos metemos debajo de los palos, o nos echamos agua”, cuenta René Amarís, administrador de una de las estancias ganaderas de este pueblo que es uno de los más calientes del Caribe, según los últimos registros del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia, Ideam.

La temperatura más alta en toda su historia la alcanzó el jueves anterior, cuando el reporte oficial marcó 39,2 grados centígrados, la segunda en el país, después de Natagaima, Tolima, que marcó 39,8 grados.

Oda por el algodón
En esta zona, ubicada a 169 metros sobre el nivel del mar, se siente que el sol arde en la piel. Mientras caminan en los potreros, las mujeres se protegen con trapos sus cabezas; en medio de los campos desolados por la sequía, los hombres usan sombrero de ala ancha en sus escasas labores. Las grandes extensiones de tierra que hace cuatro décadas estaban cubiertas con el blanco del algodón, hoy no son más que un peladero donde las vacas tratan de sobrevivir, tomando agua de pozos porque los ríos se secaron.

José Ríos, otro campesino, recuerda que hace 40 años este era un territorio próspero, que vivía de la bonanza del llamado ‘oro blanco’ con unas condiciones climáticas y un suelo propicio para que floreciera la mota blanca que dinamizaba la economía y generaba tanto empleo, que había que traer mano de obra de los santanderes y otros departamentos para responder a la demanda.

“Hoy todo está muerto”, lamenta Ríos. Su relato da cuenta de que por donde pasaban los caudales no hay ni una gota de agua y del algodón no queda sino el recuerdo. “Por eso la gente comenzó a irse del campo y todo es desolación. Las temperaturas son tremendas”, dice sentado en un taburete recostado a la pared de su casa.

René Amarís precisa que ahora la tierra solo sirve para la ganadería y uno que otro cultivo de maíz para alimentar vacas. Aquí, las reses, al igual que las personas, buscan refugio cuando el sol “pega más fuerte” y pasan horas debajo de los árboles o es frecuente verlas en los depósitos de agua para calmar la sed.

Villa Rosa, además de mucho trabajo, tuvo una escuela, un comisariato, cientos de habitantes y todo se movía alrededor de la industria del algodón que encontró en esta parte del Cesar los 30 grados que, en promedio, necesita para florecer y unas tierras fértiles que hoy contrastan con la realidad que viven las pocas familias que aún quedan en el lugar. Hoy ya no hay escuela ni comisariato; los niños van al colegio de Mariangola, mientras que los víveres los compran en este corregimiento o en Valledupar.


En Villa Rosa las temperaturas son tan elevadas que las reses se refugian debajo de los árboles.

IDEAM MIDE EN TERRENO
El clima ha convertido a Olfa María Ospino, otra lugareña, en toda una experta para la medición y los cambios de temperatura. Ella es la encargada de enviar el reporte diario al Ideam, luego de que el Instituto puso en equipos de monitoreo meteorológico en los predios que cuida.


Olfa Ospino es la “meteoróloga” de Villa Rosa. 

Por eso ella es la primera en enterarse de la forma alarmante en que aumenta la temperatura. “Hay un aparato que mide los niveles de lluvia (pluviómetro), otro que mide cuánto se seca el agua en el día, (vaporizador) y los termómetros. Con lo que estos marcan lleno una planilla y paso los datos al Ideam”, explica Olfa María.

Detalla que entre las 12:30 y 1:00 p.m se reistran los “picos más altos” y revela que nunca antes había registrado los actuales niveles: en promedio, durante los últimos días, la temperatura ha superado los 38 grados centígrados.

VESTIGIO DE LA BONANZA
En el poblado la pista que era utilizada para que las avionetas fumigaran el algodón ahora solo es un pequeño camino rodeado de pasto seco.

“Las avionetas subían y bajaban a cada rato en aquella época”, recuerda Ríos con nostalgia. Afirma que el clima cambió y con ello la forma de ganarse la vida las personas.

En las décadas de los 60 y 70 alcanzaron a cultivarse en el Cesar 120.000 hectáreas, al punto que llegó a ser la zona más productiva, incluido el corregimiento Mariangola y el área de Villa Rosa.

Además de las condiciones climáticas otros factores dieron al traste con la bonanza del cultivo: la caída de los precios, el alto costo de insumos, las políticas desacertadas de créditos, plagas y  la misma violencia, contribuyeron al actual panorama desalentador.

Yarleidis Orozco precisa que en los últimos cinco meses ha sentido las más altas temperaturas de su vida: “El calor es fuerte, muy fuerte”.


El trapo sobre la cabeza  es para protegerse del sol inclemente.

DESHIELO EN LA SIERRA
Mariangola es uno de los 25 corregimientos de Valledupar. Está en la zona suroccidental entre el piedemonte de la Sierra Nevada de Santa Marta y el río Cesar, y ha sido uno de los más afectados por la sequía, tanto que es propenso a incendios forestales.

El director del Ideam, Omar Franco, sostuvo, recientemente que “tenemos que registrar con gran preocupación el descongelamiento, la pérdida de masas glaciales en el país con el Fenómeno de El Niño, y la Sierra Nevada no ha sido la excepción”.

Aunque existen dificultades para hacer un monitoreo físico por ser un territorio indígena, incluso acudiendo a las autoridades nativas para que autoricen su paso, las imágenes satelitales muestran una reducción glacial sustancial en este macizo.  “Nos hemos concentrado en los niveles de los ríos, en las temperaturas, pero los nevados están sufriendo un retroceso de manera significativa, lo que trae la imposibilidad de tener caudales que vienen de allí, y por consiguiente el flujo de corriente de agua”, puntualiza.

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