“No le pago hasta que no me regrese mi estufa”

Una venezolana le arrendó a una compatriota un local para vender churros, pero las acaloradas diferencias entre las partes por la falta de pago de un recibo de gas las llevó a un juez de paz para conciliar.

Viviana, el juez de paz y la hija de Cecilia durante la audiencia que inició a las 10:30 a.m.
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Una venezolana le arrendó a una compatriota un local para vender churros, pero las acaloradas diferencias entre las partes por la falta de pago de un recibo de gas las llevó a un juez de paz para conciliar.

Para algunos, los churros no son más que harina; un palo seco y crocante bañado en azúcar. Para otros, este manjar catalán asentado en Latinoamérica es un placer gastronómico, más aún si es  acompañado de chocolate o arequipe. Para Viviana, cuyo nombre fue cambiado para proteger su identidad, este postre es su sustento, la masa frita que la mantiene económicamente ahora que está lejos de su país de origen.

Preparar churros no tiene ninguna ciencia, aunque como toda receta culinaria hay que tener sazón y buena mano. Harina de trigo, una cucharadita de sal, azúcar, aceite y papel absorbente de cocina. Esto, sumado a la paciencia para elaborarlos uno a uno, es lo único que se necesita para prepararlos en casa.

Al igual que en Colombia, en Venezuela los churros también son bastante populares. Traídos por migrantes del viejo continente, la tradición gastronómica española tuvo muy buena acogida en el país petrolero, quizás más que en Colombia y otras naciones de la región. Es por eso que cuando muchos venezolanos llegaron a Barranquilla, arrastrados por la problemática sociopolítica de su país, vender este manjar no les sonó descabellado, menos cuando se convirtió en su forma de ganarse la vida.

Viviana, una migrante de pelo rubio y figura curvilínea, no tiene miedo de meterle la mano al aceite para entregarle los churros a sus clientes, quienes acudían a su pequeño local en Barranquilla. Acudían, sí, en pasado, pues el negocio ahora se encuentra cerrado. Desde hace unos días, por una disputa con Cecilia, la dueña del establecimiento, su estufa y sus enseres de cocina están retenidos, encerrados bajo llave tras la puerta del lugar que alquiló para trabajar los churros.

Del otro lado del cuadrilátero está Cecilia, una barranquillera de unos 60 años, delgada y de baja estatura. El local comercial, ubicado a pocos metros de su vivienda, comparte los contadores de servicios públicos con su residencia, por lo que las facturas son compartidas. Cuando Viviana, la extranjera que le alquiló hace un mes el lugar para su negocio de churros, le manifestó que no quería seguir ahí, Cecilia se dio cuenta de que no le había pagado las facturas de la luz y del gas.

“Es que esta señora que está acá en frente es una grosera, por eso yo no quise seguir con el contrato del local”.

Después de cobrarle en dos ocasiones —y a pesar de los plazos solicitados por la emprendedora de los churros— Cecilia decidió cerrarle las puertas del local a Viviana, madre de familia, que tuvo que detener su producción. Sin enseres ni herramientas, pues ahora están retenidos por la dueña del local, la mujer venezolana llegó a la Alcaldía local de Suroriente, en donde se había citado a las 10:30 de la mañana junto a la acreedora de su deuda. 

Sentado en su escritorio, con el chaleco negro del uniforme de los jueces de paz, Virgilo Montaño, el conciliador encargado del caso, recibió cordial en la oficina de Asesoría Jurídica a tres mujeres, quienes se sentaron rápidamente en sus asientos. Cecilia y su hija, una joven embarazada, estaban en un lado, Viviana, sola, en el otro. La sala, cuadriculada y de paredes altas, estaba compuesta por un escritorio y un computador viejo. Desde su lugar en el centro del debate, el juez dio inicio a la conciliación.

—Buenos días y sean bienvenidas a este proceso de conciliación —dijo el juez de paz—. 

—Señoras Viviana y Cecilia las escucho para poner fin a su disputa.

—Esta señora que está acá en frente es una grosera, por eso yo no quise seguir con el contrato del local —dijo inmediatamente Viviana, quien se acomodó en su puesto—. 

—Ya yo le traje su recibo de la luz pago, mire, aquí está.

Cecilia y su hija soltaron una carcajada. —Groseras, nos dice —contestaron—. ¿Y el del gas?

—Yo no le voy a pagar eso hasta que me regrese mi estufa que me la tiene encerrada.

—¡Está encerrada porque no me has pagado los $100.000 del recibo! —interrumpió la hija Cecilia con un marcado acento venezolano—.

—¡¿Y cómo los voy a pagar si no tengo cómo trabajar?! —contestó Viviana alterada—. 

El juez de paz Virgilio Montaño revisa el expediente del caso, en la Alcaldía local Suroriente.
El juez de paz Virgilio Montaño revisa el expediente del caso, en la Alcaldía local Suroriente.

“Cuando se haga el pago yo mismo me encargo de redactar el acta que se debe cumplir por las dos partes involucradas”.

—Y bájale que estás embarazada, ni por tu hijo te preocupas.

—¡Tú lo que eres es una mala paga! Págale a todo el mundo del barrio que le debes, págale a mi marido.

 Carraspeando, el juez Virgilio intentó apaciguar los humos de las tres mujeres, quienes levantaron la voz a los pocos segundos de iniciada la conciliación. 

—A ver señoras, eso último no tiene nada que ver con el caso. Necesito que mantengan la calma para poder llegar a un acuerdo —les dijo—.

Cecilia tomó la palabra, explicándole al juez que Viviana nunca quiso firmarle el contrato de arrendamiento. Según la dueña del local, la mujer le había aplazado muchas veces el procedimiento y nunca se lo firmó. El día anterior a la audiencia, contó, los empleados de la empresa de gas habían ido a cortarle el servicio. “Una situación inaudita y que no iba a permitir”, dijo Cecilia, acusando a su deudora por no haber pagado la factura.

—No no no, así no fueron las cosas. Es que ella es un problema —señaló Viviana, intentando captar la atención del juez.

—O habla ella o hablo yo, ella con ese contrato me tenía una vaciladera y nunca firmó nada —contestó, enojada, Cecilia—. Que no me interrumpa, señor juez, ¡dígale! Tú eres pura palabra y con la palabra uno no paga nada.

—¡¿Pura palabra?! ¡¿Esto le parece pura palabra?! —le contestó Viviana en voz alta y señalándole el recibo de la luz. 

—Cómo te voy a pagar el del gas si no tengo mis herramientas de trabajo. 

—Bueno bueno bueno —interrumpió nuevamente el juez—. Si ustedes van a venir a pelear, la pelea es allá afuera. Acá dentro se viene a conciliar y pido respeto. Señora Viviana, la escucho ahora a usted. Y doña Cecilia, como el caso lo están conciliando su hija y Viviana, le voy a pedir el favor de que se retire de la sala.

Cecilia, en silencio, salió de la sala de audiencias. Su hija quedó al frente de la conciliación, junto a Viviana y el juez.

Viviana, tranquilizándose, le contó al juez que ella siempre había tenido la disposición de pagar el dinero del recibo del gas, pero que había tenido unas complicaciones a la hora de conseguir la plata, teniendo en cuenta que no contaba con sus elementos de trabajo. Agregó que desde que llegó al local la habían tratado muy mal, por lo que decidió cancelar el contrato de arrendamiento luego de un mes de trabajo. 

—Es más... la plata ya la tengo —dijo Viviana, ante la mirada furibunda de la hija de Cecilia, quien esperaba afuera de la sala—. 

Y remató: “Pero obviamente no la traje, me dio miedo de que me pasara algo. Yo igual prefiero entregársela a usted, señor juez”.

—¿Ya tiene los cien mil pesos? —preguntó el juez.

—Sí...

La hija de Cecilia, cruzada de brazos, miró al juez sorprendida, esperando la reacción del conciliador. 

—¿Estarían de acuerdo en reunirnos nuevamente esta tarde o mañana para que se haga efectivo el pago? 

—preguntó el juez Montaño.

—Sí —respondieron las mujeres al unísono. —Pero... —intervino Viviana— ¿A mi quién me asegura de que yo pago acá y ella me va a entregar mi fogón? Yo no confío en esta gente.

—Cuando se haga el pago yo mismo me encargo de redactar el acta que se debe cumplir. Ahí voy a dejar claro que le deben entregar sus equipos si usted ya pagó la deuda.

Acordado el asunto, la hija de Cecilia asintió aprobando el resultado de la audiencia, al igual que Viviana, quien se despidió del juez y se dispuso a abandonar la sala.

—Con esa grosería tuya con razón nadie quiere alquilar ese local —le dijo a la otra mujer, mientras abandonaba la sala—.

—Y tú eres una mala paga. ¡Paga!

—¿Mala paga yo? —le preguntó Viviana— si yo te presté $20.000 y nunca me los pagaste. 

En ese momento, Cecilia volvió a ingresar a la sala buscando a su hija, quien seguía sentada frente al juez de paz. Viviana ya había abandonado la habitación.

—Mírala a ella, la contadora vendiendo churros —dijo Cecilia en tono burlón.

Desde el pasillo, Viviana le contestó: “¡Sí, vendo churros y soy contadora a mucho honor, pero usted no es nadie!” 

La mujer se marchó de la sala de audiencias, en donde Cecilia y su hija ya se alistaban para irse. Después de varios minutos de discusión, hubo silencio, cuando las mujeres cruzaron el marco de la puerta, abandonando el despacho del juez de paz.

—Las espero mañana para redactar el acta y que se haga el pago del recibo —se despidió el juez—. Que tengan un muy buen día.

—Mañana nos vemos, señor juez —le respondieron —espero me traiga la plata para no tener que verla más.

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