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Dayana Pérez es una mujer de 26 años, tiene dos hijos y perdió la vista a la edad de 18 luego de que le detectaron glaucoma.
Mery Granados
Atlántico

Con o sin pandemia, el hambre es la misma

Dayana Pérez y sus dos hijos se acuestan muchas veces sin probar alimentos. Solo el 68,1% de los hogares colombianos consumen las tres comidas.

Dayana Pérez se ríe de sus desgracias. Y eso no quiere decir que esté contenta con la vida que le tocó. Ella sabe que, en ocasiones, la pobreza se romantiza y que una cosa es querer salir adelante y otra lograr hacerlo.

Cuando iba a cumplir 14 años le detectaron un “problema en los ojos”: glaucoma. Desde ese tiempo supo –porque se lo dijo el oftalmólogo– que llegaría un día en el que no volvería a ver. 

No podían operarla porque ya estaba muy avanzada la enfermedad y, a esa edad, le tocó abandonar el colegio porque le dijeron que si seguía estudiando, perdería más rápido la vista. Tenía 14, y ya la vida y ella caminaban a destiempo. Apenas cursaba tercero de primaria.

A su madre, cabeza de hogar, le tocó mudarse muchas veces por las precarias condiciones económicas. Y en medio del ir y venir, a Dayana le tocó dejar la escuela en varias ocasiones, desnivelando la edad con el curso, hasta que un día no pudo volver más. 

La familia de Dayana Pérez, que hoy tiene 26 años y dos hijos, hace parte del 54,2% de la población en el país que vive en inseguridad alimentaria, según cifras de la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia. 

 

En esta habitación duerme Dayana Pérez con sus dos hijos, su hermana y su sobrina. Mery Granados.

Aunque para ella “con o sin pandemia el hambre es la misma”,  los resultados de la Encuesta Pulso Social del DANE revelan que esta ha aumentado durante la cuarentena. 

En el informe publicado en agosto de 2020 se señala que tras el aumento de la tasa de desempleo de 6 puntos porcentuales, respecto al mismo mes del año pasado, se ha acelerado de manera significativa el número de afectados por hambre.

“Antes de la cuarentena, el 88,9% de las familias podían consumir tres comidas al día. Ahora, sólo el 68,1% de los hogares colombianos disfrutan las tres comidas, el 29,2 % comen dos veces al día y el 2,6% una vez al día”, se lee.

 Al preguntarle a Dayana si algún día se había acostado sin comer nada, contestó: “Uhhh, si fuese un día”.  Sonrió y después dijo: “Bastantes”.

La ración alimentaria la suele dividir en dos momentos, la mayoría de las veces. La primera a las 9:30 a.m., no tan temprano para que el estómago del niño de 10 y de la niña de 8 años aguanten hasta las 4:30 p.m., que suele ser el horario de la segunda comida  diaria.

El menú varía dependiendo de la suerte del día, ya que por ser ciega le ha costado encontrar un trabajo.  Así que el dinero va cayendo de las ayudas que le entregan sus tías, cuando pueden, del subsidio que otorga el Gobierno en el programa Familias en Acción, que por la pandemia aumentó a $149 mil pesos cada dos meses hasta diciembre, y  del dinero que, a punta de pelea, le quita al padre de sus hijos. Dinero que oscila entre los 10 mil y 2 mil pesos cada vez que gana la discusión. Ella, al igual que lo fue su progenitora, es madre soltera.

Debido a que perdió la vista, a veces, cuando cocina sufre de quemaduras como la que tiene en el brazo Mery Granados.

También rebusca el ‘pan de cada día’, cuando le alcanza, vendiendo postres y gelatinas en la calle. “Pero no todas las veces, porque se me hace difícil salir sola por el problema de la vista”.

Así que cuando tiene come arroz y carne o pollo, pero otras veces come arroz y huevo; arroz y salchichón o arroz y suero. 

El menú del desayuno puede ser un café con pan; una avena, arepa; un huevo; salchicha o papa. También en el colegio, a sus hijos, les regalan unas bolsitas de leche de merienda. 

“Trato de no gastarme todo en el desayuno, para que me quede algo que darle a mis hijos en la tarde. Por la misericordia de Dios nunca han estado bajos de peso, a veces el médico les manda a hacer exámenes de hemoglobina porque están mal de color. Pero de peso no me bajan sino un kilo o kilo y medio”, indicó.

En su cocina había un tanque pequeño con unas cuantas bolsitas de harina, avena y arroz, un cartón de huevos y una botella mediana de aceite, que el ICBF le regaló a su sobrina, que es de primera infancia. Sobre la estufa estaba el desayuno del día: una olla con avena. Y en otra mesa, la olla estaba llena de agua. 

Sin embargo, son cinco personas en su casa y el pequeño mercado se le acabará en unos cuantos días. Cuando llega el momento en el que no hay nada más,  la angustia invade más rápido a Dayana Pérez.

Sentada en un sofá rasgado, en su casa en el barrio 20 de Julio (en Barranquilla), al lado de sus hijos en medio de las paredes deterioradas, podridas por la lluvia, expresó: “A veces me da mucha tristeza la vida que tengo, me da impotencia y me pongo a llorar”. 

De inmediato, ella misma recobró la fuerza y no dejó escapar ni una sola lágrima de las que empezaron a empañar su mirada.  

“Trato de salir adelante. No poder trabajar y estar en una situación como la mía es muy difícil, tienes tantos sentimientos encontrados. (…) Si no hubiese sido por el problema de la vista, yo hubiese luchado por estudiar, por ser alguien en la vida”, se lamentó. 

Mientras está hablando, sus hijos la miran y sueltan una risa apenada, porque ella, con el tono jocoso que suele ponerle a sus desgracias, añadió: “A la final, niño es niño y ellos solo saben decir: ‘Mami, tengo hambre’”.

Dayana Pérez tenía pena de contar su historia, de recordársela al Estado, que le ha negado las oportunidades de tener una vivienda digna, alimentación, educación y trabajo. 

Pensó en sus hijos y quiso hacer pública su historia con la esperanza de que alguien le diera una oportunidad de empleo. 

“Sueño con que mis hijos no vivan la misma situación mía, que sean personas de bien y ojalá que les dieran las oportunidades, que lograran ir a una universidad. Yo se los repito todos los días: ‘Empujen pa’ delante’”.

Con la llegada de la pandemia, por cerca de cuatro meses, sus hijos no recibieron clase, ya que las tareas eran enviadas por Whatsapp y no tenían celular. De hecho, duerme con ellos, su sobrina y su hermana en un pequeño cuarto que se inunda cuando llueve.  La profesora de su hijo le regaló un celular y es así como han logrado seguir estudiando. 

En Colombia, la pobreza no es solo una manera de vivir.  Para muchos hogares es la única forma de existir. 

‘Bajemos la bandera del hambre’, la campaña de Abaco

Según Juan Carlos Buitrago, director ejecutivo de la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Abaco), que agrupa a 22 entidades,  la situación del hambre en Colombia es crítica. “Según el Programa Mundial de Alimentos, 10.9 millones de personas tienen un consumo insuficiente de alimentos. (...) La principal causa del hambre en el mundo es la pobreza, que se incrementa con el desempleo y, por tanto, se disminuye la capacidad adquisitiva de las personas.

Con la pandemia, tenemos muchísimas personas en el país que no comen las tres comidas”, indicó.  Añadió que el hambre es un fenómeno multicausal que genera otros problemas en la sociedad. “Por ejemplo, los niños menores de cinco años que desarrollan desnutrición crónica en su vida adulta tienen 14.5 puntos menos en su coeficiente intelectual, no estudian y, por ende, alcanzan un 54% menos de ingresos que quien no tuvo esa condición”.

Por ello, Abaco lanzó una campaña denominada ‘Bajemos la bandera del hambre’, en la cual pueden participar todos los colombianos, que pueden hacer sus donaciones a través de la página www.abaco.org.co. El Banco de Alimentos de Barranquilla indicó que más de 20.000 paquetes alimentarios han sido entregados en el marco de la pandemia y 275 organizaciones, entre parroquias, comunidades religiosas, organizaciones y fundaciones han participado.

Alcaldía

En una nueva medición hecha por el DANE, Barranquilla ocupó el puesto cuarto de la ciudad con menos porcentaje de pobreza en el país. “Hemos tenido un avance en los últimos años, pero todavía falta, reducir la pobreza sigue siendo una tarea como gobierno local ”, manifestó Juan Manuel Alvarado, secretario de Planeación del Dsitrito.

Por su parte, Santiago Vásquez, secretario de Gestión Social, detalló que diariamente están entregando 7.500 raciones diarias de alimentos a adultos mayores vulnerables en la ciudad, 2 mil raciones diarias a habitantes de la calle y hay 46.800 beneficiarios de los Centros de Desarrollo Infantil. “Todos los días hay un ejército que está repartiendo comida en las calles”.

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