Mientras escribo estas líneas, el presidente de Colombia y el comandante de las Farc firman el punto más importante de los acuerdos de La Habana: el cese bilateral del fuego y las hostilidades, es decir, el fin del conflicto. En la práctica se trata de que la guerra entre el Estado y la organización guerrillera más antigua del mundo ha terminado.
Para la gran mayoría de los colombianos, quienes no hemos conocido nunca lo que es vivir en paz, este acto entraña un enorme valor histórico; es la oportunidad de comenzar a percibir nuestra realidad y nuestro destino, por primera vez, sin barajar las innumerables cartas de la guerra.
El miedo, la sangre, el desarraigo y el odio han sido nuestras herramientas, nuestras sombras, nuestros argumentos para negociar el lugar que nos corresponde en este país contradictorio, para empecinar los pies en el pasado, y para decidir, sin asomos de arrepentimiento, el futuro de nuestros descendientes inermes. No ha sido justo lo que hemos hecho de nosotros.
Medio siglo de víctimas –siete millones de personas muertas, heridas, desplazadas, secuestradas, torturadas, perseguidas– parece haber sido el límite de nuestra perversa tolerancia a la violencia, en contra de los pronósticos más optimistas y de las voces oscuras que se empeñan en defender los métodos indefendibles de los fusiles.
Escribo hoy con el televisor encendido –el mismo que por décadas me ofreció las estadísticas de la ferocidad– para ser testigo de las palabras que se pronuncian ahora mismo en mi nombre, las frases que resumen mi hartazgo, mi necesidad de sosiego, mi derecho a exigir que la muerte no provenga de la certeza de una bala.
He creído –confío en que con razón– que la guerra es la más humana de las costumbres, la más inevitable; pero a la vez asumo la obligación de resistirme a ella, como una expresión de la civilización, aunque esa rebeldía suponga renunciar a la porción de humanidad que fuere necesaria, aunque sea verdad que volveremos a matarnos algún día, aunque nuestro abrazo dure apenas una porción de historia.
Sé que el presidente Santos comparte esa convicción y que, siéndole fiel hasta en las peores circunstancias, se ha empeñado en llevar este proceso hasta el final. Le agradezco esa perseverancia, como ciudadano, como padre y como comentarista de prensa. (Luego vendrán los juicios sobre el conjunto de sus acciones como gobernante.)
No pienso ahora en el esfuerzo gigantesco que nos supondrá a todos consolidar la nación nueva que debe desprenderse de los fusiles acallados; no en este minuto; quizás más tarde, cuando sea tiempo de tomar aire y asumir la responsabilidad de lo que se nos viene.
Ahora, mientras la televisión reproduce las palabras de la paz, dichas en mi nombre, solo deseo cerrar los ojos y disfrutar del primer día del resto de mi vida.
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