Somos una nación a la que le encanta criticar las formas como se expresan los conflictos históricos, y algunos hasta se convencen de que con el simple cuestionamiento a la forma se acaba el problema. Sobran los vanguardistas necios a quienes les fastidia el lenguaje con el que se ilustran las eternas dificultades en el manejo de la tierra en Colombia.

Para ellos, las denuncias y los reclamos por despojos, desplazamientos y exclusión no son más que viejas consignas desgastadas o remanentes de una retórica militante que en algún tiempo sirvió para ambientar novelas y poesía comprometida. Ojalá fuera solo eso. No por hacerle el quite al lenguaje cambian las cosas. Hay situaciones que, a pesar de la aceleración y la obsolescencia de los tiempos actuales, no desaparecen. La tierra. La bendita tierra y las dinámicas perversas que se mueven alrededor de su tenencia siguen alimentado las añejas prácticas de desigualdad social en Colombia.

Aquí se armaron grupos para evitar los históricos remedos de reforma agraria, se han creado ejércitos para impedir que las víctimas de la violencia retornen a la tierra, y últimamente, en una estrategia que hasta resultaría risible si no fuera por lo irresponsable y peligrosa, los que se han pasado la vida acaparando terrenos con avaricia enfermiza pregonan en todas las tribunas posibles que el programa de restitución de tierras no es más que una expropiación a propietarios inocentes y empresarios emprendedores para entregárselas a una especie de fantasma comunista como el que recorría a Europa a mediados del siglo XIX.

En una estratagema para sumar incautos y envalentonar a los catequizados, han juntado los nuevos argumentos de oposición a los acuerdos de La Habana con la vieja apuesta por mantener los tradicionales privilegios y fomentar el statu quo. Todo indica que lo fácil será firmar la paz, lo difícil vendrá después. Por estos días realizan convenciones, foros, debates, opinan aquí y allá de manera orquestada, y ponen a sus cuotas en el poder a tocar la misma tonada. Pero quizá lo que más asusta viene en camino. En un eventual escenario de postconflicto, ¿cuál será la maniobra que emprenderán para seguir aferrados a lo que consideran suyo como un legado sagrado de la providencia? ¿Acaso, como es costumbre, armarán frentes para defenderlo con sangre?

Quisiera equivocarme, pero los respaldan años de tradición. De modo que no veo por qué en esta ocasión tendría que iluminarlos un espíritu providencial. Se sabe cuando un perro muerde por la forma de ladrar y mostrar los dientes. Los de aquí han mordido siempre. El reto que tendrá que afrontar el nuevo presidente que ocupe el cargo cuandohayan dejado de sonar los fuegos artificiales y las trompetas por la firma de la paz será ponerle bozal a la jauría rabiosa a la que le espuma la boca. A menos que quien asuma sea uno de los dueños de la perrera dispuesto a azuzar a la manada.

javierortizcass@yahoo.com