Confieso que tengo un ansia y una curiosidad profundas sobre cómo será el país en paz, cuando no chorreen sangre los noticieros de televisión y los periódicos no estén teñidos de rojo, cuando en las redes sociales se impongan etiquetas divertidas pero muy inteligentes y no tengamos necesidad de pedir que se cumplan los derechos o que la justicia funcione.
Por eso he dicho y lo sostengo, que aceptaré y votaré si al acuerdo que nos presente la mesa de La Habana, con todas las falencias que tenga, porque cualquier tipo de paz me ajusta mejor que esta guerra miserable que no ha hecho sino corromper a las instituciones y que hemos pagado con nuestro sudor y lágrimas. Porque pregunto con toda inocencia: ¿quién en Colombia no tuvo o tiene un amigo narco, paramilitar o guerrillero? Aceptemos la realidad, son tres cabezas de una hidra espantosa: la desigualdad social y económica.
Sí, escucho con atención a quienes piensan todo lo contrario que yo y esgrimen como fundamento la pregunta del millón, ¿qué clase de paz se firmaría? No les niego razón y sus dudas también podrían ser las mías, pero los noto en una absoluta desconfianza sobre los observadores y acompañantes extranjeros tanto como a organismos del calibre de Naciones Unidas. Con ese blindaje es imposible que puedan aceptar que sí podemos y sí hay esperanza o yo me reblandecí tempranamente.
Guardo en mí la ilusión de ver que podemos a aceptarnos y convivir en forma armoniosa sobre un eje de respeto al otro, a los otros, sin temernos ni agredirnos solo porque pensamos diferente, pertenecemos a otras culturas y étnias, o tenemos una preferencia sexual opuesta o porque nuestras creencias nos muestran como indeseables. Creo en que veremos florecer la multicuralidad nacional y que será posible cerrar esa brecha profunda entre unos y otros. Me niego a permitir que la tristeza y la desconfianza me rompan la visión de futuro que sueño para Colombia, donde como dijo Rousseau, igualdad no es que todos seamos ricos, sino que no haya gente tan rica como para poder comprar a otros, ni gente tan pobre para que esté dispuesta a venderse.
Y para que se zanje esa diferencia y deje de existir entre nosotros esa horrenda operación de comprar conciencias y apoderarse del Erario para beneficio propio, necesitamos que no haya grupos alzados en armas contra el Estado ni grupos paramilitares controlando el territorio para que el Estado vuelque su atención y el presupuesto en las acciones necesarias para reparar, así sea parcialmente, a los seis millones de víctimas, los cientos de secuestrados, los cientos de desaparecidos.
Así me imagino la paz, donde tantos que fueron atropellados sonrían, porque les restablecieron su derecho a la tierra, a la vida, al desarrollo y el regreso a sus lugares de origen. Un país donde los millones de mujeres cabeza de hogar que hoy viven en el desarraigo puedan alcanzar la estabilidad que necesitan para criar bien a sus hijos.
Una Colombia donde los niños nunca tengan opción de abrazar las armas ni sean obligados a asesinar para hacerlos hombres y donde todos y todas nos sintamos seguros y confortables como ciudadanos. Y eso no lo veré si no damos un sí a la paz.
Losalcas@hotmail.com








