
No es casualidad que la misma semana en que el Congreso de la República aprueba el llamado Estatuto Anticorrupción, iniciativa gubernamental ‘ferrocarrileada’ por el ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, en el país estallen una serie de escándalos que ha llevado a muchos a pensar que hoy por hoy ningún mal es tan dañino para el país como la corrupción, en la que se han visto envueltos tanto altos funcionarios del Estado como empresarios particulares. La corrupción es, pues, el cáncer nacional, como lo demuestra el hecho de que cerca de 4 billones de pesos se pierden cada año por cuenta del pago de coimas, sobrecostos y pagos por cancelación de dádivas por debajo de la mesa.
Al escándalo de la contratación en Bogotá, que tiene en la cárcel a varios funcionarios del Distrito y al propio hermano del Alcalde de la ciudad, se vino a sumar esta semana el llamado robo de la salud, que tiene comprometidos, según el ministro de Protección Social, Mauricio Santa María, cerca de 4 billones de pesos, cifra que explicaría la precariedad del sistema de salud nacional. 'Las cifras de las defraudaciones son astronómicamente mayores a las dadas a conocer por el Gobierno', afirma el senador Jorge Enrique Robledo.
Los casos más representativos hasta ahora descubiertos son el de Bogotá, donde a través de la contratación se robaron no solo la mayor parte del presupuesto, sino que lograron paralizar el funcionamiento de la capital de la República, sobre todo en lo que tiene que ver con la movilidad; probablemente más cuantioso y definitivamente socialmente más grave es el robo a la salud, pues no solo hurtaron o están hurtando los recursos destinados a cubrir una necesidad básica, sino que, al parecer, se trata de robos casi que institucionales, pues están comprometidas algunas EPS en lo que parecería ser una decisión corporativa para defraudar al Estado.
La corrupción en el país, respecto de la cual alguna gente es indiferente, termina por afectarnos a todos, como ha quedado demostrado con la crisis invernal, cuyas gravísimas consecuencias eran en su gran mayoría previsibles o por lo menos atenuables si no hubiera sido porque la mayor parte de los recursos se han ido perdiendo paulatinamente en los vericuetos de la politiquería y la corrupción. No solo eso, sino que ahora se ha venido a descubrir que de las ayudas a los damnificados también se está haciendo botín de los corruptos.
1. D.C.: ¿Distrito Capital o Distrito Corrupción?
Los bogotanos se la pasaron señalando que la corrupción era un problema regional y especialmente de la Región Caribe, hasta cuando el monstruo que creían ajeno les creció debajo de sus tapetes y hoy amenaza con devorarles todo lo que han construido con tanto esmero.
El modelo de ciudad que se edificó desde cuando Jaime Castro organizó las finanzas de la ciudad, que le permitieron a Mockus, Peñalosa y Lucho desarrollar una gestión que terminó de ejemplo para las otras ciudades del país, se vino al traste con la administración de los Moreno Rojas, en tanto decidieron convertir la capital de la República en un botín burocrático y económico que terminaron festinando al mejor postor, que no era otro, dicen las indagaciones, que aquel que ofreciera el porcentaje más alto de ‘participación’ en el costo de los contratos.
¿A qué horas decidieron los administradores de la ciudad que podían robársela impunemente y que podían vivir para contarlo? Bogotá, como corresponde al más puro y rancio centralismo, concentra no solo todos los organismos de control del país, sino toda la prensa con todas la unidades investigativas habidas y por haber.
2. Robo a la salud
El gravísimo escándalo del robo a la salud, que acaba de ser puesto al descubierto por una investigación conjunta de la Policía Nacional y la Fiscalía General de la Nación, muestra no solo la desmedida ambición, sino, sobre todo, la absoluta insensibilidad de los corruptos.
Dramas tan graves como el de que en Colombia se ha incrementado el número de niños muertos por cáncer a causa de una decisión estrictamente comercial por parte de las EPS, en tanto deciden demorar por más de 45 días las medicinas necesarias para esos menores enfermos –bajo la seguridad de que ese retardo causa la muerte de los infantes– es ya un acto de corrupción corporativo, que ahora hemos venido a descubrir que no se limita a semejantes prácticas delictivas, sino que se extiende al pago de sobornos para obtener el recobro de medicinas y servicios no solo no prestados, sino incluidos dentro del POS.
A eso hay que sumarle lo que ya sabíamos, que además las medicinas las cobran con sobrefacturaciones que superan el 500 y hasta el 1.000 por ciento, y que a los médicos los obligan no solo a limitar el tiempo de atención al paciente, sino a recetar las medicinas más baratas con prescindencia de su eficacia. En resumidas cuentas, lo que está pasando con la salud es que a partir de la Ley 100 de 1993, de la que fue ponente Álvaro Uribe Vélez, la salud se convirtió en un negocio y los negocios no tienen corazón sino bolsillo.
3. La culpable indiferencia
La mayor parte de las gentes son absolutamente indiferentes con la política, hasta el punto de que no quieren meterse en ella, y por eso terminan dejándola en manos de quienes sí saben volverla un negocio, que no es otro que convertirla en la corrupción de la que todos terminamos pagando las consecuencias.
Todo el problema de las consecuencias de la ola invernal de hoy proviene, entre otras cosas, de haber dejado las CAR en manos de los directorios políticos de cada región. Cormagdalena, por ejemplo, es mucho lo que tiene que decir por la falta de realización de las obras de control del Río. La sedimentación del canal de acceso al Puerto de Barranquilla no es culpa del Río, sino de la corrupción que se opone, porque no obtienen ganancia monetaria, a la presencia permanente de una draga que resuelva el problema de manera definitiva.
La inundación de los terrenos aledaños a la laguna de Fúquene, en Cundinamarca, es por una corrupción doble: de una parte, de los ciudadanos del común, esos mismos que hoy se llaman damnificados, que no han hecho otra cosa que desecar a la brava ese cuerpo de agua para robarles sus terrenos, mientras que la autoridad pública, el otro lado de esa misma corrupción, no solo permite ese robo descarado, sino que no hace nada en defensa de la laguna, que es un controlador natural de los desbordamientos de los ríos que ahora corren desordenadamente por fuera de su cauce.
Si seguimos indiferentes a la actividad política, no podemos quejarnos de la corrupción, que no es otra cosa que el ejercicio de la política con fines de lucro.
4. El asunto militar
Si hay alguna Institución que esté en el corazón de los colombianos, como reconocimiento a los servicios a la Patria, son las Fuerzas Armadas. Por ello duele tanto enterarnos de que el cáncer de la corrupción también ha llegado a las instituciones que las componen, y que cada día son más las informaciones de prensa que dan cuenta de que se están perdiendo los valores éticos de la administración.
La Policía Nacional, por ejemplo, se ha visto involucrada, en escándalos que van desde la adquisición del lote de pistolas Sig Sauer, y pasa, sobre todo, por el comprometimiento de miembros suyos en actividades al margen de la Ley, con el preocupante plus de que en ocasiones se trata de oficiales superiores, como acaba de ocurrir con la detención en Tunja de un coronel recientemente retirado, vinculado a un atraco bancario.
En el Ejército, el escándalo más reciente tiene que ver con el manejo del Club Militar, pero antes de eso está por aclarar todo el tema de los contratos para la repotenciación o mantenimiento de los tanques de guerra, sin que pueda pasarse por alto el asunto de Demil, una institución particular que terminó funcionando en instalaciones militares y usando recursos de la institución castrense. Y es la hora en que aún no se aclaran los escandalosos contratos de Fondelibertad.




















