La orden que el presidente Juan Manuel Santos le impartió a los negociadores del gobierno en La Habana para abordar una cese bilateral de hostilidades ha generado reacciones encontradas. Mientras la oposición conceptuó que se trata de la formalización de una situación de hecho que se venía dando en el país, los defensores del proceso estimaron que se trata de un paso definitivo hacia la consecución de la paz.
Para los unos el conflicto ya estaba siendo desescalado por el Estado, a partir de una aparente decisión de las autoridades de bajarle el rigor a las operaciones en las zonas de confrontación. Desde esta perspectiva, el cese unilateral que anunciaron las Farc a finales del año fue una señal que habría seguido también el gobierno de manera soterrada. Por eso, algunas voces se alzaron en el Congreso y en las redes sociales, para pedirle al mandatario más honestidad con el país.
Los otros le pidieron a Santos hacer caso omiso de la crítica mordaz y seguir adelante. Para ellos, nunca antes el país había estado tan cerca de la paz, como lo sugieren las conversaciones con la guerrilla más antigua de América Latina. Y en tal sentido, argumentan, se justifica hacer apuestas como esa.
El cese bilateral es uno de los caminos válidos del diálogo, cuando se opta por una salida pacífica para el conflicto armado.
Lo escogieron, en su momento, los delegados de Angola y Nepal en los procesos que echaron a andar para poner fin a las guerras civiles que tenían lugar en esos territorios. Los antecedentes nacionales también nos remiten a los gobiernos de Virgilio Barco Vargas y César Gaviria Trujillo, cuando activaron las negociaciones con el M-19 y los grupos EPL, QL y PRT, respectivamente.
Esta vez, las partes acordaron conversar sin ese marco, en gran medida por las suspicacias mutuas que reinaban cuando empezaron las aproximaciones. Tras haber acordado tres de los cinco puntos de la agenda y avanzar en el cuarto, los representantes de la guerrilla decretaron, sin embargo, un cese unilateral que, según reportó el Presidente, fue cumplido por la subversión.
El siguiente paso fue el que se dio hace dos días, con la alocución presidencial. Al impartir instrucciones para que abordaran en la mesa la interrupción formal de operaciones de lado y lado, los observadores más optimistas dijeron que ese era el gran impulso que esperaba la negociación.
Se trata de un paso definitivo en el clima de confianza. Y porque lo es, hay que tener ahora más cuidado. Cualquier asomo de incumplimiento podría generar una atmósfera de frustración, que daría al traste con la ilusión.
En Angola, por ejemplo, los delegados acordaron calendarios concretos, especificaron los actos prohibidos, aclararon los términos de verificación y determinaron, inclusive, los procedimientos de separación de tropas al momento de presentarse un incidente.
Eso tiene que hacerse en La Habana. Porque en la nueva era de relaciones es posible que el acuerdo parcial sufra traspiés y anime, de paso, a los contradictores. En Nepal, de hecho, fue suspendido en tres ocasiones por las tensiones que mantenían los bandos enfrentados, y no pocos declararon el fin de la tregua y del acuerdo mismo.
Como allá, lo importante es que la guerrilla y el gobierno mantengan en todos los casos su actitud de diálogo y voluntad pacífica para regar la esperanza que cada uno de sus pasos va sembrando entre los colombianos.








