Detesto a las muchedumbres. Nada me resulta más pavoroso que la masa, esa suerte de organismo impredecible hecho con retazos de voluntades, peligroso, crédulo y mendaz. Descreo de los gregarismos, de los clubes, de las sociedades anónimas, de las barras deportivas, de las gavillas, de las sectas, de los sindicatos, de los ejércitos, de las cooperativas, de las pandillas, de los partidos políticos, de los cuerpos colegiados, de las mafias. No soporto verme atrapado en la multitud de las cinco de la tarde, ser parte de la horda, caminar en su misma dirección, percibir los olores de las carnes anónimas, confirmar mi debilidad frente al gentío que se abre paso en su diario desfile hacia la nada.

Sin embargo, la conciencia de que no sobrevivo a solas, tal vez una expresión de sensatez, de madurez o de fracaso, hace que de vez en cuando me sobreponga a esa aversión fundamental a lo colectivo y me convenza de lo necesario que resulta atender mis deberes de ciudadano. Por eso voto, hace 29 años, en todas las elecciones colombianas.

Creo que quienes no estamos convencidos de la infalibilidad de la democracia y aun así participamos sin falta en los procesos que la constituyen, aceptamos las victorias de los otros y no le enrostramos en la cara a nadie nuestras escasas victorias, tenemos más autoridad para hablar de ella que los millones de “demócratas” abstencionistas que, a pesar de su nula participación en lo importante, insisten en quejarse de las decisiones que han dejado en manos de los demás.

El plebiscito del próximo domingo no es una elección cualquiera. El pueblo no escogerá a una persona, no se inclinará por las ideas de un partido. No se tratará de perpetuar en sus cargos a los mismos ni de castigarlos por lo mismo ni de sustituirlos por otros que harán lo mismo. Esta vez, cada voto será un acto de honor.

Además de responder a la pregunta concreta sobre si aceptamos o no el acuerdo de La Habana, firmado entre el gobierno y las Farc, este plebiscito entraña –como casi todas las convocatorias extraordinarias de este tipo– algo más esencial: quiénes somos, qué queremos hacer con este país y con nuestras vidas en él. Si el pueblo no vota por alguna de las dos opciones será una prueba más de que nos importa un bledo todo lo que pase a más de 50 metros de nuestra casa. Si votamos No seremos un ejemplo único de país, de un extraño conglomerado de personas enamoradas de la muerte. Si votamos Sí demostraremos que en alguna parte de nuestras conciencias ha comenzado a madurar la idea de que somos capaces de comportarnos como una sociedad responsable, pragmática y moderna.

Quienes tienen la paciencia de leer esta columna cada semana ya conocen mi voto. Será un Sí marcado con fuerza en la tarjeta para que quede bien claro que mi opción es que las Farc no existan: el conflicto que más violencia genera se acabará y eso implica miles de muertos menos, millones de dólares ahorrados, el primer paso para lograr la paz que todos decimos anhelar y mi modesta razón para justificar que yo me sienta satisfecho de pertenecer a una muchedumbre.

Jorgei13@hotmail.com

@desdeelfrio