Los principios científicos internacionales acogidos por la mayoría de legislaciones del mundo sobre procedimiento y teoría en la resolución de conflictos indican claramente que el diálogo es base estructural para la búsqueda de soluciones al definirse antes las estrategias, los parámetros a seguir, una hoja de ruta estricta que no permite especulaciones y los métodos rigurosos a los cuales deben ceñirse los participantes.

Casi siempre hay un proponente y un propuesto. Igualmente es muy posible que siempre haya un vencedor y un vencido, o un bando más fuerte y más débil. Lo que no se acostumbra, ni se permite, ni se acepta como lógico por razones elementales es que se imponga la insolencia, la soberbia, la altivez, arrogancia, como postura de una de las partes, como actitud psicológica para intentar inclinar la balanza de un lado de los dialogantes.

En La Habana, el mundo asombrado y Colombia en demasía ha presenciado cómo las Farc ostentan desde el principio la postura de la altivez y la arrogancia mientras que la delegación gubernamental ha brillado precisamente por su mesura, su discreción y su sencillez. Capítulo tras capítulo de esta historia hemos observado que los que se encuentran fuera de la Ley, allí sentados porque el Gobierno les concede un salvoconducto para que puedan sentarse al diálogo y expresar sus opiniones, se abrogan la cínica postura de los intocables, de los ofendidos, de víctimas, desconociendo una vez más que fueron, son y serán si no se acogen al proceso de paz, unos criminales sobre cuyas cabezas pesan doscientos mil muertos en cincuenta años y más de cien órdenes de captura por cada uno de ellos, producto de medio articulado del Código Penal colombiano sobre el cual se les ha abierto cientos de causas jurídicas.

Es impresionante la postura altiva de las Farc imponiendo condiciones como si fuesen ellos quienes están dentro del marco legal, como si tuviesen a sus espaldas el respaldo de la Ley, como si fuesen los vencedores, de antemano, intentando acorralar al Gobierno en humillante secuencia. Y encima de esto en medio de las conversaciones continúan ordenando atroces crímenes de vidas inocentes como los estallidos de bombas recientes en medio de la indefensa población civil.

El cinismo de estos infractores de la Ley es impactante y en verdad necesita una gran dosis de tolerancia, de tacto, de inteligencia por parte de De la Calle y su equipo, para no llegar hasta el extremo que tendría toda la justificación del mundo, de tirarles sobre la mesa a los sediciosos todos los papeles, levantarse y darles la espalda regresando a Bogotá.

Esta situación que envenena el ambiente y produce una enorme antipatía hacia el grupo sedicioso en el mundo entero no hace otra forma que confirmar que las Farc continúan viviendo en otro planeta, siguen inmersas en un mundo de irrealidades utópicas, engendradas en el fondo de la selva, donde no se aprecia el sol, no se ajustan los conceptos a la vida moderna ni se actualizan los procedimientos, las posturas y las vías de solución a una lógica elemental; donde la paz de los hombres no puede ni debe tener origen en los crímenes.