El corazón se expande después de tantos años encogido. Es el respiro de satisfacción que se siente después de una mala noche, con la llegada de los primeros albores del nuevo día. El descanso de despertar de una pesadilla y encontrarse una mano amiga que nos abre las cortinas del horizonte cercano que nos invita a vivir.
Así estamos en estos días recientes, estrenando paz. Alejándonos de los disparates de la guerra. Intentando transitar por un camino difícil. Impresionante de dificultades: el Monte Everest de la paz. Alcanzado en la cima, símbolo de que las dificultades más imposibles pueden resolverse cuando hay voluntad. Como resolverá este pueblo colombiano, bendito y amado, los avatares que se presenten con el coraje que me recuerda al otro país donde vine a la vida, impetuoso y también amado, que supo cantar en la España de 1976 por la libertad y sin ira, la alegría de la transición: “Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, que guardan aún el rencor de viejas deudas. /Que este país necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor. /Pero yo solo he visto gente que sufre y calla, dolor y miedo. /Que solo pide vivir su vida sin mentiras y en paz”.
En estos primeros días de expectativa hay que reconocer la heroicidad de tantos colombianos que durante el largo y crudo invierno de la guerra, cargando con sus muertos, han sabido perdonar.
Y sobre todo, quiero rendir homenaje –pienso que esta es la hora y el mejor momento de un comienzo nuevo– simbolizado en el niño que nació durante la firma del acuerdo de paz en la Cartagena del Caribe, a tantos niños a los que les robamos el futuro, con el deseo de que sus vidas sean, como se merecen y tenemos la obligación de lograr, una fiesta en paz.








