Alguien dijo que lo más terrible de la peste del insomnio en la novela Cien años de soledad no era la falta de sueño, sino que al no poder dormir tampoco se podía soñar. Ha sido tan traumático el proceso de imaginar nuestra nación; tan difícil, violenta y azarosa la construcción de símbolos con los cuales todos los colombianos se sientan identificados, que nos aferramos a cualquier posibilidad de soñar.

Entonces contamos los goles y las asistencias de los futbolistas colombianos en el extranjero, volvemos tema de comentario un rumor infundado sobre el supuesto interés del Club Barcelona por un jugador del país, celebramos la nominación a premios internacionales de películas colombianas que ni siquiera hemos visto, y pasamos de putear a Nairo Quintana porque no ganó el Tour de Francia, a hablar de humildad, coraje, tesón, hambre de gloria, y cualquier otra sarta de lugares comunes por haber ganado la Vuelta a España.

Habría que ser demasiado majadero para no reconocer que el proceso de paz que terminó con los acuerdos firmados entre el Gobierno y las Farc, una guerrilla en la que hasta hace pocos años sus comandantes morían de viejos y no en combates, es el más sistemático de todos los que se han llevado a cabo con los actores del conflicto en el país. Nosotros, que vivimos buscando pretexto para soñar, estamos, sin duda, ante un gran opción para hacerlo.

Por supuesto que se pueden tener diferencias sustanciales con el Acuerdo Final. En lo que a mí respecta lo que está consignado allí no soluciona el problema del campo colombiano, y no porque no refleje la construcción de un modelo agroindustrial con alta tecnificación como piensan algunos, sino porque sigue sin resolver algo más básico, pero por lo que nos hemos estado matando desde hace casi doscientos años: la inequidad en la administración de la tierra.

Tampoco creo que el acuerdo sea virtuoso en el manejo de situaciones que necesitan de la perspectiva del enfoque diferencial étnico o de la perspectiva de género y el reconocimiento a la diversidad sexual. En algunas ocasiones la mención de lo anterior parece la simple formalidad y exigencia que demandan los tiempos actuales de utilizar un lenguaje políticamente correcto.

Pero, créanme, estoy totalmente convencido de que no es con un acuerdo desarrollado desde la visión del uribismo caballista, acaparador de tierras a cualquier precio, homofóbico y racista, con el que vamos a encontrar la solución. Es una paradoja: los primeros que dijeron que las Farc no eran más que una horda de terroristas, bandoleros, narcotraficantes y asesinos que no representaban ninguna opción política para el país, son los mismos que ahora exigen que con el acuerdo con este grupo se solucionen todos los problemas de la nación.

“Aquí lo que no hay es que morirse”, dice un dicho popular cubano; aquí lo que hay es que dejarse de matar, diría yo. El sonido de las bombas y las balas tampoco nos han dejado dormir en paz, quizá lo único que necesitamos es que se callen, para empezar a soñar.

javierortizcass@yahoo.com