“¡Liga o tranca!”, fue el grito de combate del tiznao

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“¡Liga o tranca!”, fue el grito de combate del tiznao

Reportero de EL HERALDO se metió en la piel de un negro tiznao y caminoteó las calles de varios barrios populares, sintiendo en carne propia lo que viven estos disfraces de nuestro Carnaval.
Luis Felipe de la Hoz
Luis Felipe de la Hoz
Con Mauricio Caballero, de Nueva Colombia, en la calle 72 con carrera 66. Luis Felipe de la Hoz

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Reportero de EL HERALDO se metió en la piel de un negro tiznao y caminoteó las calles de varios barrios populares, sintiendo en carne propia lo que viven estos disfraces de nuestro Carnaval.

Bajo un sol templao, retador, que desde un inicio empezó a picar con saña mi espalda, arranqué mi viaje a pie en los ‘zapatos’ de un negro tiznao, de esos a los que muchos les huyen despavoridos, en especial los niños.

Todos los años, desde que se da apertura al desorden organizado más reconocido del territorio nacional, los disfraces de negros tiznados con carbón y aceite de motor quemado o con pintura corporal pueden verse retacando y rebuscándose  entre las coloridas calles engalanadas de Carnaval.

En una Barranquilla que se sume en la dictadura del descontrol y el vacile colectivo, ellos salen con sus torsos relucientes de un negro brillante, como una especie de legado de ese Carnaval de barriada y de bordillo que se resiste a desaparecer.

A las diez de la mañana de ayer, en la calle 72 con carrera 68, cuando miles de barranquilleros, visitantes del interior del país y extranjeros empezaron a arribar a la Vía 40, yo, tiznado de la cabeza a los pies, como un negro cimarrón, rebelde y vacilador, garrote  en mano, como bien manda la tradición de este disfraz, lancé a los apresurados transeúntes que se afanaban por llegar al Cumbidrómo el primer grito de batalla, aunque no fuera de flores. “¡Liga o tranca!”.

Entre los sonidos verbeneros de viejas canciones carnavaleras que escapan de los picós y otros equipos: Aheee, aheee mi banana, aheee mi banana aheee... coroné mis primeras monedas.

EL DISFRAZ
El nombre de Dios, como llaman los comerciantes a la primera venta del día, lo hice en una tienda de la 72. Varios amigos que reventaban frías para calmar el calor del mediodía, entre risas y comentarios vaciladores, sacaron el menudo de sus  bolsillos y el tintineo de las monedas se hizo sentir en la mochila vacía. “ Nojoda, broder, con esa cara y ese garrote quién no le suelta el billete, cuadro”, comentó uno de los presentes que además bautizó mi mañana brindándome una fría ‘vestida de novia’.

En menos de media hora, el sol y la tintura empezaron a manifestarse con un insistente comezón en mi espalda. A pocos pasos de la tienda, un carnavalero bonachón, ataviado con sombreo vueltiao y camisa de colores vivos, antes de soltar una sonora carcajada, sacó de su pantalón un billete de 5.000 para rematar con un comentario jocoso:

“Nojoda, mi hermano, con este palo e’ sol y pintao así, loco, esa es una vaina brava. Toma la liga pa’ que te mames las frías en la noche”.

Mauricio Caballero preparó la noche del viernes las dos bolsas de carbón y el aceite de cocina que vertió en todo su cuerpo ayer por la mañana. Primero ralló el mineral y lo dejó caer en un tanque, al que después le agregó una cantidad exacta del aceite con el que en su casa fritan las mojarras y los patacones.

Caballero lleva 10 años rebuscándose en Carnaval como negro tiznao. Ayer empezó su faena a las 9:00 a.m. Desde su barrio, Nueva Colombia, se mandó ‘guayando’ hasta la 72.

“Generalmente me sacó entre 70 y 100 barras. Ajá, uno lo hace por el vacile del Carnaval y para rebuscarse. Con el billete hago una comprita breve y me alcanza pa’ las frías”, contó mientras inmortalizábamos el encuentro, con una foto para la posteridad.

Negritos de nueva Colombia
Eran por lo menos siete, el mayor dijo que tenía 17 años y el menor 11. Embadurnados de carbón y aceite de cocina, salieron de Nueva Colombia acosando a los gozones carnavaleros.

“Nos hacemos entre todos como 120 barras y los repartimos. Le doy una parte a mi abuela y la otra me la gasto en cualquier vaina, en chucherías”, contó el mayor.

Otros revelaron que el dinero lo gastan en video juegos; ayudando en la casa con arroz, carne y guineos, y ¡cómo no... de ahí también sale el billete para ir a la verbena en el barrio!

Volver al pasado
Viendo a estos pelaos en su rebusque no pude evitar transportarme en el  tiempo. De golpe llegaron los recuerdos del Carnaval cuando con el combo de amigos de La Unión caminábamos sectores de La Victoria, San José, Cevillar, El Carmen y el Campito embadurnados de barro hasta las orejas, de 10 de la mañana a 5 de la tarde, armados con una cabuya en un rebusque divertido que culminaba con el conteo de moneditas y la compra de gaseosas en lata y perros calientes.

En aquellos carnavales veíamos la Batalla de Flores desde la copa de los árboles en la carrera 43. ¡Puro VIP!

Y después en la noche, entre canciones del inolvidable Centurión de la Noche, el Nene y sus Traviesos, Juan Piña y los merengazos infaltables de Wilfrido Vargas, luuuna, dime tú si ella me quiere..., azotábamos baldosas en la verbenita que hacían al lado del extinto teatro Las Palmas, echándoles los perros a las jebas, que, por lo menos a mí, después del primer pisotón, me mandaban a recoger por  “mocoso, chiquito y sucio”.

Esos viejos carnavales eran sin tanto tráiler, reguetón, champeta ‘pro pro’, descremada y gourmet, y estrellitas de TV que aportan poco o nada a la tradición.

Carnavales en los que mandaban la parada las verbenas de verdad y no los pretenciosos embelecos de ahora, con nombres tecnotrónicos.

CORRE CORRE Y PICARDÍA
El experimento en el inicio de las festividades de su majestad Marcela fue una vuelta al Carnaval de barrio y bordillo, del que me hablaron casi todos los que aportaron con billetes o monedas a alimentar mi mochila.

“Socio, es que uno con eso de los palcos tan caros y toda esa cosa tan extraña que ahora le quieren meter, prefiere quedarse por la casa, con frías, sancochito y con las ‘llaves’ del barrio. Es que se ha perdido mucho la esencia”, indicó un barbudo que en el barrio Rebolo aportó $2.000 a la causa.

La patoneada como tiznado incluyó sectores de Sanpacho, Bellavista, Recreo, Simón Bolívar, Las Nieves, El Campito, Rebolo y Barrio Abajo.

A las 3:40 de la tarde, cuando en el popularmente llamado Bajo Manhattan dimos por culminada la faena, conté, entre monedas y billetes, 47.000 bien sudados y caminados pesos.

Muchos niños y niñas huyeron de mí y de mi tranca amenazante; decenas de adultos se hicieron fotografías conmigo. Y hasta en el Barrio Abajo sucedió lo inusitado: un par de coquetas muchachas, al escuchar el grito !Liga o tranca!, con evidente picardía, contestaron casi al unísono: “Tranca, papito; ¿cuál es el problema con la tranca...?”.

Sentir en carne propia lo que viven estos disfraces que se gozan el Carnaval de manera alterna, entre las calles destapadas de los barrios populares, también me hizo entender que tiznado de la cabeza a los pies uno encarna la Guacherna, la Batalla de Flores y la Gran Parada; el tambó, la flauta e’ millo, el juepaje, la cumbia, el picó, la verbena y el ¡no le pegue a la negra! del Joe.

Con mucho orgullo, ayer volví a ser Carnaval.

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