El Heraldo
La zona de las cabañas también permanecen vacías, sin ninguna actividad, según dijeron algunos moradores. Cortesia
Sucre

La crónica de la tristeza que se vive en el Golfo de Morrosquillo

Las playas están solas, los hoteleros al borde de la quiebra y extorsionados.

No es un sábado normal. Antes, en un fin de semana cualquiera, no se veía solo paisaje. También se observaban turistas caminando de un lado para otro. Niños jugando en la playa. Se escuchaba música amplificada en la entrada a una cabaña y se observaban buses parqueados en las aceras. Se veía movimiento turístico y económico.

El Golfo de Morrosquillo era un hervidero humano, gente que calmaba sus anhelos de descanso a orillas de la playa donde parecía que la furia y la calma eran un solo sentimiento. Pero este no es un sábado normal porque ahora solo se ve desolación. Hay un silencio tranquilizador, pero abrumador. Las calles están desiertas, los quioscos vacíos. No se ve el mesero atravesando la calle con una bandeja de pescado. Tampoco se ve al vendedor de flotadores y mucho menos al que prepara los cocteles.

Solo hay desolación

Visto desde los ojos de Robinson Peñafiel Gaspar, un nativo de Coveñas, parece que un ciclón hubiese arrasado con el Golfo de Morrosquillo. Tiene la costumbre de hacer ejercicios frente al mar y en su vida jamás había visto un panorama tan desolador.

Estaba adaptado a ver turistas disfrutando del paisaje tropical y ahora solo contempla las alboradas y ocasos, pero desiertos. “Los fines de semana, así no hubiese temporada turística, siempre se veía gente de todas partes en estas playas. Ahora por el cierre a raíz de la pandemia no se ve nada. Los callejones de acceso están cerrados y los hoteles vacíos. Qué cambio de grande”, dijo Peñafiel mientras contemplaba un mar quieto y limpio en la Segunda Ensenada de Coveñas.

Antes, el panorama que ve ahora solo era posible un martes o miércoles, cuando todo estaba solo. Sin embargo, ahora es una constante. En sus caminatas cuando tiene pico y cédula ve que las cabañas están siendo adecuadas, algunas están completamente solas y otras con los administradores solamente. Así mismo, ve patrullar a un par de policías que vigilan que todo esté en orden. A veces aprovecha para zambullirse unos cuantos minutos y luego agarra su ruta para la casa.

“En cierto momento realmente da tristeza ver algo así. Uno que como nativo estaba acostumbrado a otro ambiente es difícil adaptarse al cambio. Aunque también hay que tener en cuenta que el entorno natural está descansando de la carga que tenía. Eran unas 30 mil personas que llegaban en una temporada turística. O sea que el cambio es drástico. Pero en esto también hay que analizar la cuestión económica que es aún más complicada. Recordemos que Coveñas es un puerto netamente turístico”, dijo el joven.

Ahí es donde intervienen los empresarios turísticos, los mismos que no quieren figurar porque, primero tienen lo mismo que decir que hace dos meses cuando comenzó la cuarentena, y segundo, porque ahora están siendo objeto de extorsión. Sí, extorsión en medio de la pandemia, y al borde de la quiebra por no poder ofrecer los servicios turísticos.

Uno de los hoteleros, residenciado en Coveñas, expresó que las pocas reservas que había aplazado para final de año fueron canceladas completamente. Mientras tanto, advirtió, remodelan la cabaña para así adaptarse al modelo de reinvención propuesto. Así las cosas, prosiguió, espera que al gremio hotelero le planteen las estrategias claras para la reapertura. Pero a decir verdad, ve las cosas lejos.

“No podemos hacer planes, pero sí estrategias. Lo peor es que todo depende de las disposiciones gubernamentales y para ello necesitamos buenos cimientos. Recomenzar será fuerte”, dijo.

Otra hotelera, residenciada en Tolú, la que también pidió no figurar en prensa por seguridad porque hace dos semanas recibió un par de llamadas intimidándola, aseguró que ella y sus colegas están viviendo de los ahorros toda vez que los ingresos han sido nulos.

“Desde mediados de marzo cuando se fue el último huésped de mi hotel no ha llegado más nadie por obvias razones. Tenía como diez reservas para Semana Santa y eso lo cancelamos. Para mediados de año no hicimos ninguna porque esto se amplió y ahora estamos esperando cómo avanza lo de final de año”, dijo la empresaria turística.

Los nativos también se están cuidando de que personas ajenas al pueblo ingresen a las cabañas. Ya han tenido varios episodios con gente proveniente de Montería, principalmente, que ingresan a altas horas de la noche con el fin de hospedarse en sus propiedades.

El temor es que en la zona, donde solo hay un par de casos de COVID-19, se dispare el contagio, y así deje de ser, como es conocida, la ‘capital del paraíso’.

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