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Holmes Algarín, médico especialista en Médicina Interna y Cuidados Intensivos; El médico internista José A. Núñez en uno de sus turnos en la clínica; El urólogo oncólogo Jaime Pérez carga a su bebé recién nacida.
Cortesía.
Sociedad

Tres papás con bata blanca que le ponen el pecho a la COVID-19

Los médicos Holmes Algarín, José A. Núñez y  Jaime Pérez celebrarán el Día del Padre en la distancia. 

Para los doctores Holmes Algarín, José Núñez y Jaime Pérez afrontar la crisis sanitaria desatada por la COVID-19 les ha significado dividir su corazón entre salvar vidas y proteger a sus familias.

A pesar de los ataques que ha recibido el personal médico, ellos hacen honor al juramento hipocrático. Por lo que en medio de la pandemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 siguen al pie de la letra el enunciado que dice: “La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones”.

Holmes Algarín afirma que para él lo más importante en este momento es salvar vidas y atender gente. Dice que no le importan las amenazas y que por el contrario estas lo motivan a gestar sus procesos, avanzar y salvar a la gente que más lo necesita en Barranquilla.

No oculta que “el escenario es triste, pero a la vez alentador cada vez que sacamos un paciente adelante”, es por ello que sacrificar gran parte de su tiempo con la familia y algo que hace con “gusto, cariño y amor”.

Este médico barranquillero de 38 años es especialista en medicina interna y cuidados intensivos. Es padre de un niño de tres años y una joven de 18. Es consciente que por estar en la primera línea de defensa puede cargar con ese enemigo invisible conocido como SARS-CoV-2, por lo que en casa tiene un estricto protocolo y aunque está presencialmente cerca de sus seres queridos, físicamente los separan dos inamovibles metros, distancia mínima para evitar que el virus toque a alguno de los suyos.

“Sigo todos los protocolos como todos mis colegas. Antes de llegar a casa nos higienizamos, nos cubrimos la boca y mantenemos una distancia prudente para poder deambular dentro de la casa. Todo este escenario implica un impacto emocional para nosotros como trabajadores de primera línea”, confiesa.

A pesar de estar cerca, pero lejos de su familia, dice que el impacto emocional lo trata de asumir con alegría.

 “En los malos momentos debemos tener una actitud ganadora y lo más importante es que esa actitud hay que transmitirla al familiar. Hay que transmitir esperanza”.

Su familia es el pilar de apoyo fundamental para mantenerse en pie en medio de la emergencia. “Poco a poco han logrado entender que día a día salgo a enfrentar la muerte y a tratar de salvar vidas para entregar a las familias de los barranquilleros gente con salud”.

En este momento su rol de padre está encaminado a demostrarles amor a sus hijos a través de la protección.

“Lo que hacemos es protegerlos, parece un paso complejo porque es mantenernos a distancia de ellos, pero hace parte del amor, es decirle con cierta distancia que te protejo y te cuido”.

Al igual que todo el mundo, desea que esta pandemia pase lo más pronto posible para sentir nuevamente el calor de sus seres queridos por medio de un beso y un abrazo.

Para Algarín no hay un solo día duro, sino “muchos días duros”.  “Ver morir a nuestros pacientes es lo más triste, sin embargo nos duele mucho cuando son los jóvenes los que se nos van de las manos teniendo la oportunidad de cuidarse pudiendo estar tranquilos en casa y siguiendo las recomendaciones básicas”, afirma.

Por su familia. La situación del médico internista José Atilio Núñez no dista mucho de la de su colega. Este especialista de 35 años, padre de una niña de tres años, vivió su momento más duro cuando tuvo que irse por un tiempo de su casa para protegerla a ella y su esposa de cualquier peligro que les representara la COVID-19.

Núñez sabía desde marzo, cuando inició la emergencia, que el proceso iba a ser duro ya que se desempeña como jefe del servicio de urgencias del Hospital de la Universidad del Norte y además es el internista titular de la urgencia por lo que tiene que ir de lunes a domingo y permanecer ahí la gran parte del día.

“Junto a mi esposa sabíamos que iba a ser difícil pues yo tengo que estar al frente de todos los pacientes”, afirma.

El miedo se convirtió en el indeseable nuevo miembro de la casa. Su esposa le confesó que se sentía asustada. Él lo tomó como “un reto y una oportunidad de servir”.

Como padre y esposo tuvo que tomar una decisión difícil a finales de marzo. El temor de su esposa de que ella y su hija se contagiaran los llevó a tomar la decisión de salir de la casa.
“Fue una decisión dura, yo no quería irme. Ellas tampoco, pero en el fondo sentíamos que era lo más seguro”, confiesa.

La soledad le dio duro. Estar apartado de su familia era para él “quebrador”, al punto de que al colgar se ponía a llorar solo en el apartamento en el que habitó en el mes de abril.

“Todas las noches le preguntaba a Dios por qué esto me tocaba a mí, por qué debía ser yo el que le pusiera el pecho a los pacientes cuando mi familia estaba sola”.  Sentía que no las protegía porque no estaba ahí, pero que a su vez lo hacía porque estaba en otro sitio.

Todos los días a las 5:30 de la tarde se paseaba por su casa para ver a su hija, su esposa y su mamá. Ellas desde el balcón y él desde el carro. “Tan cerca y a la vez tan lejos”.

En mayo decidió regresar a casa. Lo hizo en vísperas del cumpleaños de su esposa. “Gracias a Dios pude estar en su cumpleaños y en el de mi hija que cumplía el 6”, recuerda.

Pero la tranquilidad que había recibido esos días le duró muy poco. La incertidumbre y el temor se apropiaron nuevamente de Núñez y empezó nuevamente el cuestionamiento sobre si tenía que quedarse o definitivamente irse.

“Hubo algo que me impactó mucho y fue que mi hija un día me dijo ‘papi, yo no quiero que te vayas nunca más’, me lo dijo con su vocecita de tres años y me partía el alma porque me lo pidió por una semana”.

 

“Mi hija un día me dijo ‘papi, yo no quiero que te vayas nunca más’, me lo dijo con su vocecita de tres años y me partía el alma porque me lo pidió por una semana”.

Luego de eso vino la pregunta de cómo cuidarse porque en mayo empezaron a llegar al hospital muchos más pacientes. En ese momento el contacto con quienes ingresaban al centro asistencial era más cercano y el miedo era más latente, pero su convicción también estaba en cumplirle la promesa a su pequeña de tres años.

La decisión que tomó junto con su esposa fue la de aislarse en un cuarto para no tener contacto con ellas. “Ahora era peor, porque ahora estábamos en la misma casa, pero no podía tener contacto con ellas”, admite.

Tener que decirle a su hija que no lo abrazara fue duro, pero sabía que era necesario para protegerla. Diariamente tenía que parar a su hija en la entrada del cuarto, pero para cenar se sentaban en el piso a dos metros para por lo menos compartir un poco.

“Para mí es supremamente importante que mi hija sepa que lo que yo hago es para servir a la gente,  porque Dios me ha hecho un llamado especial para ayudar en medio de la dureza y el dolor, para servir en medio de la tristeza que causa esta epidemia y hacerlo también en medio del riesgo, para que ella pueda en unos años decir ‘mi papá ayudó a muchas personas, tal vez no a salvarse porque van a morir muchas personas, y yo soy testigo de eso, pero también soy testigo de muchos milagros y segundas oportunidades”.

Estrictas medidas. Jaime Pérez es otro especialista, urólogo oncólogo, al que la pandemia lo tomó con temor. 

“Nosotros, los que trabajamos en la salud somos los más afectados porque estamos en contacto directo con las personas que son los potenciales transmisores de la enfermedad”, afirma.
Compartía el temor de sus colegas: transmitirle la enfermedad a su esposa y sus dos hijas.

 “En marzo cuando comenzó la cuarentena mi hija menor tenía tan solo 35 días de nacida y su susceptibilidad es mayor ante esta enfermedad”, confiesa.

Cargaba su temor entre pecho y espalda porque tenía que salir a trabajar diariamente, por las responsabilidades con sus pacientes. Eso lo llevaba a ser más estricto con sus protocolos de seguridad.

Sabe que debe cuidar al extremo a su familia, los reconoce como su mayor tesoro y por ello sigue al pie de la letra las medidas para evitar ser un agente transmisor del SARS-CoV-2.

Siempre que regresa a casa se desviste y pone su ropa en una solución de jabón con hipoclorito. Esta medida también la sigue su esposa quien, al igual que él, trabaja en el sector de la salud.

Reconoce que en el ámbito familiar la situación es complicada porque los demás miembros son conscientes del alto riesgo que hay en ellos al estar constantemente expuestos. “Yo he atendido a algunos pacientes infectados, pero siempre siguiendo los protocolos de la clínica para evitar contagiarme”.

Estos tres galenos saben que su trabajo hoy quedará plasmado en la historia. Ellos están en la primera línea de la emergencia sanitaria más grave de la historia contemporánea haciendo valer su juramento, pero también cumplen un rol como padres de familia. Estos héroes de bata blanca anhelan el día en que los vuelvan a recibir en casa con besos y abrazos.

 

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