El Heraldo
Sociedad

Salud, sabor y una boda en tres historias de amor y amistad

En septiembre coinciden en Colombia la celebración del Patrimonio Cultural y del Amor y la Amistad. Aunque no lo parezca a primera vista, están enlazados: la primera nos invita a la salvaguarda de bienes comunes, la segunda a recordar la importancia de ciertos afectos. Ambos están hechos de una memoria que construimos en relación con lo otro y con los otros.

A propósito del amor, quizá imposible de vivir sin la amistad; y de la amistad, imposible sin el amor, presentamos tres historias en las que mujeres y hombres han representado cómo se quieren, y cómo la presencia de una persona recuerda a un patrimonio tangible e intangible que florece en la vida de otra.

 

En la salud y el amor

Trabajan para cuidar y curar la salud visual de los demás, y ellos mismos han aprendido a verse cada vez mejor en el tiempo que llevan juntos desde que iniciaron sus estudios en la carrera de medicina. Beatriz Donado, oftalmóloga pediatra, y José Luis Rodríguez, glaucomatólogo, empezaron siendo novios en octavo semestre de Medicina, hace 20 años.  

Ambos utilizan un tono amable y pausado al hablar. Probablemente el mismo que aplican con los pacientes en la clínica en la que hacen consultas, tratamientos y a veces cirugías en compañía.

“Es fascinante trabajar así, compartir casos y experiencias; él me apoya, por ejemplo, en todo lo que tiene que ver con el glaucoma en niños. Es magnífico, pues hay quienes no comparten mucho tiempo con su pareja por estar haciendo otras cosas”, dice Donado.

“Pienso que es un complemento. En algunos casos de niños con glaucoma, entra el área de especialización de ella que es oftalmóloga pediatra, y también mi área porque soy glaucomatólogo. Ese tipo de casos generalmente los abordamos juntos, y en la cirugía entramos los dos”, dice Rodríguez.

Al finalizar su carrera en la Universidad del Norte, la pareja que tiene dos hijos (uno de 4 y otro de 6 años) hicieron juntos el internado en Bogotá: José Luis en el Hospital Militar y Beatriz en el Kennedy. En un trabajo rural en Caquetá estuvieron 6 meses, después de los cuales regresaron a Barranquilla, donde ella empezó una especialización en oftalmología.

“En gran parte estoy en la oftalmología por ella”, dice el esposo. “Como la acompañaba a los turnos y veía los pacientes, empecé a enamorarme también de la oftalmología”, añade el glaucomatólogo, que inició como médico general en una unidad de cuidados renales. 

En la pandemia se han distribuido los horarios para trabajar y estar con sus hijos, estudiantes en casa. No han tenido que estar en la primera línea atendiendo a pacientes de Covid-19 ni en las unidades de cuidados intensivos, pero realizan consultas y operaciones en las que es inevitable estar muy de cerca de los pacientes.

Beatriz y José Luis se admiran. Cada uno valora en el otro su dedicación y profesionalismo, su constante lucha compartida. En diciembre cumplen 12 años de casados, pero probablemente el 24 de septiembre celebrarán en casa, en una cena con sus hijos, los primeros 20 años del día que decidieron ser novios y enlazar su profesión y su amor. 

El ‘Sí’ por Zoom

“Como es el mes del amor, aprovechamos para casarnos”, dice Luisa Hernández sobre el matrimonio con su esposo, Janer Villalba, el pasado 12 de septiembre.

A la boda los invitados asistieron a través de Zoom: se conectaron más de 50 personas, con las que difícilmente hubieran podido reunirse presencialmente por la pandemia. 

“Es muy bonito saber que todos compartieron ese momento especial conmigo, el sonido y la transmisión estuvieron chéveres, fue muy agradable”, dice Luisa.

“Supimos de una pareja que se casó por Zoom y quisimos hacerlo. Un amigo ingeniero de sistemas, el padrino de bodas, estuvo a cargo de la logística”, dice Janer.

En la boda sólo había 8 personas en sala de una pastora notaria quien les dio, como explica Hernández, las “dos bendiciones el mismo día: tanto las terrenales como las espirituales”. Antes de ir al altar, fueron novios por tres años. La propuesta de matrimonio llegó por sorpresa para Luisa durante un viaje a Barú con amigos, antes de la cuarentena. “Cuando llegamos allá, entre mis amigas y él me vendaron los ojos, supuestamente jugando a la gallinita ciega, y me llevaron a la orilla de la playa. Al llegar me doy cuenta de que la cabaña está decorada y él está de rodillas en la arena”.

Janer cuenta también que había un pendón con corazones y la petición de matrimonio. Luisa “casi se desmaya de la emoción”.

Antes de casarse tuvieron “dificultades”, porque él era divorciado desde hace 5 años y tiene hijos. “Tuvimos inconvenientes con la familia, fue un proceso ganarme su confianza, pero al final Dios nos honró y nos permitió unirnos; nuestras familias están en paz con nosotros y nosotros con ella”, dice el esposo.

En cuarentena estuvieron cada quien en su casa, pero se veían todos los días cuando él la buscaba al trabajo. Ahora viven juntos en el municipio de Soledad. Janer, barranquillero, tiene 33 años y Luisa, oriunda del Magdalena, 25. La boda, que inicialmente sería en noviembre, fue adelantada por “seguridad de ambos” y, como dicen, “por amor”, para el mes del Amor y la Amistad que ahora celebran por partida doble.

Una amistad con ingredientes de acá

Diana Polo recuerda la noche del 8 de abril de 2017, cuando conoció a su amiga Eikol Arroyo. Estaban en una de las “cenas clandestinas” que organizaba en distintos lugares de la ciudad para compartir gastronomía y homenajes en torno a un tema; Barranquilla era el de aquella noche. Hubo, por eso, mote de queso con tres tipos de queso y berenjena servidos en totumas; la barra libre eran “bolis de corozo envenenados con ron blanco, que es el ron de acá”, recuerda Polo.

Eikol, hija del Joe Arroyo, cantó esa noche En Barranquilla me quedo. Desde entonces empezaron a conocerse y verse más. Ambas hacen parte del grupo de Foodies Caribe y son influencers de la cocina, comparten recetas, asisten a charlas y se han dado a conocer en el medio como La Cuchara Colorá —Diana— y Cocinera Mayor —Eikol—. Este último en homenaje a la canción El cocinero mayor, que el padre de Eikol grabó con Fruko y sus tesos. 

El año pasado empezaron a integrar un proyecto de tertulias gastronómicas bajo el nombre Sopa y Seco acompañadas de otros foodies, en los que hacen encuentros mensuales con chef, comensales, propietarios de restaurantes y de emprendimientos en gastronomía. Ese proceso las ha hecho amigas que se apoyan, comparten recetas y obsesiones.

“Tenemos gustos parecidos en la música. Nos juntamos a comer, su madre me cocina o ella viene a mi casa, como antes de la pandemia. A veces le mando una de mis salsas para que pruebe y me dé su opinión; es una catadora que como amiga sé que me dará una retroalimentación sincera”, dice Polo.

Eikol dice que su amiga fue “una de las primeras influencers gastronómicas” que le dio la mano y le permitió participar en muchos eventos. “Tenemos más de tres años de amistad y hemos empezado a crecer juntas como influencers gastronómicas y  foodies”.

El nombre Cocinera Mayor surgió porque Eikol quería unir la cocina con “lo emocional” de la música. “Es un nombre de fácil recordación, que hace alusión a las cocineras de tradición de acá”, añade. 

A ambas, también, les gusta rescatar y gozar la gastronomía del Caribe. En casa de Eikol han almorzado juntas el plato predilecto: sopa de guandú. Y Diana, que tiene colgada en una de sus paredes una ilustración del Joe, le envía ocasionalmente el mote de queso que hace los domingos. 

Este año participan como invitadas de Sabor Barranquilla. En cuarentena sólo se vieron a través de las pantallas, pero no han dejado de compartir los sabores y la música, ingredientes básicos de su amistad.

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