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En video | Tras las rejas también hay Esperanza

La diseñadora Claudia Quintero creó una marca de joyas artesanales católicas que elaboran internas del Buen Pastor de Barranquilla.

Los barrotes gruesos que evitan que salga de su celda, de paredes blancas y grafitis, son lo primero que percibe al despertar. Levantarse de la cama es una confirmación de asistencia al conteo rutinario y obligatorio. Ejercitarse es lo que la mantiene con la mente y el cuerpo saludables. Cuando el reloj está por marcar las 8:00 a.m., Liliana Reales se pone su uniforme: una camisa color verde y un tapaboca para darle inicio a su jornada de trabajo dentro de su casa temporal: el Centro de Rehabilitación Femenino El Buen Pastor de Barranquilla.

Trasladarse desde su celda hasta un pequeño salón convertido en taller, donde crea joyas artesanales con sus manos, es para la joven de 27 años un escape ante la mezcla de emociones que el encierro puede generar. Dentro de este lugar comparte con 29 internas un sentimiento: el del olvido, pues las causas que las condujeron a permanecer en esa cárcel hacen parte de un pasado que le abre camino a su proceso de resocialización.

“A pesar de las dificultades nunca es tarde. Nosotras somos mujeres luchadoras que sí podemos. A pesar de que estemos en un centro de rehabilitación tenemos la capacidad de hacer muchas cosas”, dijo la joven, oriunda de Cereté (Córdoba), quien asume el cargo de jefe de producción en Esperanza, la marca barranquillera de joyas artesanales católicas, que empleó a un grupo de reclusas del centro en mención hace un año y medio.

Con el dinero que gana Liliana haciendo pulseras, collares, mosquetones, entre otros accesorios, ayuda a su familia, sobre todo a sus hijos de 18, 17, 10 y 7 años.

“Mientras estoy trabajando en Esperanza no pienso en cosas malas, sino que la pasamos chévere entre compañeras y el tiempo se nos va rápido. No sé cuándo me vaya del centro, estoy a la espera de mi proceso, aún estoy sindicada”.

Esta madre de familia no titubea al decir que cuando llegó al centro pensó que era lo peor que le podía haber pasado en su vida. Sin embargo, con el paso de los días se dio cuenta que podía aprovechar el tiempo continuando con sus estudios de bachillerato o aprendiendo modistería y bisutería, hoy día su “gran talento”, su mejor escape. “También obtuve el primer trabajo que he tenido en mi vida. Ahora puedo sobrevivir acá y he tenido un cambio en mi vida, mi familia está muy orgullosa de mí”.

La luz después del encierro
Esperanza y archivo particular

Al salir de la cárcel, muchas mujeres se encuentran con un nuevo reto: encontrar trabajo. El pasado logra perseguirlas en ese camino y la suerte no les sonríe a todas. Consciente de ello, la diseñadora de moda y magíster en mercadeo Claudia Quintero creó Esperanza, más que una marca, una oportunidad para que las internas continuaran con su labor desde fuera.

“Trabajar con la comunidad de mujeres privadas de la libertad es crecer como empresa. Queremos que ellas descubran sus talentos. Este trabajo requiere de mucho tiempo, dedicación y concentración, así que pensamos en reconstruir un tejido social por medio del proyecto. En ese salón en el que están se respira un aroma diferente, se sienten bien, tienen alabanzas, oran antes de iniciar su trabajo. Ellas son iguales a nosotras únicamente que no tuvieron nuestras mismas oportunidades”.

Así pues, continúan con el programa ‘Libertad esperanza’, en el que, igual a como trabajaban en la cárcel, obtienen dinero por cada producción que hagan, pero desde sus casas. “Ellas tienen unas manos valiosas y no las vamos a dejar sueltas ni quietas porque pueden producir”, resalta Claudia.

Una de las exreclusas que sigue conectada a Esperanza es Juranis Crespo Guerrero, quien desde hace seis meses está en libertad. Ella afirma que ingresar a la cárcel es proporcional a tener que emplearse para poder sobrevivir, pues muchas familias no cuentan con los recursos económicos para enviarles dinero a las internas.

“Esta empresa llegó para salvarnos la vida dentro de la cárcel y fuera de ella. Ha sido muy bueno todo porque aprendemos y ganamos dinero. Es una terapia también para nosotras. Me abrieron las puertas ahora que salí, y con todo lo que está pasando en el país no dudé en seguir por este camino”, dice la madre cabeza de familia.

Los señalamientos, los juicios a priori y las críticas son algunas conductas que Juranis quería evitar, según cuenta. La gran diferencia que ha visto es que ahora puede ocupar su tiempo en estar con sus tres hijos. “Trabajo por ratos cuando me desocupo de mis quehaceres diarios. Me siento muy feliz cuando veo que los productos que creo con mis manos llegan al exterior, es una bendición y nunca pensé que iba a hacer cosas tan bonitas y tener a una familia en la cárcel”.

Martha Erazo García, que hasta hace tres meses era interna, resalta que para ella su trabajo ha sido una gran oportunidad para cambiar su vida. “Estoy con Esperanza desde hace poco más de un año y he encontrado un gran apoyo, nunca había hecho nada de accesorios, pero me enamoré del trabajo”.

La mujer de 20 años sueña con estudiar una carrera profesional, comprar una casa propia, materializar sus sueños en libertad y seguir vinculada a este proyecto social. “No soy católica, pero sí soy creyente y respeto todas las religiones. Amo mi trabajo y me gusta todo. Recuerdo que cuando entraba al taller me olvidaba de todos mis problemas, charlaba con todos y había mucha tranquilidad; nunca hubo un problema, aunque sí estrés cuando había mucha producción”.

Liliana Reales, Elizabeth Barrozo, Juranis Crespo Guerrero, Martha Erazo García y el resto de compañeras que hacen parte del programa se consideran unas guerreras, unas amazonas mitológicas en la selva de cemento llamada ciudad. Paradójicamente las adversidades, la cárcel, les dieron alas de libertad. En países como Honduras, Estados Unidos y Panamá han cautivado con su talento a cientos de compradores. Ahora su anhelo es seguir tejiendo hilos de esperanza para ellas y sus familias.

Elizabeth, el canal
Esperanza y archivo particular

Con materiales como el murano, medallas italianas, mostacillas, perlas de río y palma de iraca, Elizabeth Barrozo, otra de las mujeres que integra el grupo, se sumergió en la industria de los productos ‘handmade’ (hecho a mano).

La joven de 28 años es una de las encargadas de inducir a sus compañeras reclusas que quieran ser parte del proyecto.

“No ha sido nada fácil enseñarle a otras. Me les quito el sombrero a las profesoras porque hay que tener mucha paciencia, no la tenía y la descubrí aquí. La directora del centro, Ofelia Díaz, siempre ha estado muy pendiente diciéndole a ellas que deben seguir los pasos que planteamos”.

Elizabeth, quien nació en Magangué, Bolívar, ha vivido un sinnúmero de experiencias en sus jornadas de trabajo. Una de las que más recuerda es cuando estuvo a cargo de todo el equipo junto con Liliana, y les devolvieron tres veces la producción porque no lograban el acabado correcto. “Fue muy chistoso porque nunca había pasado, pero desde ese momento estamos más pendientes de que los productos sean de excelente calidad”.

La también madre cabeza de familia, un rol predominante entre sus compañeras, este año espera abandonar el Buen Pastor y seguir trabajando con la misma empresa, pero desde el proyecto Libertad Esperanza, que le otorga esta posibilidad a las exreclusas. “En este lugar no he tenido ayuda de mi familia, ya que ellos son demasiado humildes y yo siempre he dicho que me metí yo sola en este chicharrón. Gracias a Dios he podido superarme y enviarle dinero a mis tres hijos”.

Liliana y Elizabeth coinciden en que cambiar es sinónimo de “echarle tierrita” a los errores del pasado, por lo que empezar una nueva vida es su mayor propósito.

Parte primordial del proceso ha sido Ofelia Díaz Pedroza, directora del Centro de Rehabilitación Femenino el Buen Pastor hace más de cinco años. Señala que en el proceso de resocialización se han unido a entes religiosos, instituciones como el SENA y el Colegio Jorge Nicolás Abello, entre otras, que capacitan a las internas.

“Nosotros somos un establecimiento del orden distrital, adscrito a la secretaría de Gobierno de la Alcaldía de Barranquilla, por lo que ellos nos envían cursos de belleza, modistería, bisutería, etc. No somos del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario INPEC, muchas veces se tiende a confundir eso. Esta es una cárcel que es, en su mayoría, para mujeres imputadas, así que muchas están por poco tiempo”, aclara la directora.

Cabe destacar que actualmente los diversos cursos que se ofrecen en la cárcel se llevan a cabo a través de videos que son transmitidos en video beam, por las restricciones actuales a causa de la pandemia del coronavirus.

“Desde que Esperanza llegó a brindarles trabajo, ellas se motivaron porque encontraron cómo llevarle dinero a sus familiares y aportar desde este lugar. Se están capacitando y produciendo. Ellas se cayeron, pero también se volvieron a levantar y eso es lo importante”.

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