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Sociedad

En video | Óscar Romero de las Salas, el médico que sanaba con alegría

El pasado 7 de agosto falleció el otorrinolaringólogo a causa de la Covid-19. 

Él era un héroe con espada de amor”. Así describió en una sentida carta Marianne Schaller a su padre, el fallecido médico Óscar Rito Romero de las Salas.

Y sí que fue un héroe. El otorrinolaringólogo, ese que muchos de sus pacientes recuerdan como “el médico bailador”, acertado, metódico y estudioso, lo dio todo por ellos. “Así era su dedicación a los pacientes, a tal nivel que fue la causa de haberse contagiado de Covid-19 por estar en su ley, operando, a pesar de todas las medidas de bioseguridad que llevó al quirófano para mejorar la vida de alguien a costa de la suya”, escribió en una columna para EL HERALDO Haroldo Martínez, colega y amigo.

Según datos del Instituto Nacional de Salud (INS), hasta el 11 de septiembre de 2020, en Colombia murieron 65 trabajadores de la salud por el nuevo coronavirus, se contagiaron 9.607 y se recuperaron 9.385.

Ese alto costo de amor a su profesión y lealtad al juramento hipocrático que alguna vez prestó en la Facultad de Medicina de la Universidad del Cauca, lo pagó el doctor Romero de las Salas y su familia, que hoy no cuentan con su alegría de cuerpo presente, pero sí en su memoria.

“Su legado está muy vivo en las memorias y enseñanzas que aún la gente recuerda. —Yo quiero que me atienda el médico bailador—, decían algunos de sus pacientes. Fuimos testigos de esa facilidad sobrenatural con la que daba un abrazo inmerecido, de cómo la grandeza de un artista se lleva en el corazón. Sobrepasó fronteras con sus talentos, poniendo al enfermo de nuevo a bailar y a pesar del éxito que sus logros le podían generar, su mérito fue la humildad, como una auténtica estrella legendaria, sin necesidad de aplausos y con una orquesta fiel que hoy extraña todo de él”, escribió Marianne en su carta.

Recuerda también la actriz y cantante, reconocida en el plano artístico como Bemba Colorá, que su padre “se eternizó con su felicidad, no podía perderse un Carnaval. Lo disfrutaba desde la Batalla de Flores, hasta la muerte de Joselito, recorriendo las calles de la Vía 40, El Triángulo, La Cueva, La Troja y La Tiendecita. Con su estilo propio encarnaba cada día un personaje diferente. Los tradicionales como el garabato, el congo, el torito, el monocuco. Y los de su creación como mayordomo, presidiario, marinero, cura, Elvis Presley, militar, pirata y todos los que se acomodaban a su exquisita manera de gozarse la vida y a su travieso sentido del humor. Con la compañía incesante en cada escenario de su representante, una mujer absolutamente constante y bella que se disfrazaba con él y le acolitaba todas sus ocurrencias, quien permaneció a su lado de manera discreta y que a su vez lo hacía brillar, con una maleta lista para cada hazaña. Su reina indiscutible, Rocío Orellano, su esposa”.

“Así era en la rumba, el de la pinta bacana, el primero que se lanzaba a bailar, el de los pasos de salsa mezclados con ballet o tauromaquia, el que brindaba con todos, el animador de la fiesta de principio a fin, el que conocían y querían en todos los rumbeaderos de la ciudad, últimamente en La Cueva y La Troja”, lo describió Haroldo, uno de sus “llaves”.

Como lo describe muy bien su hija artista que él llevó hasta el altar, el doctor Óscar Rito Romero se consagró como el mejor amigo de sus amigos, el ser que “con el solo hecho de su presencia originaba que su público olvidara las penas”.  

“Su espectáculo no ha terminado, sigue de pie, solo que ahora en una tarima mucho más alta, con la luna de Barranquilla al lado y Dios de director. Allá sigue cosechando éxitos sin espantajopismos. Contar su historia es nuestro propósito de vida. Futuros médicos y demás profesionales, no se cansen de estudiar, insistan, no se conformen. Como el bien lo decía: El arte de curar exige conocimiento, esfuerzo, dedicación, requiere vocación y solidaridad constante”, escribió Marianne.

Marianne junto a su padre.

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