'Es una oportunidad de escapar al confinamiento, de sentir que estás conectado con otra gente y de que estás haciendo algo ahí fuera en la naturaleza', agrega Wallington. Lo mismo ocurre en el resto del continente africano ya que, incluso en los países en los que no se han impuesto medidas drásticas de confinamiento general, la extinción del turismo debido a la pandemia ha dejado a los animales a solas con los vigilantes, los guías de safari y los cuidadores. Pero las que han aguantado, cobran ahora una nueva dimensión en un contexto en el que seis de cada diez personas de todo el planeta deben permanecer obligatoriamente encerradas en sus casas. 'Creo que un factor importante que lo que atrae a la gente es el hecho de que no tiene guion, no sabes qué es lo que va a pasar (...). Pero también creo que otra cosa que importa a la gente es que sientes que estás en el vehículo. Se siente, no tanto como verlo en la televisión, sino como una experiencia', añade. Pero, por supuesto, esta iniciativa no es la única opción que existe para conectar en directo con la naturaleza salvaje de África. 'Muchas compañías de safaris que conocemos se están preparando para empezar a ofrecer safaris privados virtuales', comenta Wallington. En África, buena parte del turismo internacional recae sobre los viajes de experiencias con la naturaleza, una actividad que no solo tiene una dimensión económica, sino que también está directamente relacionada con la conservación de la fauna y la flora. La contracción y la incertidumbre sobre la recuperación del sector turístico a medio y largo plazo supondrán, por tanto, un duro golpe para las economías y el empleo en muchos países africanos. Pero más allá de esa debacle se esconde otro desastre potencial, el que afectaría a la conservación de la fauna y la flora africanas. Los ingresos del turismo no solo son vitales para mantener en forma los grandes parques naturales africanos -como el Kruger de Sudáfrica, el Serengeti en Tanzania, el namibio Etosha o el keniano Masai Mara, por citar algunos de los más famosos-, donde viven centenares de especies en peligro de extinción. 'Si la vida salvaje no contribuye económicamente es muy difícil justificar conservarla (a nivel privado). Y ninguno sabemos qué significa esto; estamos asustados', reflexiona Wallington.