El Heraldo
Daniella Abello asegura que sus hijos, Sebastián y Lucas, son sus “grandes maestros”.
Orlando Amador Rosales
Sin photoshop

“El autismo me sacudió y mis hijos sacaron la mejor versión de mí”

La vida de Daniella Abello cambió al conocer que sus mellizos, Sebastián y Lucas, presentaban Trastorno del Espectro Autista. 

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La psicóloga clínica Daniella Abello siempre tuvo la ilusión de ser mamá. Al sentirse realizada profesionalmente se convenció de que era el momento de traer vida al mundo. Así que, decidida junto con su esposo —el anestesiólogo Alberto García Lucena—, empezaron a planificar.

“Dijimos que estábamos listos en el año 2014, justo cuando ya había terminado mi maestría en Psicología, que trabajaba en la Universidad de la Costa como docente investigadora y que estaba participando para ganarme una beca en el doctorado de Psicología. Empecé con todo el tratamiento de la mano de mi suegra, la ginecóloga Amparo Lucena, y para mi sorpresa —iniciando el doctorado— quedé embarazada. En todo el proceso duré un año”.

La vida seguía sorprendiéndola. En la primera ecografía descubrió que en su vientre reposaban dos sacos, lo que significaba que iba a ser madre de mellizos. La noticia sin duda la embargó de felicidad, así que continuando con su formación doctoral se convenció de que aunque esta nueva etapa traería consigo muchos retos, iba a ser capaz de llevarla a la altura.

Como madre primeriza guardaba muchas expectativas. Cuando por fin tuvo a sus hijos entre sus brazos y empezó a vivir la experiencia de la maternidad, sus bebés —Lucas y Sebastián García— comenzaron a mostrar ciertos comportamientos propios del Trastorno del Espectro Autista (TEA).

“El hecho de que no durmieran bien encendían en mí las alarmas porque los primeros cinco años de mi carrera trabajé en el Hospital Universidad del Norte y allí atendí a muchos niños con autismo. Aun así no me atrevía a decir nada porque estaban muy pequeños”.

Cuando los dos ingresaron a la guardería presentaban inquietud y tenían retraso del habla, lo que demostraba que algo pasaba. Aun así no se atrevía a dar por sentado que se trataba de TEA, pues también era factible que  las actitudes respondieran a la inmadurez del neurodesarrollo. El “gran reto” se dio cuando iban a iniciar el colegio, a sus tres años. Daniella recuerda que en ese instante fueron sometidos a varios exámenes, y en el fondo sabía que el paso a seguir sería llegar al neuropediatra y luego al psiquiatra infantil.

Frente a esto, con determinación decidió realizarles otros exámenes para tener un diagnóstico certero.

“Nunca se me olvida que el primer neuropediatra que los vio me dijo —Ellos tienen autismo leve, pero como cuentan con una mamá que es psicóloga... otros papás se estarían volviendo locos—. Yo sabía que algo sucedía, pero sentí que la revelación del diagnóstico no fue la mejor, así que fui a otro neuropediatra, y no lo hice para que me dijera otra cosa, sino porque del primero sentí que no recibí el mejor trato”.
A partir de ese momento se desencadenó otra sucesión. Era el momento de que la familia asimilara el diagnóstico. Por su parte sabía que tenía que vivir un duelo de las expectativas iniciales que tenía como madre para aterrizar las expectativas actuales.

Recibir la noticia le significó ver su sueño aparentemente derrumbado. Además, era consciente como psicóloga clínica de lo que vivían todos los días las madres con hijos que presentaban dicha condición.
“Cuando veía a esas mamás en las consultas que me manifestaban angustiadas que sus hijos no podían ir —por ejemplo— a una academia de fútbol, las escuchaba y en el fondo las entendía. Yo sabía todo lo que podía pasar y los posibles escenarios de la realidad que me estaba tocando”.

A pesar de todo decidió “dar un salto” reorganizándose a nivel laboral, enfocándose para culminar su doctorado y dedicándose a acompañar a sus mellizos a las terapias. Fue un lapso en que empezó a cuidar un poco más de ella, a escucharse más, a conectarse más consigo misma para luego conectar con sus hijos. 

“Cuando los niños ingresaron al colegio ya me sentía más segura. Si hay algo que he aprendido a cuidar es mi espacio conmigo misma, a meditar, a hacer ejercicio para luego vivir la rutina con mis hijos. Es esto lo que me ha funcionado, además de los cursos que he hecho para padres con niños neurodiversos, que me han ayudado a ser la guía de mis hijos porque tengo claro que no soy su terapeuta”.

La barranquillera señala que sus maestros por excelencia son Lucas y Sebastián. Al lado de ellos ha aprendido a “abrazar el autismo” y a entender su realidad, lo que ha traído consigo la sincronización de las áreas de su vida.

Admite que de los dos ha aprendido a ser más empática, a ser asertiva al hablar, a escucharse y a ser observadora. 

“Lucas desde siempre se ha conectado conmigo. Me ha demostrado lo que es el verdadero amor. Habló a los tres años y aun así sentía que había una comunicación entre los dos. Me enseñó que más allá de las palabras puede haber conexión. Sebas, por su parte, me ha retado a salirme de la zona de confort porque no mide el peligro, así que me ha enseñado a manejar mis miedos y a conectarme mucho más con él”.

Tiene claro que el autismo la sacudió y que sus pequeños sacaron la mejor versión de ella. Hoy día asegura que sus hijos cuentan con un equipo de terapistas (psicólogas, fonoaudiólogas y terapia ocupacional) y asegura que ella es la cabeza del proceso. Pero también admite que los deja ser para que fluyan cada vez más, se conecten y finalmente sean niños felices. 

Hace un llamado a la sociedad y dice que es necesario que dentro de esta se vea el autismo, no como un tema de inclusión, sino de convivencia. Explica que es esencial ver más allá del diagnóstico y entender que son “personitas que funcionan de cierta manera, que su desarrollo es específico y que cuentan con capacidades como cualquier otro niño”.

Comprende que vivir el presente es lo idóneo, pero sabe que en los años venideros muchos serán los retos que se presentarán. De momento se enfoca en que sigan siendo niños felices y que cada uno “explote” sus habilidades. Es consciente de que uno de los grandes miedos de las mamás con hijos con TEA es si a futuro llegarán a ser independientes, así que se traza la idea de siempre brindarles las herramientas para que puedan desenvolverse en la sociedad. 

Define su maternidad como la combinación de amor, empatía y autoconocimiento. Envía un mensaje a los padres que apenas asimilan el diagnóstico, diciéndoles que aunque el autismo genere muchas emociones, estas deben ser aceptadas, validadas y exteriorizadas. Adicionalmente —señala— es vital buscar ayuda de un profesional y de redes de apoyo.

“Yo sé que el camino del autismo es difícil porque lo estoy viviendo al doble (...)  Se debe tener en cuenta que con las terapias no se soluciona por completo, sí ayuda en el proceso, pero no lo es todo. El padre es el guía, así que es importante que acompañemos a nuestros hijos”.

La barranquillera es apasionada a la academia. Hoy día es docente investigadora de la CUC. Orlando Amador Rosales

Su profesión

Daniella cuenta con 15 años de experiencia en la Psicología Clínica y trabaja en sus consultas particulares. A su vez sigue siendo docente investigadora de la Universidad de la Costa.

“He consolidado mi carrera y he formado a muchos psicólogos (...) Me encanta la academia porque a través de esta puedo brindar conocimientos acerca de la Psicología Clínica, que es mi pasión”.

Cree que todo lo que en su momento se trazó lo ha cumplido, así que en su presente está enfocada en sus otras metas que son: ser la voz de muchas madres con niños que presenten autismo y seguir en su campo de acción.

A su vez se visualiza lanzando su libro titulado Diario de una mamá TEA, que ya empezó a escribir y en el que compartirá su experiencia, incluyendo los avances, los retrocesos, los retos y las estrategias que han sido esenciales para conectar con sus hijos. A futuro se ve llegando a muchos hogares, impactando vidas y siguiendo con las capacitaciones y los talleres de crecimiento personal.

Asimismo, busca seguir creciendo profesionalmente y formando a más personas en el campo de la Psicología.

Es necesario que la sociedad vea el autismo no como un tema de inclusión, sino como un tema de convivencia
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