En video | Un pueblo fantasma - capítulo 5

Región Caribe

Habitantes de El Salado abandonaron el corregimiento después de la masacre. Sus calles deshabitadas se convirtieron en la evidencia de uno de los planes de exterminio más crueles contra civiles en el país.

Los alegres diálogos matutinos, la hermandad entre las familias y las costumbres rurales y desparpajadas de los habitantes se transformaron después de la masacre en desolación y silencio.

El Salado, el corregimiento de El Carmen de Bolívar de 7.000 habitantes que estaba por convertirse en cabecera municipal, quedó destruido tras la estela de horror que dejaron los paramilitares.

Cuatro días después de lo ocurrido, Neida del Carmen Narváez regresó al pueblo para saber qué pasó con los suyos y recoger algunas de las pertenencias que abandonó para proteger su vida.

El pueblo olía a muerte por los cadáveres que se descomponían en la plaza. Ya no había lágrimas, ni miedos, solo desesperanza y un dolor profundo entre los sobrevivientes.

 “Fue muy doloroso el regreso. Estaba embarazada y tenía demasiada angustia. Ya no tenía ganas de llorar o miedo, sino  mucha rabia por todo lo que había pasado”, manifiesta Neida, que desde el 2003 pertenece a la organización Mujeres Unidas de El Salado.

“Al llegar a la casa donde yo vivo la encuentro llena de personal del Ejército. Me sorprendió ver a esa cantidad de gente. La casa estaba abierta, la ropa, las pocas cosas que me quedaban estaban apiladas—dijo señalando un rincón de la casa—. Todo lo habían partido. Tenía un negocio de comidas y bebidas, tuve hasta empleados. Pero de eso no encontré nada. Todo estaba destrozado”, agregó.

“En El Salado pasó algo muy grave”

Nelcy Álvarez huyó del pueblo. Su instinto vaticinaba que algo terrible estaba a punto de suceder por la tensión violenta que se vivía en toda la zona de los Montes de María, sobre todo en los alrededores de El Salado.

«Después de la masacre, al día siguiente llegó una señora llamada Irene Niño que estuvo en El Salado y nos dijo que había pasado algo muy grande. Nos dijo que en El Salado mataron mucha gente, muchísima gente y que todavía no se sabía  cuántos eran los muertos. Se me cayó el cielo encima porque allá  estaba mi familia, mi mamá y mis hermanos. No sabía dónde estaban, no sabía qué había sido de mi gente,  de mi pueblo, de toda mi comunidad. La señora empezó a decirnos de unas cuantas personas que ella sabía que habían sido asesinadas y empecé a llorar, porque qué más puede hacer uno en medio de tanta desesperanza, llorar », recordó con la voz entrecortada.

Al regresar a El Salado la familia materna de Nelsy estaba completa; no obstante, en la de su esposo hubo diferentes víctimas y otros desaparecidos.

«Uno en esos momentos no tiene miedo. Al contrario, viene con coraje a saber qué pasa, quién de su familia falta. El dolor no puede describirse. Duele por todas partes ver tanta gente muerta. Cuando regresé el miércoles había un olor terrible por la descomposición de los muertos. No tuve valor para verlos, no tuve valor para ir  a la cancha, ni para ver a los que estaban en el colegio de bachillerato. No tuve valor ».

El Salado pasó de ser uno de los pueblos más prósperos de los Montes de María a convertirse en un corregimiento deshabitado y sumido en la miseria.

Sus calles solitarias, silenciosas y nostálgicas no parecen ser — aún en la actualidad— las mismas en las que jugaban fútbol niños descalzos, ni en las que sonaban, en tiempos festivos, porros y fandangos, o en las que se divertían los adultos con las algarabías que se formaban entre vecinos. 

Esas mismas calles contaban una nueva historia, la de un suelo teñido de sangre que pasó de la fertilidad a la más demoledora aridez.

“Cuando regresé el miércoles había un olor terrible por la descomposición de los muertos. No tuve valor para verlos, no tuve valor para ir  a la cancha”

Luis Felipe De la Hoz

En el pueblo no quedó nadie. Se convirtió en un lugar fantasma del que huyeron sus habitantes para salvar sus vidas de la violencia. En las casas de las personas desplazadas empezó a crecer monte y las viviendas abandonadas se convirtieron en el nuevo hogar de animales de plaga y alimañas. 

Después de la masacre dejaron de escucharse en El Salado, las voces, las risas y los cantos de quienes poblaban la tierra. Los susurros casi inaudibles se convirtieron en la forma de comunicación de los valientes que poco a poco se atrevieron a volver al pueblo.

“Cuando regresé a El Salado habíamos solamente 20 personas, entre ellas  cinco mujeres que vinieron cocinar. Cuando masacraron al pueblo yo estaba aquí, viví todo y fui de los primeros en volver”, señaló  Víctor Paternina, uno de los sobrevivientes.

Miguel Torres Ortega,  dice que al volver encontró que las casas habían desaparecido cubiertas por maleza.

“Aquí no quedó nadie. Esto quedó todo solo después de la masacre. Yo me fui a El Carmen, tenía familia allá. Y regresé en el 2002. Había mucho temor todavía. Encontramos el pueblo perdido, esto era montaña. No se veía nada”.

Nelsy Álvarez recuerda haber sorteado la muerte al salir de El Salado para proteger a sus hijos. Para esta mujer de tez morena, cabello encanecido por el paso de los años y profundos surcos que se marcan alrededor de sus labios cuando sonríe, estar viva es un verdadero milagro que «agradece todos los días».

Hoy, 20 años después de la tragedia recuerda el drama que vivió escondida en el monte con sus hijos ante el rumor de que los paramilitares venían matando a todo el que se encontraban por las trochas.

“Mi mamá y hermanos padecieron mucho por otras veredas, pero sobrevivieron. Mi hermano vino a echarle comida a unos puercos que tenía, lo persiguieron y le dispararon. Se salvó de milagro. Desde 1997, nosotros los salaeros no tenemos vida propia, ni felicidad. Se llevaron todo”, añadió Nelsy.

“El Salado fue próspero antes de esto. Yo cuando tenía 20 años, este pueblo era productivo, tenía ganado, yuca, trabajaban la agricultura, vivían de sus animales y sus cultivos y las empresas tabacaleras compraban tabaco y sobrevivían con sus cultivos. No había luz, ni celulares, pero sí una vida tranquila. Cuando vino la violencia eso no se vivió más”, dijo Élida Cabrera, con una expresión fugaz de melancolía.

Tras uno de los episodios de aniquilación y exterminio más despiadados de la historia del país, la herida de la violencia en El Salado no cicatriza por completo.

En la actualidad, en el Salado la gente «se encierra» a las 5:00 de la tarde. A esa hora solo se escucha el canto de las cigarras, el ulular del viento y el ladrido de uno que otro perro. No hay murmullos, no hay personas caminando en la calle, ni sonidos de vehículos. 

Sus pobladores, los sobrevivientes de aquella cruenta matanza, llevan en su rostro la huella de lo trágico, la nostalgia de un pasado lacerante y el desconsuelo de un territorio al que le robaron el alma. 

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