En video | La masacre - capítulo 4

Región Caribe

El 18 de febrero del año 2000, un ‘vendaval’ de plomo azotó El Salado. En la cancha de microfútbol, sortearon la muerte de los salaeros. Utilizaron puñal y mona para romper el tejido social del pueblo. Se encontraron degollados, hubo violaciones y mucha sangre.

Debajo de su cama, Elida Cabrera estaba pensando en las posibles ofertas que podía hacer para salvarle la vida a su hijo. Mientras escuchaba los gritos de Bernarda y su esposo, sus vecinos, ella le proponía a su pareja dar la cabeza de ambos por la vida del menor de 16 años que arropaba con sus brazos. — Persígnese en el nombre de Dios y salga arrastrada que nos vamos a volar —así  recuerda Elida que le dijo su esposo antes de emprender la segunda huida. Los paramilitares revisaron casa por casa, tumbaron las puertas, hubo viviendas que incineraron y sacaron a la fuerza a la gente para llevarla a la plaza pública de El Salado.

“El helicóptero mató al señor Libardo Trejos. Yo escuché a Bernarda, que era la esposa, dando gritos y después me dijeron es que a Libardo lo mataron”, relató Elida, quien dijo que fue su hijo el que le dio el valor de tomar la decisión de marcharse.

— Mami, ya empujaron la casa de al lado y ahora vienen para acá, no nos vamos a dejar matar.

Ahí, justo en la plaza que congregaba al pueblo para celebrar sus fiestas patronales, corrida de toros y  el movimiento del fandango, rifaron la muerte como si se tratase de un sorteo.

Victor Paternina estuvo en la plaza. Le mataron a su esposa a puñal y garrotazo.

— Un man señaló y dijo: “Esos son los señores, son los papás de la guerrilla”. Ahí estaban los Tapia y los Medina, y ahí cayó mi esposa — relató Victor con un rostro más parecido a la rabia que a la tristeza—.  No dejaron ni uno vivo, de los que el man señaló.

— Ahí empezaron a contar y al que le tocaba el 10, por ejemplo, a ese lo mataban. Eso fue a dedo, los iban señalando — explicó Luis Eduardo Torres, recreando la escena que le contaron, porque el huyó antes, desde el cementerio de El Salado.

— Había un man que les daba garrotazo: “pá, pá” — describió Victor desde una silla de cemento que le da la espalda a la cancha, sonando con su voz y sus manos el golpe que recuerda—. Los tumbaban y comenzaban a darle chuzo ahí, porque tiro casi no usaban.

Después de 20 años, todavía no se explica cómo está vivo.

— Nos iban a matar a todos, porque ahí estaba el coronel Quiñoñes y a él lo conocíamos todos aquí.

— ¿Tú estás seguro? — le replicó un señor que estaba con él, uno de los salaeros que se desplazó antes de la masacre.

— Claro, como a las manos mías lo conozco. Yo estaba ahí —aseguró Victor—. Es que yo no sé por qué dejaron a gente viva, si todos los conocíamos. Eso se lo he dicho hasta a la Fiscalía, pero ningún salaero se atreve a decirlo.

Según testimonios de Salvatore Mancuso, el vicealmirante de la Marina Rodrigo Quiñones fue uno de los implicados.

 “El día que ocurrió la masacre vinieron 4 que estaban ahí en el billar de mi casa. Vino el perra flaca, el Zúñiga, el Paternina y el Vizcaíno. Ellos andaban con Quiñones, después se fueron para el cerro  como a las 5 de la mañana y, por la tarde, se presentaron y dijeron que ya venía la seguridad. Le dijeron a los paramilitares y ellos se fueron”, relató Victor.

Este señor al que le mataron a su esposa, el día de la masacre, se quedó en silencio.  Los paramilitares preguntaban quién era familiar de los que sus dedos apuntaban para la muerte.  Pero Victor se quedó callado, no dijo que esa mujer que estaban maltratado era su esposa, por temor a la muerte.

“Todavía, después de que pasó todo, Quiñoñes decía: ‘Yo pasé a tal hora por  el lado de los montes’.  Embustero”, dijo Victor con una sonrisa incrédula y de rabia. Se levantó enseguida de la silla donde estaba.

Victor contó su historia con rabia por la falta de justicia, que dice que hubo. Se cuestionó varias veces por qué no vinieron antes a controlar a la guerrilla. —Vinieron fue a matar al pueblo primero. Vinieron unos paramilitares, pero también estuvo la Fuerza Pública —siguió reclamando con la misma rabia y tristeza—. Jamás pensé que la guerra era así, que era  para todo el mundo.

“Nos iban a matar a todos, porque ahí estaba el coronel Quiñoñes y a él lo conocíamos todos aquí”

Un horror festivo

El horror del asesinato se convirtió en un espectáculo festivo para los paramilitares. No solo se rifaban las muertes, también las celebraban.

— Fíjese cómo buscaron identificar sitios donde  a la gente le gustaba estar para dejar esa huella —detalló Neida Narváez— . En la plaza pública de El Salado era donde bailábamos el fandango y todas nuestras fiestas.

Los paramilitares sacaron de la Casa de la Cultura, las gaitas, acordeones y demás instrumentos. El ritual estaba maquinado.  La misma música de los salaeros sonaba cuando la sangre caliente de los señalados le caía encima al resto de gente que estaba en la cancha.

La agonía

Mientras Elida huía con su hijo de 16 años y su esposo, sus otros dos hijos estaban en la plaza pública. Vieron cómo asesinaron a su tía.

 “Mi hermana venía de traer una yuca cuando la agarra el vendaval de plomo. Eso fue como en las películas: ‘pri, bom, bom, pra, pra’”, detalló Elida.

Los hijos de Elida se salvaron, porque los paramilitares no mataron niños.

Sólo una niña murió.

“Lo que más duele son los muertos. A mí me mataron dos primas hermanas, una niña de 7 años, ella murió ahí. Y otra que tenía 25, la empalaron. La niña murió de sed, murió ahogada”, narró Luis Alberto Torres, sentado sobre una tumba.

Su compañero Luis Eduardo Torres, tratando de achicar su cuerpo, imaginándose la escena, contó: “Ellas estaban escondidas, porque veían a los paramilitares pasar y ellas ahí quietecitas, nada más respirando. Demoraron varios días ahí escondidas, ella estaba con dos señoras”.

La niña murió porque no fue capaz de tomarse su propio orín para no deshidratarse, como sí lo hicieron las otras dos señoras.

Cuando la gente recogió a sus muertos, encontraron degollados y apuñalados.

—La mayoría lo hicieron a fuerza de palo, de mona,  de esas de partir concreto —contó Neida Narvaéz, empuñando una de sus manos y dándole golpes a la otra, que así mataron a un familiar de su esposo.

A otro familiar lo encontraron degollado en una de las veredas cercanas, los días siguientes a la masacre del 18.

—A ese muchacho lo degollaron y apenas le quedó la cabeza pegada un pedacito aquí.  —Neida se tocó con el dedo índice el lado derecho del cuello que se encuentra con la clavícula—. Le quedó aquí pegadita.

El horror de esta masacre, además, bañó con semen a muchas mujeres y, a algunas de ellas, la violencia les engendró vida en sus cuerpos.

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