El Heraldo
Región Caribe

‘Terapia Bullerenguera’: el desahogo de afectados por la violencia

En San José del Playón un grupo artístico busca sanar las heridas del conflicto armado, los traumas de los abusos sexuales y el dolor de cientos de actos desagradables a través del canto y el baile.

En el diminuto San José del Playón, un corregimiento de Marialabaja, en pleno corazón de los Montes de María, las mujeres y hombres que han sido víctimas del conflicto armado sanan y perdonan al son de los tambores y rodeados de mándalas, cultivos de yuca, ñame y algodón.

De este pueblo de los Montes de María, entre 1980 y los años 2000, fueron desplazadas decenas de familias a causa de la guerra y murieron cerca de 60 personas por parte de diferentes grupos armados que se peleaban por el control de la zona, codiciada para las rutas de tráfico de estupefacientes. Hoy intenta salir adelante y dejar atrás los horrorosos recuerdos del ayer con música arte y cultura

“El desplazamiento nos dejó completamente rotos. La mayoría de la gente se fue del pueblo y esto quedó prácticamente solo. Ahora hay tres comunidades de otras tierras con costumbres diferentes y ha sido un poco difícil. Ellos bajaron cuando el pueblo estaba solo y toca lidiar con eso”, manifestó Gladys Martínez del Toro, una mujer que hace parte del proyecto.

En San José del Playón los ‘males’ tienen solución: terapia bullerenguera, una ‘inyección’ ancestral para la sanación psico-emocional, espiritual y cierre estratégico en los talleres de autocuidado y apoyo psicosocial que desde hace varios años viene impartiendo la Liga Internacional de Mujeres por La Paz y La Libertad.

Ahí, en esas jornadas de reconocimiento, reconciliación y perdón, un montón de prietas vestidas con trajes típicos del bullerengue, con sonrisas grandes y brillantes, le hacen el quite a la violencia y su agrio recuerdo con versos llorones, gritos heridos y el uso de diferentes instrumentos musicales. Todo un calmante para los campesinos lastimados.

“Yo que tenía mi parcela, no la puedo trabajar. Fue por culpa de la guerra que me tuve que desplazar. Ahora yo vivo en el pueblo, por Dios que no tengo na’. No tengo na’, no tengo na’, sino ganas de llorar”, canta un campesino durante las jornadas.

El lamento y la tristeza solo queda en la música o, al menos, eso dicen las mujeres que hacen parte de ‘Terapia bullerenguera’, que se consolidó en 2019.

A pesar del dolor, estas mujeres no han ocultado lo cruel de su pasado.

En medio de lágrimas, cuentan sobre los hechos de  violencia física, sexual, económica y psicológica que les tocó lidiar en el marco del conflicto armado interno. Vivencias que han marcado sus vidas, que duelen y trauman. Pero que han empezado a sanar.

Sus relatos son parecidos

Muchas veces, obligadas por desconsiderados líderes de grupos criminales, fueron obligadas a una de las peores degradaciones de la condición humana: ser violadas por algún paramilitar en los montes bolivarenses. También tuvieron que huir despavoridas por las amenazas en contra de algún familiar o por el incesante aguacero de balas durante aquellos años.

En esa época no podían emitir mayor sonido de sus desgracias. Pero hoy, en pleno 2021, el silencio se rompió. Y no hubo mejor forma que hacerlo golpea’o y a través del bullerengue, un cóctel de música y danza. De pollerones y gritos. De movimientos sabrosos y actos para curar el corazón.

“Esto es una bulla que cuenta todo lo que sucede a nuestro alrededor de una manera más sutil. Yo me reúno con las chicas, hablamos sobre temas de mujeres, sobre la sexualidad de nosotros y esos temas me apasionan. Soy una feminista activa que le gusta trabajar con la comunidad. Soy una mujer capaz de sobrepasar los malos ratos que me han tocado en la vida. A pesar de esto, tengo fuerza para seguir trabajando y empoderar a muchas más mujeres”, contó Yurelkis Arrieta Gómez.

La terapia bullerenguera no solo ha servido para mujeres o hombres afectados por el conflicto armado, sino que ha generado un interés mayúsculo en las otras personas a dignificar sus vidas y denunciar y reconocer cualquier mala situación por la que han pasado.

Mujeres y hombres víctimas del conflicto armado.

De manera general también se benefician hombres, niñas, niños y jóvenes de la comunidad, que han sido impactados por hechos de violencia.

“Para mí ha funcionado. Quizás había cosas que no había contado con respecto a mi vida o de cómo me sentía y todo lo que me había pasado cuando había sufrido la violencia sexual. Supuestamente yo pensé que había superado, pero no fue así. Había cosas dentro mío y decidí sacarlas a través de la música. Contar lo que a otras mujeres les ha pasado a través del canto es una forma de sanación. Por eso le pusimos la voz de las que callan. Para nosotros eso es terapia bullerenguera. Con esto las demás se dan cuenta que no son las únicas que pasan por esto. Con esto expresamos lo que sentimos”, manifestó una de las mujeres.

Según el Centro de Memoria Histórica, decenas de masacres, miles de personas desaparecidas y desplazadas, pueblos arrasados, entre otros factores, hicieron de los Montes de María uno de los puntos de la geografía nacional con mayor impacto en el marco del conflicto armado.

Muchos de ellos son campesinos olvidados y tristes, pero que hoy encuentran a través de la música y el arte una opción mejor para darle una pizca de alegría a sus vidas y las de sus familias.

Una terapia que aporta a la verdad

Los aportes del grupo a través de la música se pueden identificar desde la lucha contra la discriminación racial, la intolerancia y factores de exclusión y marginalidad, en donde el cuerpo de las mujeres negras es visto y tratado a partir de estereotipos como objetos de placer y presas fáciles para los hombres, creencias que por mucho tiempo naturalizó la violencia en esta zona del país.

Por medio de la terapia, el grupo reclama por el respeto al cuerpo de la mujer, contribuyendo así en la transformación de ese imaginario de cuerpo sexuado, a través de reflexiones que favorezcan en la autonomía, el autorreconocimiento, el liderazgo, la organización de sus comunidades, y el fortalecimiento del rol de las mujeres afrodescendientes y étnicas en la construcción de paz.

Otro de los aportes a la verdad es la sintonía con las voces de las mujeres que se acompaña a denunciar, y la consolidación del tejido social comunitario, lo cual contribuye a la lucha por la eliminación de todo tipo de violencia, la sororidad y el apoyo mutuo entre las mujeres.

El grupo durante uno de los ensayos que realiza.
Alianzas y trabajos conjuntos

Por otro lado, el proyecto ha servido para “fortalecer los procesos propios, con la intención de acompañar a más mujeres a transformar el dolor y el miedo en resistencias vivas, y potencias colectivas, que se activen y se materialicen en apuestas feministas, pacifistas y antimilitaristas, que reconocen el poder de la colectividad, y al mismo tiempo se transformen en canciones”, según explicaron desde Limpal.

“Los procesos ocurren desde la incidencia en la participación de las mujeres, y la formación en conocimientos teóricos y legales sobre la paz y los feminismos, que logran integrar categorías pensadas para la exigibilidad y construcción de una sociedad más inclusiva, participativa, igualitaria y democrática”, agregó la entidad.

“Con esto rompemos el hielo. Dejamos de pensar con cosa que a veces nos torturan”, concluyó una de las participantes.

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