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Por: Óscar Montes

La Ley del Montes | ¿Y cómo es él?

Iván Duque salió menos uribista de lo que pensaban los uribistas y más uribista de lo que creían los antiuribistas. ¿Quién tiene la razón?

Como pocas veces ha ocurrido en la historia del país,Iván Duque ha tenido que rendir cuentas de su gestión como Presidente desde el mismo día de su posesión. El famoso período de gracia, o “luna de miel” de los primeros 100 días para evaluar a los gobernantes, creado en Estados Unidos durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt, costumbre que se generalizó en todo el mundo, no se aplicó en el caso del nuevo mandatario, quien está bajo la lupa de todo un país que sigue con expectativa su desempeño. A Duque lo estamos evaluando con apenas un mes en la Casa de Nariño.

Las razones para generar tanto interés tienen que ver con el país y con el propio Presidente. La crisis nacional no da espera y quien asuma la jefatura del Estado sabe muy bien que no tendrá un solo minuto de pausa.

En materia económica, por ejemplo, los números indican que la situación es mucho más grave de lo que se crecía. “No es que la olla esté raspada, es que casi que no encontramos olla”, me dijo con desparpajo y sinceridad un alto consejero presidencial, cuando le pregunté por la situación. Los programas sociales del próximo año están todos desfinanciados y ello obliga al gobierno a hacer ajustes muy drásticos tanto en materia de inversión, como en funcionamiento. El Gobierno está obligado a recortar gastos de forma drástica en todos los frentes, incluyendo aquellos que son considerados estratégicos.

En este primer mes de Duque en la Casa de Nariño, las relaciones con la oposición, que terminan generando un gran desgaste político a todo gobernante, se han mantenido dentro de la cordialidad y el respeto, lo que le ha generado al Presidente una que otra reprimenda por parte de sectores “uribistas purasangre”, a quienes les gustaría verlo liado a golpes con Gustavo Petro, Claudia López y compañía. Por cuenta de ello, ya hay quienes comienzan a decir, dentro del uribismo, que el nuevo presidente resultó más santista que uribista.

Pero, al menos en lo que tiene que ver con la consulta anticorrupción, los hechos demostraron que Duque jugó la carta correcta, puesto que al respaldar la iniciativa -en contra de la voluntad de Uribe y del Centro Democrático- se puso del lado de millones de colombianos que padecen las consecuencias del peor flagelo que azota al país, como es la corrupción. Los 11.6 millones de votos que obtuvo la consulta, terminaron por darle la razón a Duque.

Pero su desmarcación de Uribe también sirvió para enviar un mensaje de independencia que tuvo buen recibo entre sus contradictores, quienes se encargaron de fomentar durante la campaña presidencial la figura de Duque como “títere de Uribe”.

Distanciarse de Uribe no es fácil. Hacerlo significa tener que pagar un costo muy alto, como le ocurrió a Juan Manuel Santos, quien llegó a la Presidencia como el más uribista de los uribistas y salió ocho años después graduado de traidor y como el más antiuribista de todos.

Duque no solo siente una gran admiración por Uribe, que lo acogió y protegió desde sus inicios en la política, sino que carece del cinismo y la frialdad de Santos. Su lealtad no está en duda. Pero algo más: a diferencia de Santos, que tenía armas para declararle la guerra a Uribe, entre ellas el respaldo de todo el “establecimiento bogotano”, representado, entre otros, por medios como El Tiempo y Semana, Duque carece de ese importante músculo y eso lo vuelve mucho más vulnerable.

En este primer mes de mandato, sus relaciones con el Congreso -donde se definirá la suerte de todos sus programas y proyectos en estos cuatro años de gobierno- resultaron más complicadas de lo presupuestado.

Aunque hay diversas razones para explicar esa falta de química entre el Ejecutivo y el Legislativo -que tiene comprometidas, inclusive, las mayorías del Gobierno en el Congreso- es evidente que la decisión de Duque de no repartir mermelada entre los congresistas tuvo mucho que ver. Plantear este nuevo escenario, ajeno por completo a las prácticas tradicionales entre ambos poderes, podría comprometer la propia gobernabilidad del Presidente, quien queda sujeto a la precariedad de los acuerdos coyunturales que logren las bancadas gobiernistas.

En estos momentos el Gobierno cuenta con el Centro Democrático, el Partido Conservador y el partido de la U, que se declararon gobiernistas. La sumatoria de todos sus votos, le garantiza al Gobierno una mayoría muy frágil que en cualquier momento se puede ir a pique, comprometiendo así la suerte de muchas iniciativas. En las comisiones políticas y económicas, el Gobierno también muestra una gran precariedad. Y ello lo vuelve vulnerable a la hora de tramitar los proyectos, pues las bancadas independientes, como Cambio Radical y el Partido Liberal, podrían llegar a cotizar sus votos a precios astronómicos. Una eventual unión de estos con los opositores, por ejemplo, podría comprometer la suerte de iniciativas fundamentales para el Gobierno. ¿Cómo le fue a Duque en su primer mes de Gobierno? ¿Cómo le fue a la Región Caribe con dos de sus grandes apuestas estratégicas: App del Río Magdalena y Electricaribe? ¿Qué tan raspada está la olla?