La Ley del Montes | ¿Y cómo es él?

Iván Duque salió menos uribista de lo que pensaban los uribistas y más uribista de lo que creían los antiuribistas. ¿Quién tiene la razón?

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Iván Duque salió menos uribista de lo que pensaban los uribistas y más uribista de lo que creían los antiuribistas. ¿Quién tiene la razón?

Como pocas veces ha ocurrido en la historia del país,Iván Duque ha tenido que rendir cuentas de su gestión como Presidente desde el mismo día de su posesión. El famoso período de gracia, o “luna de miel” de los primeros 100 días para evaluar a los gobernantes, creado en Estados Unidos durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt, costumbre que se generalizó en todo el mundo, no se aplicó en el caso del nuevo mandatario, quien está bajo la lupa de todo un país que sigue con expectativa su desempeño. A Duque lo estamos evaluando con apenas un mes en la Casa de Nariño.

Las razones para generar tanto interés tienen que ver con el país y con el propio Presidente. La crisis nacional no da espera y quien asuma la jefatura del Estado sabe muy bien que no tendrá un solo minuto de pausa.

En materia económica, por ejemplo, los números indican que la situación es mucho más grave de lo que se crecía. “No es que la olla esté raspada, es que casi que no encontramos olla”, me dijo con desparpajo y sinceridad un alto consejero presidencial, cuando le pregunté por la situación. Los programas sociales del próximo año están todos desfinanciados y ello obliga al gobierno a hacer ajustes muy drásticos tanto en materia de inversión, como en funcionamiento. El Gobierno está obligado a recortar gastos de forma drástica en todos los frentes, incluyendo aquellos que son considerados estratégicos.

En este primer mes de Duque en la Casa de Nariño, las relaciones con la oposición, que terminan generando un gran desgaste político a todo gobernante, se han mantenido dentro de la cordialidad y el respeto, lo que le ha generado al Presidente una que otra reprimenda por parte de sectores “uribistas purasangre”, a quienes les gustaría verlo liado a golpes con Gustavo Petro, Claudia López y compañía. Por cuenta de ello, ya hay quienes comienzan a decir, dentro del uribismo, que el nuevo presidente resultó más santista que uribista.

Pero, al menos en lo que tiene que ver con la consulta anticorrupción, los hechos demostraron que Duque jugó la carta correcta, puesto que al respaldar la iniciativa -en contra de la voluntad de Uribe y del Centro Democrático- se puso del lado de millones de colombianos que padecen las consecuencias del peor flagelo que azota al país, como es la corrupción. Los 11.6 millones de votos que obtuvo la consulta, terminaron por darle la razón a Duque.

Pero su desmarcación de Uribe también sirvió para enviar un mensaje de independencia que tuvo buen recibo entre sus contradictores, quienes se encargaron de fomentar durante la campaña presidencial la figura de Duque como “títere de Uribe”.

Distanciarse de Uribe no es fácil. Hacerlo significa tener que pagar un costo muy alto, como le ocurrió a Juan Manuel Santos, quien llegó a la Presidencia como el más uribista de los uribistas y salió ocho años después graduado de traidor y como el más antiuribista de todos.

Duque no solo siente una gran admiración por Uribe, que lo acogió y protegió desde sus inicios en la política, sino que carece del cinismo y la frialdad de Santos. Su lealtad no está en duda. Pero algo más: a diferencia de Santos, que tenía armas para declararle la guerra a Uribe, entre ellas el respaldo de todo el “establecimiento bogotano”, representado, entre otros, por medios como El Tiempo y Semana, Duque carece de ese importante músculo y eso lo vuelve mucho más vulnerable.

En este primer mes de mandato, sus relaciones con el Congreso -donde se definirá la suerte de todos sus programas y proyectos en estos cuatro años de gobierno- resultaron más complicadas de lo presupuestado.

Aunque hay diversas razones para explicar esa falta de química entre el Ejecutivo y el Legislativo -que tiene comprometidas, inclusive, las mayorías del Gobierno en el Congreso- es evidente que la decisión de Duque de no repartir mermelada entre los congresistas tuvo mucho que ver. Plantear este nuevo escenario, ajeno por completo a las prácticas tradicionales entre ambos poderes, podría comprometer la propia gobernabilidad del Presidente, quien queda sujeto a la precariedad de los acuerdos coyunturales que logren las bancadas gobiernistas.

En estos momentos el Gobierno cuenta con el Centro Democrático, el Partido Conservador y el partido de la U, que se declararon gobiernistas. La sumatoria de todos sus votos, le garantiza al Gobierno una mayoría muy frágil que en cualquier momento se puede ir a pique, comprometiendo así la suerte de muchas iniciativas. En las comisiones políticas y económicas, el Gobierno también muestra una gran precariedad. Y ello lo vuelve vulnerable a la hora de tramitar los proyectos, pues las bancadas independientes, como Cambio Radical y el Partido Liberal, podrían llegar a cotizar sus votos a precios astronómicos. Una eventual unión de estos con los opositores, por ejemplo, podría comprometer la suerte de iniciativas fundamentales para el Gobierno. ¿Cómo le fue a Duque en su primer mes de Gobierno? ¿Cómo le fue a la Región Caribe con dos de sus grandes apuestas estratégicas: App del Río Magdalena y Electricaribe? ¿Qué tan raspada está la olla?

App del Río: ¡No más Navelenas...!

Después de la promesa incumplida de Juan Manuel Santos de recuperar la navegabilidad del del Río Magdalena, el gobierno de Iván Duque, con la ministra de Transporte, Ángela María Orozco, a la cabeza, está trabajando a ritmo intenso la solución a la delicada situación que se presenta, con una sola premisa: no repetir la triste, frustrante y fallida historia de Navelena, que significó perder mucho tiempo y dinero.

En estos momentos el Gobierno está revisando la viabilidad de la App que ya estaba estructurada. Es decir, la Ministra Orozco y su equipo quieren “blindar” la nueva App para que cumpla con las condiciones que se requieren para hacerla viable desde todo punto de vista. La ministra Orozco -quien mañana hará importantes anuncios sobre este asunto en Barranquilla- es muy clara y contundente al respecto: “No podemos asumir un proyecto de 2.3 billones de pesos sin el cumplimiento de las condiciones técnicas, financieras y jurídicas”. Se trata, sin duda, de una postura responsable y realista, que en ningún momento compromete o limita el desarrollo económico de Barranquilla y de la Región Caribe.

En otras palabras, de lo que se trata es de mejorar las condiciones actuales de la App del Río Magdalena con el apoyo de la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI). En momentos en que la navegabilidad del Río Magdalena y el acceso al puerto de Barranquilla -que quedó atado a la suerte de la primera- atraviesan una situación crítica, se esperan soluciones efectivas y oportunas del nuevo gobierno. Dado que este es otro “chicharrón” que heredó Duque de Santos, al igual que la crisis de Electricaribe, el deseo de la Región Caribe es que en esta oportunidad la App del Río Magdalena salga de la mejor manera. Para ello se requiere minimizar al máximo los riesgos con el fin de no repetir la experiencia amarga de Navelena. En esa tarea está la ministra Orozco.

¿Cuál olla raspada?

¿Cómo hace Iván Duque para no mirar por el espejo retrovisor si encuentra que tiene embolatados 25.6 billones de pesos, que no tienen partidas identificadas en el proyecto de presupuesto radicado por su antecesor, Juan Manuel Santos? Es decir, hay una especie de “hueco negro” del tamaño del universo, que se traga hasta el mínimo peso y que hace imposible destinar recursos para financiar cualquier iniciativa del nuevo gobierno. 

Ese fue el panorama con que se encontró Duque, una vez llegó a la Casa de Nariño. Es decir, aquí el asunto no es de olla raspada, sino de falta de olla. Estas cifras fueron las que pusieron nervioso al ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, quien -cuando conoció la magnitud de la tragedia- empezó a disparar “fuego amigo” al propio Presidente, quien había prometido mejorar salarios y bajar impuestos. 

En este primer mes de Gobierno, Duque ha tenido que poner la casa en orden, pues los números no cuadran. Así las cosas, Duque debería considerar seriamente la posibilidad de interrumpir las merecidas vacaciones de Santos y su familia para comentarle que el asunto en Colombia es mucho peor de lo que él le dijo. 

Aunque no servirá de mucho, por lo menos quedará de constancia histórica cuando los colombianos empiecen a apretarle las tuercas por cuenta de los “chicharrones” de Santos.

¿Cuál es el talante de Duque?

La escogencia del cuerpo diplomático es un asunto complicado para un Presidente, en especial en un país como Colombia donde se designa a dichos funcionarios por “servicios prestados” y no para “prestar servicios”, como diría el ex presidente Alfonso López Michelsen. 

La solución a esta situación es contar con una verdadera carrera diplomática, que permita la designación por méritos y no por palancas o por lealtades políticas. Por cuenta de ello, la designación de un embajador termina generándole al Presidente un enorme desgaste. 

Acaba de ocurrir con el nombramiento de Alejandro Ordóñez ante la OEA, quien fue objeto de todo tipo de señalamientos por parte de sus enemigos políticos, quienes terminaron pasándole la cuenta de cobro al nuevo Presidente. 

Duque se caracteriza por tener un talante conservador y conciliador. Conservador como Uribe y conciliador como Santos. Por eso cuando los uribistas lo señalan de santista y los santistas de uribista ambos tienen razón. Punto. Su defensa de los valores familiares y la decisión de “combatir a los jíbaros” al ordenarle a la Policía que decomise cualquier cantidad de droga que use o consuma una persona, es vista como “cavernaria” por parte de sectores progresistas. Pero a la vez, prefiere sentarse con voceros de la oposición en la búsqueda de acuerdos que permitan sacar adelante sus propuestas. 

A diferencia de Uribe, que prefiere un “un buen pleito a un mal arreglo”, a Duque no le gustan los pleitos, ni buenos ni malos.

Diálogos con el ELN, ¿qué hacer?

Cuando Iván Duque era candidato presidencial no dudó en afirmar que rompería con el ELN, si ese grupo guerrillero no daba señales concretas de querer la paz. Empezó su gobierno y los diálogos entraron en una especie de limbo del que no han salido, lo que genera todo tipo de incertidumbres, pues se requiere saber cuál será el futuro de los diálogos. El Presidente ha dicho que se requiere la liberación de los secuestrados que están en poder del ELN, hecho que podría ocurrir en las próximas horas.

Pero más allá de la liberación se requiere una línea de ruta concreta, con tiempos establecidos y con reglas claras. Pero -sobre todo- se requiere la voluntad íntima del ELN de que la única salida es la negociación. Romper los diálogos -como proponen sectores extremos del uribismo- implica romper con un “clima de entendimiento” en el que ha avanzado y ello tendría un costo político para un gobierno, que tampoco tiene muy claro hacia dónde quiere llevar los acuerdos de La Habana con las Farc.

La suerte de la JEP, por ejemplo, oscila entre la “línea dura” del fiscal Néstor Humberto Martínez, y la “línea blanda” del senador Iván Cepeda. Es posible que Duque opte por una línea “semidura” o “semiblanda”, con lo cual ambas partes quedarían insatisfechas.

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