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La ley del Montes | Sin visa USA

La cancelación de las visas a tres magistrados de las cortes Constitucional y Suprema es una represión inaceptable y una injerencia indebida en los asuntos internos de Colombia. 

 

La cancelación de las visas a tres magistrados de las cortes Constitucional y Suprema es una represión inaceptable y una injerencia indebida en los asuntos internos de Colombia. 

 

La cancelación de las visas a varios magistrados de las altas cortes por parte del gobierno de Estados Unidos tuvo el efecto de un tsunami. Y no es para menos. Que un gobierno extranjero se meta tan de frente en decisiones judiciales del país es algo sin antecedentes. Por esa razón la cancelación de los visados de ingreso como turistas a los Estados Unidos de dos magistrados de la Corte Constitucional y del presidente de la Sala Penal de la Corte Suprema cayó como un mazazo en Colombia. Se trata de Antonio José Lizarazo y Diana Fajardo, de la Constitucional, y de Eyder Patiño, presidente de la Sala Penal de la Suprema.

La comunicación de Estados Unidos es, como se estila en estos casos, escueta y lacónica. No da razones y mucho menos explicaciones. Pero todo el mundo sabe cuáles son. Se trata simple y llanamente de la concreción pública, mediante un acto administrativo autónomo y soberano del Departamento de Estado de los Estados Unidos, de las consecuencias que advirtieron que habría si las autoridades colombianas adoptan decisiones que ellos estiman contrarias a sus intereses. Es decir, esta decisión estaba cantada.

Pero el hecho de que la decisión de los Estados Unidos sea autónoma no significa que no sea ofensiva para Colombia. De qué otra manera puede interpretarse el hecho de que nuestro mejor aliado deje constancia pública de que todos los principios que defiende dentro de su territorio le valen un comino cuando se trata de países satélites, como Colombia.

Para decirlo en plata blanca y de forma contundente: se trata de una represión inaceptable y de una injerencia indebida en asuntos internos colombianos. Y algo peor: es una descarada presión contra la autonomía e independencia de los jueces de la República. Es un asunto de Estado que el presidente Iván Duque debería entender en su real dimensión, algo que, al parecer, aún no ha ocurrido, puesto que sigue sin darse por aludido.

Pero el asunto de fondo de la cancelación de las visas es mucho más complejo. Tiene que ver con esa especie de obsesión tanto de América Latina como de Colombia por el documento expedido por ese país.

Es tanta la obsesión que hay películas (Visa USA) y canciones (Visa para un sueño) que nos relatan el drama de buscarla, la vergüenza de no obtenerla y la frustración de perderla. Los niños no se sienten grandes hasta que no han superado la ida a Disney y los grandes se vuelven niños cuando compran en “Aventura Mall”. Unos y otros después de ese periplo comienzan a hablar con ínfulas de superioridad de la “8 Calle”, o de Brickell Avenue, o la I-95. 

Por eso cuando pierden la visa, la vida se les vuelve una tragedia.

Y eso Estados Unidos lo sabe. Y por ello toda la vida –no ahora– ha usado la cancelación de la visa como un garrote. Pero muchos políticos colombianos arribistas -tanto de izquierda, derecha y centro- también lo saben. Por eso corren presurosos a la Embajada de Estados Unidos en Bogotá a llevarles chismes a sus funcionarios para que les quiten las visas a sus adversarios, o -¡claro!- para que no se las quiten a ellos.

Para vergüenza nacional ahí están los “wikileaks” que cuentan con nombres propios todo ese comportamiento obsecuente y servil, incluso por parte de quienes descalifican todos los días y de labios para afuera al “imperio”.

El manejo político y sancionador de la visa por parte de Estados Unidos no es de ahora ni solo contra Colombia. En el gobierno de Ernesto Samper -por cuenta del proceso 8.000- la lista de funcionarios que perdieron la visa se volvió interminable. El propio Samper no tiene. En Colombia hay generales tanto del Ejército como de la Policía sin visa. Hay ex fiscales, como el desaparecido Gustavo De Greiff, también sin visa, porque se atrevió a proponer la legalización de la droga como alternativa para combatir el narcotráfico. Gabriel García Márquez no la tuvo por mucho tiempo. Antonio Caballero no tiene. Y es así porque los gringos las dan y las quitan como les da su real gana. Ese es su derecho y lo ejercen, gústenos o no.

Pero no se trata solo de cancelarles las visas a los colombianos, como sostienen aquellos que argumentan una persecución contra el país. A la actual fiscal de la Corte Penal Internacional –Fatou Bom Bensouda– se la quitaron porque se atrevió a anunciar sanciones contra soldados estadounidenses que habrían cometido crímenes de guerra en Irak. Nelson Mandela murió sin tenerla.

De manera que lo que hay que entender es que Estados Unidos actúa como un imperio y los imperios no tienen amigos, sino intereses. Por esa razón, todo país o toda persona que afecte sus intereses, ellos se encargarán de hacérselo saber. Y la visa es la herramienta más fácil y expedita que tienen para enviar su mensaje, porque es una decisión autónoma, que no se puede discutir ni judicial ni administrativamente. Así son, así han sido y así seguirán siendo mientras sean imperio. Los otros que han sido imperios, como Roma, se comportaron igual o peor. Y los que serán imperios en el futuro, como China, seguramente harán lo mismo. 

¿Qué hay detrás de la cancelación de las visas a los magistrados colombianos?

Estados Unidos mete las narices porque Colombia se deja

 

Más que el comportamiento de las autoridades de Estados Unidos, lo que preocupa es el de las autoridades colombianas. Estados Unidos siempre ha metido sus narices en los asuntos internos de Colombia.

Desde la pérdida de Panamá hasta ahora -incluyendo a los embajadores Frechette y Whitaker- siempre hemos sido tratados como nuestra clase dirigente quiere que nos traten: como mandaderos del Tío Sam.

Punto. Esa premisa no ha tenido distinción de partidos ni de ideologías. Demócratas y republicanos quitan visa por igual. Es una política de Estado. En esta oportunidad el embajador Whitaker -al mejor estilo del “Virrey Frechette”- les hizo saber de frente y sin ruborizarse a congresistas, magistrados y funcionarios del Gobierno qué tipo de decisiones esperan de ellos. Se trata de una presión indebida y de una injerencia descarada que el Presidente de la República, como director de las Relaciones Internacionales, debería responder con contundencia. Hasta el propio Duque ha sido víctima del comportamiento imperial de Estados Unidos, como ocurrió con el regaño de Donald Trump, quien se atrevió a llamarlo buen muchacho pero inútil para los intereses de ese país. En el caso de los magistrados, no es un simple regaño: es una vulgar e inadmisible extorsión.

Las presiones extranjeras funcionan en Colombia

En Colombia no solo Estados Unidos mete sus narices: todas las potencias y los organismos internacionales lo hacen, como ocurre con la JEP, donde la ONU presiona de manera descarada para que nieguen las objeciones del presidente Duque. En tiempos de la parapolítica se recuerda las audiencias al ex presidente del Senado, Carlos García Orjuela, a las que asistía un delegado de Francia, dada la nacionalidad de la esposa del acusado. Dicho funcionario estuvo presente hasta el momento en que García Orjuela fue absuelto. El caso del atraco de un agente de la DEA en Bogotá fue esclarecido en tiempo récord, porque Estados Unidos le puso la lupa y exigió resultados, mientras que hay miles de expedientes de atracos a colombianos que siguen durmiendo en los juzgados. Está demostrado que las presiones extranjeras funcionan. Pero las de Estados Unidos funcionan más por la sencilla razón de la dependencia económica de algunas agencias nacionales, que se sostienen gracias a la ayuda gringa. La Policía Antinarcóticos depende de la plata de Estados Unidos, al igual que algunas divisiones del Ejército. Y aunque esa ayuda no es gratis, puesto que mucha de esa plata regresa a ese país vía contratistas, nuestros funcionarios sí viven pendientes de no contradecir sus instrucciones. De hecho, hay lugares donde quienes mandan son ellos, como las unidades antidrogas de la Fiscalía General, las antiguas Unaim. Esta relación de servilismo fue descrita por Stanley Kubrick: “En el concierto internacional los países poderosos se portan como mafiosos y los débiles como prostitutas”.

¿Qué tiene molesta a las autoridades gringas?

 

Para Estados Unidos negar las objeciones del Presidente Duque a la JEP -sobre todo la que tiene que ver con la extradición- y mantener la prohibición de la aspersión aérea con glifosato, favorece a los narcotraficantes y al narcotráfico. Ambas posiciones son controversiales y debatibles. De hecho, el jurista Yesid Reyes Alvarado, ex ministro de Justicia, sostiene todo lo contrario. Otros juristas piensan igual. Para ellos no hay el menor riesgo de que la extradición ordinaria se afecte con la redacción de la Ley Estatutaria de la JEP, como tampoco se afectaría la extradición especial de quienes se acojan a la JEP. La Corte Constitucional también lo dijo: las pruebas que puedan practicarse en ese trámite están limitadas al establecimiento de la fecha de los hechos. Lo de la aspersión aérea con glifosato también es debatible. ¿Un ejemplo? En Miami prohibieron la fumigación terrestre de los jardines de separadores y avenidas porque el residuo del herbicida que escurre en los canales hacia la bahía afecta de manera grave la fauna marina. Y en lo que tiene que ver con la impunidad, no hay impunidad mayor que la que acompaña los casos de violación de menores por parte de soldados y asesores estadounidenses sorprendidos en Melgar y en inmediaciones de la base militar de Tolemaida. Acá no han sido procesados porque tienen estatus de diplomáticos y allá tampoco, porque las víctimas son niñas colombianas que en ese país no cuentan como personas. Lo dicho: la impunidad es una palabra que -como sucede con otras- se traduce en un solo sentido.

¡Señores congresistas, dejen tanto servilismo con el Tío Sam!

El embajador de Estados Unidos en Colombia, Kevin Whitaker, invitó a un grupo de congresistas a un desayuno para conocer su pensamiento acerca de la JEP y de las objeciones del presidente Duque. Uno de ellos fue el representante a la Cámara John Jairo Cárdenas, quien –luego del desayuno– narró, aterrado, los términos en los que Whitaker les “echó línea” sobre cuál debería ser su comportamiento sobre ese espinoso tema. Tiempo después a Cárdenas le quitaron su visa sin ninguna explicación. Aunque el proceder de Estados Unidos es cuestionable, también lo es el de los congresistas que acuden solícitos y serviles ante el llamado del Tío Sam. ¿A qué van y qué esperan de esas reuniones? Van a llevar chismes y a dejarse ver, para no caer en desgracia con el gobierno de ese país. Pero en el caso de la JEP, ¿qué esperaban? ¿Que Whitaker les dijera que hundieran las objeciones de Duque? Ese comportamiento arrodillado y obsecuente es el que termina dándole alas al imperio. Por eso hace lo que hace.

 

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