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Política

La Ley del ‘Montes’ | Decálogo para tiempos de crisis

Entender que la Justicia no es venganza.

¿Cómo hacerle frente a la difícil situación que atraviesa el país? ¿Cómo vencer la intolerancia? ¿Qué hacer para derrotar la desigualdad social? ¿Cómo fomentar nuevos liderazgos? ¿Cómo construir propósitos comunes como nación?

Entender que la Justicia no es venganza:

En Colombia -quizás como consecuencia de décadas de violencia- hay un amplio e influyente sector que asume que Justicia es igual a venganza. Para este grupo de personas el único modelo de Justicia permitido es aquel que se aplica en la tristemente célebre “Ley del Talión”, que se soporta en el deleznable principio de “ojo por ojo y diente por diente”. Este grupo de personas considera que castigar es igual a vengar. Una Justicia Restaurativa o Reparadora, que centre su accionar en la suerte de las víctimas y no en la de los victimarios, como se impuso por tantos años en el mundo, no tiene cabida en las mentes de estas personas, porque carece del carácter vengativo. Pero también hay que decir que para que haya Justicia es necesario que no haya impunidad. Toda acción criminal debe estar acompañada de una pena o un castigo, no necesariamente retributivo. La impunidad -el delito sin castigo- fomenta el resentimiento de las víctimas y el cinismo de los victimarios. Y algo peor: perpetua la violencia. Punto.

Sin propósitos comunes no habrá unidad

La mejor manera de alcanzar la unidad es mediante el diseño y elaboración de propósitos comunes. Los colombianos no tenemos que pensar todos de la misma manera, pero si debemos encontrar puntos de encuentro que nos permitan superar la crisis actual entre todos. En esta Colombia ensangrentada nadie se salva solo. Durante muchos años mientras la política nos separaba el deporte nos unía. Los triunfos alcanzados por nuestros boxeadores, ciclistas y futbolistas tenían la virtud de arroparnos bajo una sola bandera. Hoy ni los logros deportivos nos unen. ¿Cuál es el gran propósito que debe convocar a todos los colombianos, tanto de izquierda, como de derecha y de centro? ¿Cuál es? ¿Erradicar por siempre y para siempre la pobreza? ¿Combatir la corrupción? ¿La Educación? Las naciones que avanzan son aquellas que tienen metas comunes y en las que prima el bienestar general por encima del bienestar individual. No es el caso de la Colombia de hoy, por desgracia.

La reconciliación nacional pasa por la verdad

Mientras no exista un propósito de enmienda y un acto de contrición sincero por parte de quienes han participado en acciones violentas e inclusive delictivas, Colombia no puede avanzar hacia una auténtica y sólida reconciliación nacional que permita -¡por fin!- pasar la página de horror que nos ha tocado vivir. Y esa verdad incluye a quienes fueron partícipes de delitos desde organizaciones criminales como las Farc, pero también a quienes desde la institucionalidad y a nombre del Estado actúan de manera dolosa y criminal. Es decir, por ejemplo, tanto Timochenko a nombre de las Farc, como los agentes de Policía que atentaron contra la vida del taxista Javier Ordóñez en Bogotá tienen la obligación de decir la verdad. El primero en lo que tiene que ver con los abusos y reclutamiento forzoso de menores y los segundos en lo que se relaciona con actos criminales en los que están comprometidos, entre ellos la muerte del taxista bogotano. La Sociedad no puede exigirles la verdad a unos y ser permisiva o guardar silencio cómplice con los otros.

Saber que las redes sociales pueden ser armas letales

Nunca como ahora el lenguaje ha jugado un papel fundamental para afrontar y superar la crisis que nos agobia. El buen uso del lenguaje es vital para lograr la verdadera reconciliación nacional. Una palabra mal utilizada, un adjetivo inadecuado o imprudente, o un señalamiento injurioso contra un contradictor, puede causar daños irreparables. Debemos ser prudentes en lo que hacemos, pero también en lo que decimos. Tenemos en nuestras manos herramientas muy poderosas que deben ser usadas de modo responsable. La indudable y creciente influencia de las redes sociales nos obliga a medir cada una de nuestras palabras. Pero quienes están llamados a asumir un comportamiento mucho más responsable son los dirigentes políticos que cuentan con millones de seguidores en Twitter, en Instagram o en Facebook. Por ser quienes son y por la enorme influencia que ejercen en sus seguidores su comportamiento debe ser mucho más cuidadoso. La Sociedad demanda de ellos una alta dosis de sensatez y de cordura. Incitar al odio o convocar actos violentos, que pongan en peligro la integridad y la vida de miles de personas, entre ellos muchos jóvenes, debe ser rechazado y repudiado por quienes creen en el poder del diálogo y la palabra.

Ayudar siempre y en todo momento a los demás

Es necesario -hoy más que nunca- ponernos en los zapatos de los demás. Tenemos que hacer nuestro su dolor, pero también sus logros y alegrías. No podemos perder la capacidad de conmovernos con todo aquello que le ocurre a nuestros semejantes, sea su risa o su llanto. La pandemia del coronavirus nos ha enseñado que debemos pensar mucho más en los demás que en nosotros mismos. Debemos entender que el centro de nuestras vidas no puede ser lo material, ni la búsqueda egoísta y presurosa de éxitos y triunfos. Ser empáticos es ser generosos. No debemos perder jamás la capacidad de ayudar a los demás. ¿Qué sentido tiene atesorar riquezas si nos mostramos indolentes ante el dolor de nuestros semejantes? Ser solidarios es ser generosos. No exijamos solidaridad a quienes tienen mucho, porque no es un asunto de riqueza, sino de altruismo y vocación de servicio. La solidaridad debe estar por encima de las diferencias políticas, económicas o sociales. Es -sobre todo- un acto de desprendimiento personalísimo y voluntario.

Respetar a quienes piensan distinto

En Colombia queremos imponer un modelo absurdo, único en el mundo: ser tolerantes con quienes piensan igual que nosotros. Algo así como: “Te tolero solo si piensas igual que yo”, cuando la tolerancia es todo lo contrario: consiste en respetar a quienes piensan distinto a nosotros. Por esa razón en Colombia quienes no piensan igual que nosotros de inmediato los señalamos como “enemigos”. Y algo peor: en el país terminó por imponerse la violencia como única manera de resolver las diferencias. En lugar de subir el nivel del debate, nos encargamos de sepultarlo cada día en lo más profundo del fango. Los argumentos han sido remplazados por epítetos, injurias y calumnias. Ser tolerantes en la Colombia de hoy es tanto como ser cobardes. No podemos exigirle a los demás que sean tolerantes con nuestras ideas, si no somos capaces de respetar las suyas.

Promover la convivencia

Pretender vivir en armonía social a partir de la imposición de nuestras ideas es un grave error. Un gravísimo error. La convivencia consiste en tener la disposición y el ánimo para compartir con los demás, aún con quienes representan ideas muy distintas a las nuestras. La convivencia exige una alta dosis de desprendimiento y tolerancia. Debemos tener la capacidad de convivir con quienes están en orillas ideológicas y políticas distintas a las nuestras. Y debe ser una convivencia pacífica. Al igual que ocurre con la tolerancia, la convivencia también se soporta en el respeto. Sin respeto no puede haber convivencia. El ser humano requiere compartir con los demás. Nadie puede vivir aislado del mundo. La Sociedad se construye a partir de la convivencia, que a su vez se fortalece a partir de normas y protocolos. La convivencia se logra a partir del respeto por las minorías y no mediante la imposición de las mayorías.

Combatir la desigualdad

¿Podemos pensar en un país mejor con los actuales índices de desigualdad? Definitivamente no. Mientras Colombia siga siendo uno de los países más desiguales del mundo, siempre será caldo de cultivo para el malestar y la inconformidad social, inclusive para aquella que se manifiesta de forma violenta y armada. La pandemia ha dejado 5 millones de desempleados en el país. Por cuenta del coronavirus, Colombia perdió dos décadas en su propósito de cerrar la brecha social que separa a los pocos que tienen mucho de los muchos que tienen poco. Un país con una pobreza extrema del orden del 15%, como es el caso de Colombia, está muy lejos de encontrar una verdadera armonía social. Un país con un “creciente ejército” de jóvenes desempleados, no solo no logrará cerrar la brecha social, sino que la misma será cada día más grande.

Fomentar liderazgos visionarios:

La crisis nacional incluye a todos los sectores de la Sociedad, empezando por una clase dirigente que no ha sabido responder a los retos impuestos por la Sociedad.

No solo se trata de la clase política, fustigada y criticada con razón. También incluye a una élite empresarial indolente, avarienta y mezquina, que solo piensa en llenar sus bolsillos. Y también incluye a sectores sindicales carentes de autocrítica, dedicados a exprimir al máximo a un sector productivo asfixiado.

Hoy más que nunca Colombia requiere de liderazgos auténticos, que dejen de lado cálculos políticos mezquinos. Utilizar cargos de elección popular, como alcaldías, como trampolín para llegar a niveles superiores, como la Presidencia es mezquino y ruin, porque significa jugar con las expectativas de millones de personas que esperan soluciones a sus problemas.

Los líderes que el país requiere deben ser visionarios, solidarios y comprometidos con causas ambientales. Que piensen en la Colombia de las nuevas generaciones y no en la de las próximas elecciones.

Estimular la creación artística y descubrir talentos

La Región Caribe es tierra fértil para las expresiones artísticas. No hay un rincón en esta tierra prodigiosa donde no haya niños y jóvenes deseosos de expresar su talento natural. A ellos hay que brindarles todas las oportunidades para que puedan desarrollar sus habilidades. No hay nada más liberador que el arte. El arte transforma la Sociedad, puesto que le da carácter sublime a toda manifestación humana. El arte trasciende y perdura. Estimular a quienes buscan en las expresiones artísticas la superación de sus actuales condiciones de marginalidad debe ser una obligación imperiosa de ese Estado que casi siempre ha estado ausente o que solo se hace presente a la hora de reprimir.

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