El Heraldo

La era de Francisco

Los medios de comunicación han conducido al mundo a lo que parece ser una razonable expectativa sobre los cambios que pueden sucederse al interior de la Iglesia de Pedro.

El papa Francisco, según esas voces, tiene que corresponder a las significaciones de su histórica designación (primer jesuita, primer hispanoamericano), con la irreductible misión de conducir al catolicismo a reformas que lo reencuentren con su dispersa feligresía.

En la agenda, inclusive, se han atrevido a formular una lista de urgencias, en la que figuran temas como la eutanasia, el aborto y el matrimonio homosexual, entre muchos otros.

Pero la verdad es que no hay que hacerse muchas ilusiones.
No es por el conservadurismo que, a manera de especulación incisiva, le endilgan los titulares de los diarios a las fuerzas dominantes del Colegio Cardenalicio. Tampoco, por el agotamiento físico que a sus 76 años de edad (la misma de Benedicto XVI cuando fue elegido) acusa el nuevo Santo Padre que, en esas circunstancias –se lee también en los medios– en poco tiempo se encontraría, o con Joseph Aloisius Ratzinger en Castel Gandolfo o con el mismísimo Cristo en el cielo.

Para empezar, no pensemos en la Iglesia Católica como un gobierno que cada cierto tiempo es removido por sus gobernados. Tampoco en el papa como el jefe de ese gobierno que llega para cambiar las leyes que rigen a la humanidad.
Tanto la Iglesia como su máximo jerarca obedecen –y la obediencia es otra clave central para entender esto– a lo que los sacerdotes en la misa del domingo llaman “plan de Dios”, dictado en las antiguas Escrituras.

Ese plan, por ejemplo, defiende el derecho a la vida como principio irreductible. Y ni la eutanasia ni el aborto caben en él, sencillamente porque se asumen como crímenes contra esa vida, cualquiera sea su estación evolutiva. De aceptar al menos un debate sobre esas posibilidades, la Iglesia estaría admitiendo no solo una agresión contra la voluntad divina en un principio tan fundamental como “no matar” sino el debilitamiento espiritual con respecto al moribundo y al ser en gestación.

La actitud de la curia frente a la unión homosexual puede ser, inclusive, más controvertida, pero comporta desafíos igualmente revolucionarios. Aunque muchas legislaciones del mundo asuman el matrimonio como una institución apenas convencional que reconoce la existencia de otros sexos, para el catolicismo es un acto natural que se basa, de nuevo, en la voluntad creadora de Dios cuando unió al hombre y a la mujer –un prójimo y una prójima– para que se multiplicaran.

Absurdas o no las posturas, las ventanas que sugiere el debate –como lo asume la Iglesia– implicarían redactar nuevos mandamientos. Y la pregunta es: ¿quién los dictaría, esta vez?
Podría ser que el Vaticano endurezca su discurso sobre males como la inequidad y la pobreza, dada la tradición contestataria de Bergoglio en estos temas, o abra la discusión sobre algunos atenuantes como el uso de preservativos para sociedades con alta influencia de enfermedades de transmisión sexual.

Pero cambios de fondo, improbables. A menos que el nuevo papa funja como Dios. Y no se lo van a permitir, así haya nacido en Argentina.

Por Alberto Martínez M.
amartinez@uninorte.edu.co
@AlbertoMtinezM

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