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Omayra, el doloroso símbolo de la tragedia

El país recuerda las 60 horas del drama de la menor aprisionada por escombros en un pozo de agua. Murió esperando una motobomba.
Frank Fournier
Frank Fournier
Omayra, atrapada en el lodazal. Ninguna autoridad facilitó la motobomba para sacar el agua y rescatarla. Frank Fournier

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El país recuerda las 60 horas del drama de la menor aprisionada por escombros en un pozo de agua. Murió esperando una motobomba.

Fueron dos días y medio luchando contra la muerte. “Yo quiero que ayuden a mi mamá, porque ella se va a quedar solita”, les dijo a los socorristas y voluntarios que la hidrataban y a los periodistas que intentaban sacarla de la trampa de lodo y escombros en la que estaba atrapada, la misma que, convertida en un gigantesco alud, comenzó a las 9:09 p.m. del miércoles 13 de noviembre de 1985, sepultó a todo el municipio de Armero, Tolima, y arrasó parte de poblaciones caldenses como Chinchiná y Villamaría, entre otras.

A sus 13 años, Omayra Sánchez Garzón se convirtió en el símbolo de la lucha por la vida y a la vez en el de la impotencia y la frustración en medio de la peor tragedia natural en la historia de Colombia, la segunda más mortífera en el mundo en el siglo XX: unas 23.000 personas murieron, la mayoría sepultadas vivas, por las avalanchas que, con pocas horas de diferencia, causó el deshielo del volcán Nevado del Ruiz que había hecho erupción.

“Toco con los pies la cabeza de mi tía”, les explicó al grupo de rescatistas de la Cruz Roja y la Defensa Civil que llegaron hasta donde ella estaba. Omayra, empapada por el fango y atrapada del tórax para abajo, había caído en el sitio donde su familia quedó sepultada. A los periodistas, contó el cronista Germán Santamaría, también les explicó que su papá, Álvaro Enrique Sánchez, muerto, trabajaba “recogiendo arroz y sorgo en una combinada” y que su mamá, María Aleyda Garzón, estaba en Bogotá. Viajó a la capital a buscar un diploma en el Sena.

No llegó ayuda. Sin equipos adecuados para rescatarla, como una motobomba para extraer el lodo que no permitía ver qué la aprisionaba, los socorristas, de día y noche, estuvieron a su lado dándole ánimo, pidiéndole que aguantara. Con ella hablaron hasta de su interés por ir a la escuela, donde cursaba primero de bachillerato: “Estoy preocupada porque hoy era el examen de matemáticas”, les comentó.

El desespero del grupo de rescatista que desde un lugar cercano coordinaba el salvamento de Omayra crecía con el paso de las horas: la respuesta que les daba el Ejército, una y otra vez, era la misma: “La única motobomba está lejos del sitio”. Por eso, llegaron a pensar que la única forma de sacarla era amputándole las piernas, pero carecían del instrumental quirúrgico para ellos. Todo era un gran riesgo.

Al final, la muerte. Además del caso de la menor de edad, por horas, los colombianos vivieron, en las diferentes emisiones de los noticieros de televisión y las ediciones extraordinarias y diarias de los periódicos, el drama de otros sobrevivientes que, tratando de salvarse, caminaban desnudos sobre la espesa capa de lodo que se había tragado todo; otros, conmocionados, buscaban desesperados a sus familias.

Omayra Sánchez murió, el sábado 16 de noviembre a las 10:05 a.m., víctima de una gangrena gaseosa y la hipotermia, por las más de 60 horas en el agua esperando la motobomba que nunca llegó. Su caso puso de presente la carencia de verdaderos planes de rescate para enfrentar emergencias de este tipo de magnitudes y desveló que pese a las alertas hechas con meses de anticipación, por entidades como Ingeominas sobre la posibilidad de una gran avalancha, en especial sobre Armero, ninguna autoridad estaba preparada.

“Madre, si me escuchas, quiero que reces por mí para que todo salga bien”, había implorado Omayra poco antes de morir y a los socorristas y periodistas les había pedido: “Váyanse a descansar un rato… después me sacan”.

El debate por la foto

Trece días después de la muerte de Omayra Sánchez Garzón, la revista París Match publicó en portada su impactante foto atrapa en el lodazal, lo que en Europa causó, una vez más, el debate: ¿Frank Fournier, el reportero gráfico que la tomó, había hecho algo para salvarla, más que hacer la foto? Este contó que había llegado a Colombia dos días después de la tragedia y viajó a Armero.

Allí, en medio de la destrucción total, un campesino le contó el caso de la niña y lo llevó al sitio. Vio a socorristas y expertos que intentaban rescatarla, pero “nadie podía hacer nada”, escribió para la BBC con motivo de los 50 años de la fundación de World Press Photo, que año tras año premia las más impactantes fotos tomadas en el mundo, galardón que ganó Fournier por la imagen de Omayra.

“Al tomar su fotografía me sentí totalmente impotente”, describió en defensa de su trabajo. Y relató que luego de la publicación la gente le preguntaba ¿por qué no la ayudaste?, ¿por qué no la sacaron? Tras recordar que “hubo escándalo y debates en televisión” sobre el papel del fotoperiodista, argumentó que la imagen sirvió para que la gente le prestara atención a este caso y entregara ayudas económicas destinadas a los damnificados, y, a la vez, para mostrar que en Colombia no existían planes de atención ni de evacuación pese a que expertos habían avisado con anticipación sobre el peligro de una erupción.

“Hay cientos de miles de Omayras en el mundo, historias de gente pobre y débil. Los fotógrafos debemos crear un puente entre ellos y los otros”, sostuvo.

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