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“Entre echarme a morir y alzar la cabeza, elegí lo segundo”: Luis Javier Genes

Luis Javier Genes hace memoria para contar los momentos en que una mina antipersonas, puesta en el sur de Bolívar por la guerrilla, le “desapareció” parte de su pierna izquierda.

Josefina Villarreal
Josefina Villarreal
Muñecos de víctimas son los que ofrece Luis Javier, a cambio de donaciones para otros mutilados. Josefina Villarreal

Luis Javier Genes hace memoria para contar los momentos en que una mina antipersonas, puesta en el sur de Bolívar por la guerrilla, le “desapareció” parte de su pierna izquierda.

Desde las 8 de la mañana de cada día, Luis Javier Genes prepara sus artículos para ir a trabajar. Gorras, pulseras, llaveros, pisapapeles, y uno que nunca puede olvidar: la prótesis que reemplaza hoy una de sus piernas. Perdió la extremidad izquierda en la zona rural de Simití, municipio del sur de Bolívar, al pisar una mina antipersona en 2007.

Luis es una de los 10.773 registrados como víctimas de minas por el conflicto armado en Colombia. Un número compuesto por personas que, como él, dieron una pisada equivocada en terrenos de la guerra entre enero de 1990 y junio de 2014. De estas, el 39% (4.152) son civiles y el 61% (6.621) miembros de la Fuerza Pública, de acuerdo con estadísticas del programa Presidencial para la Acción Integral contra Minas Antipersonal.  

Es sábado. El hombre se sienta a un costado de su cama en el apartamento 313 del edificio El Río, en la calle 30 con carrera 45 de Barranquilla. Vive aquí hace dos meses. Este transitado sector del centro histórico de la ciudad, entre un río de buses y taxis frente al fétido caño de la Ahuyama, es por donde Luis tiene que moverse a diario.

Con pasos firmes que hacen difícil identificar su discapacidad física a simple vista, Genes camina por su residencia, mientras hace un balance de su vida, antes de que la realidad le impusiera el rótulo de víctima. Sus primeros tres años de vida los pasó en un municipio cuyo nombre hoy resulta paradójico: Pie de Cuesta, Santander, su tierra natal. “Vivía con mi mamá y mi padrastro, a mi padre nunca lo conocí”.

UN VISTAZO A SU MEMORIA. Luis tiene 30 años, y sin seña de afectación cuenta el episodio en el que una mina le mutiló la pierna. Díez centímetros abajo de la rodilla solo le queda un vacío. El hecho le destruyó piel y huesos, pero no las ganas de continuar su vida.

Con una sonrisa apagada, que refleja su resignación por lo que le ocurrió hace siete años, dice que después del suceso solo tenía dos opciones: “Echarme a morir o levantar la cabeza y pensar que nada me pasó y vivir al 100%; entonces, escogí la segunda, y ha sido lo mejor”.

Ahora está terminando de reunir y acomodar los muñecos de porcelanicrón que intentará ofrecer en un centro comercial del norte de Barranquilla. Relata que con apenas cuatro años de edad fue llevado a vivir a Bucaramanga, con una tía, el esposo y tres primos. En esa ciudad comenzó sus estudios básicos y alcanzó hasta séptimo grado. Luego, la vida comenzaría a acercarlo hacia el territorio donde su andar cambiaría para siempre.

“Cuando tenía 11 años, nos mudamos a Montecristo (Bolívar), donde mis tíos comenzaron a trabajar en unas minas artesanales de oro. Por eso no pude seguir estudiando, allá vivíamos en veredas y no habían colegios cerca”, explica, al tiempo que guarda las dos últimas figuras dentro de un recipiente que monta arriba de su silla de ruedas.

Luis Javier narra que a los 17 años decidió que debía independizarse de su familia. Entonces comenzó a ganarse la vida cargando las maletas con mercancía de los trabajadores de la minas de oro, y luego pasó a administrar un lugar donde procesaban la tierra para sacar el metal precioso. “Eso fue cuando tenía 21 años, tuve que dejar de ser maletero porque me dio una hernia”.

Las cargas le resultaban “muy pesadas”. Le tocaba caminar hasta cuatro horas con ellas sobre los hombros, por unas tronchas del sur de Bolívar. “Aunque el pago no era malo, como $30.000 por día”.

Genes hace una pausa en su relato para terminar de guardar las gorras, pulseras, pisapapeles y llaveros. Aunque ahora sus cargas son menos pesadas, en Barranquilla también hay peligro para él cuando sale a la calle, pues tiene que moverse entre vehículos, cuyos conductores no se dan cuenta que quien transita es una víctima de la violencia. Y los andenes son toda una jungla para un hombre con una prótesis.

Toma un taxi y se traslada hasta su sitio de trabajo. Allí, coloca sus artículos sobre una mesa plástica y se sienta en su silla de ruedas para quitarse la prótesis. “Si uno no se la quita, las personas creen que les estamos mintiendo y que no tenemos ninguna discapacidad”, explica.

Ya instalado, espera la llegada de los interesados en hacer sus donaciones a cambio de los muñecos que simbolizan lo que es él, una víctima de un conflicto que se inició en Colombia hace medio siglo.

Los elementos son elaborados por otros que han sufrido la misma tragedia, y que pertenecen hoy a la fundación Vicma, a la que Genes está vinculado desde el año pasado y la cual se dedica a apoyar a víctimas de este flagelo.

DE LO ILEGAL A LO LEGAL. Antes de atender la primera persona del día, Genes prosigue su narración: “Después de las minas de oro, me devolví a Bucaramanga, a atender una panadería”. En este oficio se desempeñó por unos meses, porque llegaría una “tentadora” propuesta para regresar al sur de Bolívar.

“Unos amigos me llamaron y me dijeron que en la zona rural de Simití estaban pagando a $5.000 la arroba para raspar coca, entonces me fui para allá. Me iba bien, ganaba como $35.000 al día, que para ese año (2006) era plata”, puntualiza.

Luis Javier detalla que eran cuadrillas de 20 personas dedicadas a trabajar en los cultivos ilícitos. Agrega que estuvo realizando esa tarea por más de un año. “Luego, ese trabajo se complicó porque comenzaron las fumigaciones, fue ahí cuando pasé al lado de la legalidad”.

De acuerdo con la versión de Genes, la Policía contrataba a grupos de campesinos para erradicar los campos del alucinógeno, y justo después de una de esas jornadas sucedió lo imborrable para esta víctima.

Por primera vez en su historia, Luis borra su sonrisa y recuerda con gran precisión: “Era un 19 de marzo de 2007, cayó lunes festivo. El día anterior, junto con un equipo de amigos habíamos estado jugando fútbol y bebiendo cervezas”.

Indica que estaban en una vereda llamada el Paraíso, jurisdicción de Simití, y que ese día despertó a las 7 de la mañana para asistir al partido contra otra vereda, llamada Aguas Lindas, que quedaba a unas 4 horas de camino, por trochas. Por eso, acompañado de unas 30 personas, decidieron cortar camino por un “atajo” que reduciría al menos el 50% del tiempo.

“Tenía una necesidad y me aparté del grupo, entré a un campo de tierra quemada. Apenas pisé ese monte sentí el impacto y cuando miré hacia abajo había desapareció mi pie, entonces caí”, rememora.

Luis Javier manifiesta que era de conocimiento de muchos que la zona era territorio recorrido por las Farc, el Eln y el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP. "Nunca supe cuál de estos fue el que puso esa mina, pero igual no guardo rencores", afirma.

En las noches, para dormir, se quita la prótesis. Pero las preguntas, las imágenes, el dolor, siempre lo acompañan. Aunque a esos sí quisiera olvidarlos.

William Cano

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