El Heraldo
Calle 33 entre carreras 42 y 43. EL HERALDO
Barranquilla

Un recorrido por las 6 calles que el Distrito prevé peatonalizar

EL HERALDO recorrió las vías que el alcalde, Alejandro Char, anunció que serán restablecidas y que hacen parte del proyecto de recuperación de los alrededores de la plaza San Nicolás.

A propósito de la propuesta del nuevo alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, de peatonalizar seis calles del Centro de Barranquilla que dan acceso a la Plaza de San Nicolás, EL HERALDO realizó un recorrido por esos sectores para contar de primera mano cómo es caminar por esas zonass que están obstruidas por los vendedores ambulantes apostados en las aceras y en medio de las vías ofreciendo todo tipo de artículos a los transeúntes.

El pasado 1° de enero, Char tomó posesión de su cargo en el barrio El Bosque, suroccidente de Barranquilla, y ratificó un ambicioso Plan de Gobierno que contempla obras en espacio público, salud, educación, infraestructura vial, vivienda, canalización de arroyos y el desarrollo urbanístico.

Una de las novedades que reveló a EL HERALDO para su segundo mandato es invertir $150.000 millones en el espacio público, recursos que, según dijo, se encuentran dentro del presupuesto de gastos e inversiones. Un porcentaje de esas partidas será destinado a la financiación de su propuesta de peatonalizar dichas vías.

En sus anuncios a este medio, Char aseguró que este tipo de estrategias ya está funcionando en Guayaquil, Ecuador, donde lograron reubicar a 50.000 vendedores ambulantes y estacionarios que se encontraban en el espacio público. “Si ellos pudieron, nosotros también. La situación allá era 10 veces más de los que hay aquí, en el Centro de Barranquilla”, afirmó el alcalde electo.

El proyecto, que busca la reubicación de unas 600 ventas, contempla la instalación de adoquín homogéneo de lado a lado de la vía, sin obstrucciones y sin bordillo, para que las personas puedan caminar cómodamente.
Las casetas donde serán reubicados los vendedores quedarán en el centro de la vía, de tal manera que el comercio formal tendrá sus fachadas despejadas. Sin embargo, los propietarios de los inmuebles deberán asumir el compromiso de remodelarlas y adecuarlas para que vayan acordes con la intervención.

Otro aspecto del proyecto es la subterranización de redes eléctricas, para acabar con la ‘telaraña’ que se observa en la mayoría de las vías a intervenir.

En la caminata por las seis calles que están contempladas en la iniciativa, EL HERALDO conoció de primera mano la complacencia de los dueños de almacenes y vendedores ambulantes con la recuperación del espacio público para el disfrute y el goce de los transeúntes. Pero, por otra parte, también esperan y piden que la reubicación que les han prometido sea “satisfactoria”, es decir, que les permita continuar con la comercialización de sus productos para que no se vea afectado el sustento de las cientos familias que dependen de las ventas callejeras en ese sector del centro.

Calle 33 entre carreras 42 y 43

‘Popeye’ vende crispetas a un costado de la iglesia de San Nicolás, justo en la entrada de la calle 33 con la carrera 42. Observa a unos niños asomados en la baranda de la plaza, se levanta de la butaca en la que estaba sentado, saca una pipa de madera y la pone en su boca. En ese momento deja de ser Eduardo Aldana, para convertirse en una caracterización del personaje creado en 1929. Cuando los niños dejan de reírse, regresa a su puesto y saca un recorte de periódico del bolsillo, donde se ve una de las tantas entrevistas que le han hecho por ser una figura del Carnaval de Barranquilla. Al dejar al ‘Popeye’ atrás, el peatón se topa con un fuerte olor a cuero que desprenden los cinturones y billeteras de una de las chazas. El espacio para caminar es estrecho, parece una procesión en la que los hombros, los brazos y los pies se rozan y chocan. Si algún peatón se detiene a comprar algo, rompe la armonía de los autómatas y genera un trancón como los de las principales calles de Barranquilla en hora pico. En el centro de la vía el cuero da paso a un enfrentamiento odorífero: de un lado unas ventas de almuerzo y del otro sahumerios. El penetrante olor a pescado frito pugna con las hojas de matarratón y yerbabuena, la canela y otras especies, por las fosas nasales de los viandantes. Seguramente un manjar para los sentidos de Jean-Baptiste Grenouille. En la improvisada tienda naturista anuncian la cura de todos los males: impotencia, problemas de hígado, dolores de cabeza; anuncian un menjurje para lograr la prosperidad e incluso el tratamiento para los males de amor. Dentro del local de tablones una mujer embarazada manipula un celular sin reparar la presencia de dos jovencitas que miran interesadas una bebida que anuncia la fórmula para atar al ser amado. Unos metros más adelante un nuevo aroma entra en disputa por el territorio. Al final de la calle un hombre saca del aceite unos chorizos rojos. El vendedor solo promete la solución de un problema: el hambre de los peatones.

Calle 33 entre carreras 40 y 41

A las 10:45 de la mañana Antonio Cohen todavía no ha conseguido “el nombre de Dios” en su puesto de ropa interior masculina. La chaza de tablones azules y ruedas metálicas es lo primero con lo que los peatones se topan en la calle 33 desde la carrera 40 hacia la 41. Al frente del local ambulante corre por la división de la placa de cemento un riachuelo de aguas servidas, cuyo olor se mezcla con el de las frutas, verduras, empanadas, deditos y arepas que venden en un espacio de 5 metros a la redonda. El líquido cenizo está mezclado con grasa y el carbón de los puestos de comida frita sobre la carrera 40. En la chaza contigua a la de Cohen está Herbaniz Villamizar en plena venta. Trata de usar su poder de convencimiento para que una clienta lleve un par de zapatos al precio que él sugiere, pero, testaruda, la mujer se mantiene en su posición y repite como un mantra: “Están muy caros”. Su discusión se pierde en la fuerte brisa que recorre los amplios espacios entre las ventas. Una hoja es arrastrada por el fuerte viento hasta los pies de un cliente que pregunta por una bicicleta y al oír el valor arruga la cara. Todos andan en lo suyo: tratando de conseguir el regalo que les solicitaron y no pudieron tener a tiempo para la Nochebuena. La juguetería de los establecimientos está puesta en la acera en un claro enfrentamiento con la de los ‘chaceros’, dejando un estrecho pasillo para transitar, como para que no eviten tropezar con una compra que no tenían presupuestada. Es una pugna por el bolsillo de los transeúntes, aunque los costos son similares. Hacia el final de la calle, en la esquina que da a la plaza de San Nicolás, un anciano de unos 80 años anuncia “lo último en yines importados de las mejores marcas internacionales con realce en las nalgas” y apunta a una jovencita que va pasando con una amiga y le espeta: “Usted, señorita, usted… necesita uno para que los hombres caigan a sus pies”. Con el rostro colorado, la chica solo atina a llamarlo “imbécil” y sale hacia la plaza.

Carrera 41 entre calles 32 y 30

En la esquina de la carrera 41 con calle 32 hay reguero de palitos para chuzo, como si hubieran sido colocados con comida para atraer a algún transeúnte hambriento y alguno ya hubiera caído en la trampa, dejando tras su paso los pinchos. La nariz descubre los puestos ambulantes con vendedores que ponen los trozos de carne atravesados en hornillas artesanales. Es mediodía y un grupo de compradores de última hora rodean los cinco ventorrillos esparcidos en la vía que baja hacia la calle 30. Un famélico perro espera que alguno de los comensales se apiade de su delgadez y le lance un trocito de lo que, desde su canina perspectiva, es un manjar. En la esquina del edificio Banco Márquez, un hombre anuncia “las maravillosas promociones” del almacén El Marinillo. Al frente, una construcción cercada con láminas de zinc se ha tomado la mitad de la calle, dejando un estrecho corredor en el ya, de por sí, invadido espacio público. Al aroma de la carne quemada se le mezcla el ácido de un puesto de naranjas que aprovecha para vender el néctar a los atorados. Por el lugar transitan carros, motocicletas, motocarros y los peatones deben subirse presurosos a unos andenes abarrotados. La sensación que da es la de estar en medio de un huracán que lo absorbe y lo remueve todo para depositarlo al azar: mezcla ruidos de vehículos, con vallenatos que salen de los altoparlantes de las tiendas, con los gritos de quienes anuncian sus productos y el ladrido del perro que pide que su hambre sea satisfecha. A cada paso hay que ofrecer un “disculpe” o pedir un “permiso”, palabras que nadie parece escuchar y por consiguiente no generan reacción. Los más expertos usan como arma principal los codos para abrirse paso entre el mar de gente. Camino hacia la calle 30 el paso es más despejado y las chazas están cada vez más espaciadas unas de otras, descongestionadas. Muchas están incluso cerradas, alejadas del vórtice de ruido que hay unos metros más arriba.

Carrera 41B entre calles 31 y 30

Un Renault 4 azul anuncia sin carteles el uso que tiene la carrera 41B, una especie de bolsillo que sube desde la calle 30. En ambos costados están aparcados automóviles de distinto estilo, color y precio, una especie de feria del auto usado que se recalienta por la inclemencia del sol de mediodía. El Renault es viejo y tiene algunas partes oxidadas, sin embargo las calcomanías en las puertas y accesorios en los rines muestran que no ha sido abandonado. Jaime Hereira rota su chaza para que “el mono (sol) no le pegue a los libros” que ofrece al público. El hombre de 50 años también tiene juguetes “para aprovechar la temporada”. Explica que los textos no se comercializan bien en esta época del año y dice que hasta finales de enero y principios de febrero es que comienza a repuntar su demanda. Títulos de clásicos como ‘La Iliada’, ‘El Quijote de la Mancha’, ‘La Odisea’ y ‘Por quién doblan las campanas’ estaban mezclados con unos más juveniles como ‘Los juegos del hambre’, ‘Crepúsculo’ y ‘50 sombras de Grey’. Una mujer se estaciona frente Hereira y le pregunta por un triciclo rosa con canastilla blanca mientras observa distraída los libros. Su vista queda fija en uno de ellos, lo toma con una mano y saca los lentes de aumentos con la otra. Pasa divertida las páginas de Tom Sawyer y paga $15.000. Se aleja caminando hacia la calle 30, embelesada en la obra de Mark Twain, hasta que un carro que intenta salir del parqueadero improvisado frena en seco y le pita. Sobresaltada, la mujer suelta el libro y empieza a discutir con el conductor. Los transeúntes y comerciantes asisten divertidos al espectáculo sin tomar partido. El ‘valet parking’ del lugar apremia a la mujer para que circule porque le está “armando trancón”. Con dignidad, la compradora toma su libro del suelo y sale de la cuadra. Todos regresan a lo suyo como si nada hubiera pasado… vuelven a su rutina de convivencia diaria con los carros aparcados en los andenes. A la priorización de la máquina sobre el hombre.

Carrera 42 entre calles 32 y 30

En alguna época lejana la entrada de la carrera 42, del lado de la calle 30, tenía unas franjas metálicas de unos 10 centímetros de ancho que reforzaban y cohesionaban la vía. Ahora están corroídas por la inclemencia del tiempo y donde antes había cemento, ahora hay basura apisonada. Entre los desperdicios hay bolsas, restos de comida, cepillos de diente, botellas plásticas y espejos rotos, como prueba de la falta de cultura ciudadana de algunos transeúntes. En la entrada del camino hay un puesto con objetos de aseo, tanto personales como del hogar, justo al lado del lugar donde se acumulan los desperdicios, brindando un contraste. Las chazas dejan el suficiente espacio en el centro como para que una pareja pueda caminar abrazada, sin embargo la aparición intempestiva de un ‘bicicoche’ los obliga a separarse y pegarse a las ventas. Una de ellas parece en desuso o al menos ya no es utilizada convencionalmente. Donde deberían estar mercancías y productos para el público, están arrumados unos palos. Sobre ellos hay una colchoneta en la que un hombre duerme la siesta en la hora de la modorra del almuerzo. El personaje está descamisado y ronca despreocupado. A su lado unos perros con cicatrices y los rabos mochos esperan con las orejas gachas que un comensal termine de arrancarle los últimos pedazos de pollo a un muslo y les lance los restos. A unos 10 metros una joven mira distraída la escena. En sus manos está suspendiendo el proceso de armar un espejo. Su abuela va amontonando una tras otra las láminas con la velocidad de alguien que lleva muchos años en el oficio. Con el rabillo del ojo observa que a su lado no hay movimiento y pega un chasquido con los dedos en la nariz de la joven, que sobresaltada regresa a su labor. Por la zona solo transitan algunas personas, tal vez la hora los hizo buscar algo contundente con qué aplacar el hambre. En las chazas, las caras largas abundan y algunos dormitan esperando que la tarde “sea más movida”.

Calle 31 entre carreras 41 y 42

La calle 31 parece dividida por la rivalidad de dos gremios: los de la ropa y los de alimentos. Sin embargo, el ambiente es de bromas y camaradería. De uno y otro lado se hacen chistes. La sensación que da al entrar es la de estar en uno de esos zocos árabes que describe ‘Las Mil y Una Noches’. Los puestos de ropa están sobre la calle y crean un estrecho camino. Aunque la mayor parte del pasillo está bajo la sombra de una lona negra, algunos agujeros dejan entrar la luz. Cada vendedor le va ofreciendo a los transeúntes sus mercancías, con una labia que intenta convencer y capturar la atención. La zona huele a prendas de vestir recién desempacadas, mezclado con el cuero de las sandalias y los zapatos. Un arroyo de gente transita, compacto, tocando los vestidos, midiendo los jeanes y acordando precios. De pronto el flujo se interrumpe: uno a uno los peatones van abriéndose como el mar Rojo y aparece un ‘Moisés’ costeño empujando una carretilla cargada de pomelos. Aunque el hombre no ofrecía la tierra prometida, si anunciaba el peso ideal y la pérdida de kilos para quienes los comieran. Una vez termina de pasar, seguido de un par de niños, el río de personas regresa a su cauce y sus compras. A mitad de camino hacia la carrera 42, el ambiente y el paisaje cambian abruptamente. El aroma se vuelve cítrico con trazas de manteca que huele y parece reciclada. Ahora se observan puestos de madera altos con licuadoras, canastas de frutas, neveras con hielo y bolsas de vasos plásticos y pitillos. Al lado, en una mesa más baja, ofrecen una variedad obscena de comida frita: deditos de queso, carimañolas, papas rellenas, arepas de huevo, empanadas y patacones. En la sombra de los andenes, los comensales que no tuvieron tiempo para el almuerzo, van engañando el hambre sentados en sillas de plástico. La mañana ha estado mala y los propietarios se esmeran por ofrecer sus alimentos que llaman ‘light’. Mientras tanto el ‘Moisés’ de los pomelos pasa por el lugar mostrando sus frutas como si fuera el mandamiento de la dieta.

Facebook
Twitter
Messenger
Whatsapp
Convierta a El Heraldo en su fuente de noticias
DETECTAMOS QUE TIENES UN BLOQUEADOR DE ANUNCIOS ACTIVADO
La publicidad nos ayuda a generar un contenido de alta calidad
No quiero apoyar el contenido de calidad
X
COMO REPORTAR A WASAPEA
1. Agrega a tu celular el número de Wasapea a EL HERALDO: +57 310 438 3838
2. Envía tus reportes, denuncias y opiniones a través de textos, fotografías y videos. Recuerda grabar y fotografiar los hechos horizontalmente.
3. EL HERALDO se encargará de hacer seguimiento a la información para luego publicarla en nuestros sitio web.
4. Recuerda que puedes enviarnos un video selfie relatándonos la situación.