El Heraldo
Barranquilla

21 años cargando el dolor de El Tomate

Veintiún años de sufrimiento han hecho de Doris Narváez Díaz el retrato del dolor. Es el tiempo que lleva cargando consigo el haber perdido a su hijo de dos años y medio en la matanza de este corregimiento de Córdoba a manos de paramilitares.

De 55 años, Doris parece mucho mayor. Es la dura herencia que recibió de la masacre en la que una de las 16 víctimas fue su cuarto hijo, Janio José, quien permanecerá en su memoria hasta que se muera, y si acaso, después.

Era martes 30 de agosto de 1988, comenzaba a oscurecer. Entre las siete y ocho de la noche un grupo de 30 hombres llegó a El Tomate. Venían en un bus del corregimiento de Popayán, se bajaron sin pronunciar palabra y comenzaron a descargar una lluvia de balas sobre los campesinos. Con granadas incendiaron las casas que eran de guadua y palma.

En un calderito. “En una de ellas murió quemado mi niño Janio José Narváez Díaz, quien en ese entonces era el menor de mis hijos. Yo no estaba presente, lo había dejado a cargo de mi hermano. Entonces un señor llamado Édgar lo recogió y lo echó en un calderito. Luego depositaron sus restos en una bolsa plástica y me los llevaron a Montería, a donde había ido a trabajar un mes atrás, justamente a cuidar a un niño”.

Cuentan que los gritos de dolor de Doris se oyeron en toda Montería. “Se me desgarró el alma y quería morir”, relata todavía atormentada.

Una de las diligencias más duras que tuvo que enfrentar fue el comprobar la identidad de su hijo. Ocurrió cuando llevó los restos para que verificaran si eran de un ser humano.

Desde ese entonces ha estado bajo tratamientos psiquiátricos. Tiene que tomar constantemente medicamentos para poder dormir. En un tiempo salía a recorrer las calles de Montería “en busca de mi hijo” y se pasaba la noche en el cementerio.

Otras veces, mientras dormía se despertaba dando gritos. Ahora está más calmada, pero nunca ha olvidado la muerte del pequeño Janio José, quien ahora tendría 23 años y sería un hombre hecho y derecho. Aún, 21 años después, lo llora inconsolablemente.

Jesús María, el hermano de Doris que estaba en la misma casa donde ocurrió la desgracia de Janio José, resultó herido en un brazo. Esa lesión no le ha permitido volver a trabajar.

un pueblo fantasma. El grupo de hombres armados que produjeron la masacre comenzaron la matanza asesinando al conductor del bus. Además hirieron a 15 personas. Luego comenzaron a incendiar las casas y todo el mundo salió corriendo a esconderse en el monte. Janio estaba dormido y murió quemado en el cuarto de la madera, porque en la casa había una carpintería.

En total, fueron 16 muertos y 22 casas quemadas. Los asesinos se fueron en el bus burlándose de los muertos y convirtieron a El Tomate en un pueblo fantasma.

Sólo seis meses después algunos campesinos regresaron con mucho temor, y al año el PNR (Plan Nacional de Rehabilitación) les reconstruyó sus viviendas en ladrillos.

Pero, no todos volvieron, muchos se quedaron en Montería, entre ellos Doris. “No mija, yo no regreso a vivir a El Tomate nunca más”.

En el año 2000 les ofrecieron unas parcelas, pero los hicieron salir otra vez en el 2005, cuando comenzaron a incendiar nuevamente las casas. Y por miedo a lo que ya les había ocurrido en el 88, muchos vendieron y se fueron.

Mirtha Rosa Díaz Martínez, de 80 años, madre de Doris, fue una de ellas. Pero paradójicamente su casa, en la que murió quemado Janio, se la vendió a otra familia que venía desplazada, también huyendo de la violencia del Urabá. Allí funciona ahora el único sitio de diversión que tiene la población, una gallera que abre sus puertas los fines de semana.

El Tomate sólo tiene dos calles y la mayoría de las casas que reconstruyó el PNR después de la quema están rajadas, muy deterioradas, y algunas más, totalmente destruidas. Sus 200 habitantes todavía viven con temor, se dedican a la agricultura, cultivan maíz y yuca, entre otros productos de pancoger.

La masacre de El Tomate quedó impune, ya que nadie investigó a fondo lo sucedido. Se concluyó que los paramilitares habían realizado la matanza en alianza con las Fuerzas Militares cercanas a la zona. Los familiares y sobrevivientes aún piden justicia. Ya no la habrá. Janio José murió indefenso en su más tierna infancia. No regresará, y Doris dice que morirá sin que se haga justicia y sin ver crecer a los nietos que su hijo le hubiese podido dar.

EL RETÉN DE LA MUERTE

Alfonso José Padilla, de 71 años, cuenta que le mataron a su hijo Manuel, de 22 años, dentro del bus. Él había sido convidado por el conductor para que lo acompañara a Popayán a cargar unos bultos de maíz. Cuando regresaban a El Tomate se encontraron con un retén de hombres uniformados que al subir al bus les dieron muerte a todos los que allí viajaban. Luego, cuando llegaron al pueblo, se estacionaron en la única vivienda que tenía luz y donde se reunía la gente del pueblo a ver por televisión la novela de moda ‘Caballo viejo’. Allí mataron a otros... La misma noche se fue del pueblo, pero regresó a los dos años.

“REGRESÉ A EL TOMATE PORQUE ES MI TIERRA”

Rosa Elena Tordecilla, de 36 años, recuerda como si fuera hoy la masacre en El Tomate. “Tenía 15 años y vivía con mis padres y tres hermanos en una zona apartada del corregimiento. Esa noche vinimos a dormir al pueblo y nos quedamos en la casa de José Paternina. Cuando sentimos que comenzaron a quemar las casas salimos a escondernos. Al otro día nos fuimos huyendo a Puerto Escondido”.

Hace 13 años Rosa regresó voluntariamente. “Ésta es mi tierra, aquí nací y crecí”. Ahora vive con su marido Juan de Dios Mejía, agricultor, y sus seis hijos, en una casita de tablas, y aunque la situación es dura porque a veces no hay dónde sembrar, ella dice que el campo es lo suyo.

Por Leonor De la Cruz

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