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John Jairo Junieles fotografiado en Bogotá, donde está radicado y trabaja en proyectos literarios.
Guillaume Amat.
Libros

J.J. Junieles retrata a una ciudad cercana al ‘infierno’

El escritor sucreño aborda en ‘El hombre que hablaba de Marlon Brando’ el alborozo que causó en Cartagena de Indias la filmación de ‘Quemada’ (1969). 

De todas las historias que ha escrito John Jairo Junieles, la de Marlon Brando en Cartagena es de las que lo ha acompañado más tiempo. Su escenario, los personajes y los mitos que involucra coinciden con las preocupaciones que atraviesan a gran parte de su obra poética y narrativa: una ciudad del Caribe, personajes dicharacheros, refranes, conflictos amorosos y mucha tela e historias por cortar y contar.

Al igual que el autor, el protagonista de El hombre que hablaba de Marlon Brando (Planeta), Santiago Barón, recibió la “bendición” del actor de El Padrino cuando estaba en el vientre de su madre y esta era una de las modistas que confeccionaban uniformes para los soldados de Quemada (1969). El largometraje de Guillo Pontecorvo que se rodaba por entonces visibilizó a Cartagena como escenario de grandes films, al tiempo que  ofrecía oportunidades laborales en una ciudad atractiva a los ojos del turismo, pero precaria para buena parte de sus habitantes. 

“¡God Luck, boy!”, es la frase escueta que, en la novela, el actor le dice a la costurera mientras le toca la barriga. El protagonista crece con la historia mil veces repetida de este gesto hasta que años después, siendo un abogado que colabora ocasionalmente para periódicos, recibe el encargo de contar lo que pasó con “la gente de la película”. La crónica involucrará, entre otros, a los personajes Giuseppe Tomasi y Alsino Bitar, testigos de la filmación en una ciudad sobrecogida por el fantasma de un actor del que se decía era “capaz de llorar con un ojo y reír con el otro”.

Para darle vida a la novela tuve que apelar a la memoria del dolor
Cubierta de ‘El hombre que hablaba de Marlon Brando’, editada por Planeta. Cortesía

Alimentar ‘la criatura’

La novela de más de 400 páginas empezó como un cuento breve. El episodio “accidental” de Brando deseándole suerte a la madre embarazada fue uno más en la ciudad sede de uno de los festivales de cine más antiguos del continente, escenario de cintas como La Misión (1986) o El amor en los tiempos del cólera (2007).

A Junieles, nacido en Sincé (1970) y criado en Cartagena, le pareció “curioso” que el pintor Alejandro Obregón hiciera parte de la  cinta de Pontecorvo en el papel de coronel de las tropas inglesas. Un día, en una cola para entrar en el Teatro Cartagena, un amigo le dijo que en ese mismo sitio Robert De Niro había esperado para entrar a una función en los días del rodaje de La Misión. También sabía de los extras que pululan en Cartagena y las historias como las del napolitano Salvo Basile, asistente de Pontecorvo que desde la filmación se radicó en Colombia como actor y productor.

Con este material, Junieles comenzó a “alimentar la criatura”. “Yo siempre trabajo simultáneamente muchas historias y la que siempre se mantuvo creciendo fue la de Brando”, dice.

En principio pensó escribir una crónica periodística, pero se dio cuenta de que “no era suficiente, una crónica podía ser una parte del libro, mas no su universo total”. “¿Cómo •se pregunta• iba a contar la búsqueda de los seres humanos alrededor del amor? Sólo a través de una ficción”.

Y su ficción está hecha de memoria oral y escrita. Junieles carga siempre con una libreta en donde apunta frases y refranes que oye en la calle o en reuniones con amigos. Abundan por eso en sus páginas dichos populares, sentenciosos, a veces cómicos y crueles: “Siempre hablan de las estrellas y no de los estrellados”, “Yo creo que se mueve más un ojo de vidrio que este pueblo”, “Quien monta el caballo sabe cómo es el animal”.

Para la investigación se sumergió en los archivos de la Biblioteca Nacional en Bogotá, enfocándose en lo que  El Diario del Caribe, EL HERALDO y otros medios decían durante la filmación en 1968. La prensa consignó que Brando estuvo en Barranquilla en el Hotel de El Prado durante sus recorridos de incógnito por la región; también el productor de la cinta, que llegó en medio de “rumores de desavenencias” con el actor, ya por entonces con un Óscar.

Otro recurso fueron las entrevistas con testigos. “Cuando se me acaba la imaginación, empiezo a entrevistar a gente sobre los temas que estoy trabajando”, dice. También volvió, con dificultades, a su experiencia: “Tuve que apelar a mi memoria emocional, a la memoria del dolor para poder darle vida a la novela”.

Evaristo Márquez en el papel de José Dolores en la cinta ‘Quemada’ (19699. Imdb

Júbilo y tristeza

En el libro Cartagena es la ciudad que habla de Brando, se arrodilla ante su presencia y la de las estrellas que la han visitado; la ciudad que oculta tras sus murallas la indiferencia ante lo que no opere en beneficio del turismo o las cámaras. El narrador, seguro de que la verdad está en la gente, se desvía de las locaciones y se centra en las calles, esquinas y plazas buscando rescatar la memoria de los participantes.

Como ha dicho el cronista Alberto Salcedo Ramos sobre la novela: “Es una obra extraordinaria, que se encarga de contar toda esa mitologización que se hizo en Cartagena con la filmación de la película Quemada, y que tiene el encanto de contarnos lo que no está en la película, crea una ficción sobre lo que sucedió cuando las cámaras estaban apagadas”.

Paralelamente corre la historia “acaso más fascinante” •dice la contraportada• de la cantante Evangelina Saumeth, que encierra un crimen y propicia una narración poética, encabalgada siempre en una nostalgia que recuerda los versos del poeta Jaime Gil de Biedma: “en el recuerdo el júbilo es igual a la tristeza”.

Volver a ver

La ciudad más turística del país fue descrita por Brando como un lugar “que no estaba muy lejos del infierno”. Esa Cartagena de 1968 es para el narrador del libro “una pequeña villa que daba la impresión de haber sido escenario de alguna peste bíblica”. Escenario, por eso, de cintas como la de Pontecorvo en la que un pueblo de esclavos de la isla Queimada busca rebelarse ayudado por los británicos que buscan quedarse con el negocio de la caña de azúcar. 

Allí vive José Dolores, el personaje interpretado por Evaristo Márquez (1939-2013), sembrador oriundo de San Basilio de Palenque a quien Pontecorvo encontró arreando ganado en una carretera del corregimiento y le propuso hacer un casting.

Márquez es recordado como el sembrador que “decía que se entendía más con caballos, burros y gallinas que con la gente”; y Brando en sus visitas a Lo Amador, Nariño y Torices, tocando tambor “como un negro más” en aquellas fiestas de patios y terrazas. 

En la Cartagena del rodaje Brando, Evaristo y otros amigos se van de fiesta por las noches a los barrios populares; para sus “escapadas”, un doble llamado Tony ayudaba al actor.  Como si se tratara de escenas de riesgo, “el doble asistía a eventos y fiestas con el jet-set de la ciudad” mientras “el verdadero Brando se iba con nosotros a escuchar música y bailar en los patios de Getsemaní”, escribe Junieles en boca de Tomassi, un italiano que suelta frases como “¡Que nadie nos quite lo bailado!”.

Aunque el actor  dijo que volvería a la ciudad, no lo hizo. En esa ausencia anida la preocupación y los caminos que iluminan el libro: volver a ver los hechos, revivirlos para indagar en ellos, a veces con consecuencias terribles para los personajes.

El autor

Jhon Jairo Junieles es escritor, periodista y poeta. Ha publicado, entre otros libros, Temeré por mí al final de estas líneas, Canciones de un barrio en la frontera, Barrio Blues y Mucho gusto, Pablo Escobar Gaviria. En 2002 ganó el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá y en 2007 fue seleccionado en la primera edición de Bogotá 39, proyecto del Hay Festival que reúne  a narradores latinoamericanos menores de 39 años. El año pasado fue el autor escogido para el programa ‘Leer el Caribe’ del Área Cultural del Banco de la República.

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