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Jeorgina Henríquez , según testigos, desde los 12 años viste la tradicional manta guajira.
Mery Granados
LGTBI

Jeorgina, la mujer trans wayuu que desafió su cultura

Esta es la historia de una indígena que hace 68 años rompió los patrones establecidos por su cultura y se atrevió a defender sus ideales.

El peso de un cuerpo hace que las hebras de un chinchorro sencillo rocen la tierra a medida que está en movimiento. Una mujer vestida con una desgastada manta wayuu de color rosa toma un descanso en medio del abrasante calor que desprenden las áridas tierras de la Alta Guajira.

Es la una de la tarde y el fogón donde se cocinó el almuerzo todavía desprende una fina capa de humo que se mezcla con el polvo que levanta la brisa. El chinchorro cuelga de dos palos secos y le hace sombra un techo improvisado de restos de cactus. Jeorgina Henríquez es la dueña de ese descansadero y de dos pequeñas estructuras de bahareque que están en la mitad de una amplia extensión de tierra, en la ranchería Meera, a unos 5 kilómetros del casco urbano del municipio de Uribia, La Guajira.

La mujer no tiene más compañía humana, está sola con cinco gallinas, el sonido del viento y una que otra voz de algún habitante de una ranchería cercana.

Ella dice que tiene 80 años, pero la lucidez y su apariencia dicen lo contrario; es de estatura media, tez morena, cabello corto, negro y liso; su nariz es ancha, sus ojos rasgados y sus pómulos son sobresalientes. Los años han ido suavizando sus facciones y muchos dicen que ningún nativo o foráneo en la actualidad se atreve a sacar el pasado de Jeorgina con solo mirarla. “Ella es una más de las wayuu adultas de la región”, relatan.

De momento la mujer se sienta en su chinchorro y dice: nojotsu taya aashgaintüiu (no voy a hablar), entonces, entrelaza sus dedos llenos de anillos, fija su vista hacia la entrada de la ranchería, sus ojos adquieren un brillo distinto, sus pupilas se dilatan y todo se queda en silencio.

Jeorgina es quizás la única mujer trans indígena del país y la más longeva de la que se tengan registros, y bajo esas circunstancias ella sabe que su historia tiene un valor.

Tras varios minutos de silencios, diálogos, risas y bromas, la mujer accede a contar algunos detalles de su vida, no sin antes advertir que debía arreglarse. Es así como se cambia de manta, se coloca un sombrero wayuu, se acomoda el cabello y, posteriormente, se sienta en una silla de metal.

Jeorgina no habla casi español, pero sí logra entenderlo, por lo que fue necesario que dos intérpretes wayuu tradujeran lo que la mujer decía.

La mujer vive en la ranchería Meera, a unos 5 kilómetros del casco urbano del municipio de Uribia. Mery Granados

Algo difícil

Cuentan los uribieros que a mediados de los años 50 la vida en el municipio, considerado hoy como la “capital indígena de Colombia”, apenas se adentraba hacia la urbanidad, “pocas casas tenían privilegios”. Para esos años, Jeorgina estaría entrando hacia la adolescencia, según los años que dice tener, y muchos de los habitantes de Uribia recuerdan que un wayuu se atrevió a realizar el acto más grande de rebeldía del que conocían los moradores: Jorge salió a las calles vestido con una manta guajira.

“Desde que era un niño sabía que era diferente, que algo no guardaba relación con lo que debía ser y cómo me sentía, pero me mantuve fuerte, no fue fácil entender todo esto. Llegó un momento en el que los comentarios ya no me hacían daño. El tiempo hizo una costra en mí, más nadie –ni verbal, ni físicamente– volvió a hacerme daño”, dice Jeorgina a medida que rasga la pared construida de tierra naranja.

Manifiesta que todo lo que rodeaba su identidad de género ocasionó conflictos y choques en su familia debido a las costumbres y creencias que profesa su cultura.

“Llegué a estar apartada, casi que desterrada, por lo que preferí huir. Había veces que no comía, aguantaba sol y lluvia. Todo eso hizo que me acostumbrara a estar sola la mayor parte del tiempo”, dice la mujer en medio de una sonrisa pícara que deja entrever los recuerdos que llegan a su mente de los momentos en los que tuvo alguna compañía.

Muchos de los habitantes de Uribia que conocen a Jeorgina admiran de ella su valentía, la capacidad de mantener en alto su  dignidad y la perseverancia que a lo largo de estos años ha mantenido en medio de una cultura marcada por el machismo.

“Ella salió a las calles del pueblo y revolucionó todo. Muchos creyeron que era una broma, pero no fue así. Desde ese momento Jeorgina aguantó el rechazó, las burlas y la discriminación por muchos años”, cuenta José Ortega, un habitante de Uribia.

El hombre recuerda que el padre de Jeorgina intentó matarla en una oportunidad, debido a que no aguantaba los comentarios que le hacían de ella. “Todo eso debió haber sido difícil, pero a lo largo del tiempo ella se fue ganando el respeto de las personas, es una persona fuerte”, dice.

Sin embargo, muchos destacan la solidaridad y aceptación que muchos tuvieron con ella. “Muchas mujeres de otras rancherías la ayudaron, le daban cabida en sus casas para que la mujer las ayudara con los oficios y otras le encargaban artesanías y hamacas”, recuerda Ortega.

Jeorgina descansa después del almuerzo en un chinchorro que tiene colgado en el patio frente a su casa. Mery Granados.

Un engaño

Dos días le tomó a un equipo de EL HERALDO poder conversar con Jeorgina debido a la negación que tenía de contar sus vivencias, pues asegura que en varias oportunidades fue engañada por cineastas y documentalistas, quienes se llevaron su historia bajo el engaño de que la iban a ayudar.

“A mí me llevaron hasta Barranquilla, me pusieron a hablar frente a cámaras, micrófonos y me dijeron que con todo eso que yo decía iba a poder tener algo de dinero para arreglar mi casa, pero después de todo eso se olvidaron de mí”, dice la mujer con las palabras entrecortadas.

Asegura que siempre llegan personas con “el mismo cuento”, a pedirle que les narre su historia a cambio de promesas. “Engañada,  así he vivido estos últimos años y no pienso hablar con más nadie, se han lucrado con mi historia, han hecho de todo con mis vivencias y he entendido que eso tiene un valor. Mi familia me ha prohibido hablar”, señala la mujer a medida que se acomoda la manta.

Ella dice que durante estos últimos años imaginó “vivir de forma diferente” y  manifiesta su deseo de poder tener una “enramada” (un kiosko) donde pueda recibir visitas y sentarse  a hablar con  sus amigos.

“A mí me gusta bailar, cocinar y oír música. Es por eso que quiero tener una radio, una estufa y muchos muebles”, afirma la mujer, quien estalla de risa y menea los dedos como si simulara estar oyendo música.

Después de haber enfrentado tantos episodios en su vida, Jeorgina parece haber hallado la paz y hoy día nada la hará salir de ese estado de tranquilidad;  entonces se levanta de su silla y se vuelve a acostar en su chinchorro a medida que un ventarrón y un fuerte trueno le ponen punto final al encuentro.

Mery Granados.
“El contexto indígena debe abordar asuntos como la marginalidad”

Las pocas acciones que hoy se proponen en la región para la garantía de derechos de las personas Lgbti, según la organización Caribe Afirmativo, demandan equiparar derechos legales y de aplicar un enfoque diferencial en las políticas públicas, dejando de lado el  abordaje a la integralidad y complejidad de los sujetos como su ejercicio en la ruralidad.

Es por eso que la organización, en cabeza de su director Wilson Castañeda,  señala que es necesario dar un paso “con  urgencia” para reflexionar y actuar frente a las acciones de clasismo, machismo y racismo que se han naturalizado en la vida cotidiana. “Promover acciones en defensa y derechos de personas  Lgbti  en contextos  indígenas, nos permite comprender que la lucha tiene que abordar asuntos como la marginalidad derivada de  la ausencia total de acceso a derechos sociales, económicos y culturales”, manifiesta Castañeda.

Es clave, según el director de la organización, que los Estados no solo activen su respuesta en políticas públicas para la garantía de derechos de las personas  Lgbti, sino que  también se promueva la pluralidad en sus dimensiones (género, identidades, expresiones, creencias, región, condición socioeconómica).

Mery Granados.
Inclusión en Uribia

En Uribia actualmente, según cifras de la Secretaría de Planeación y Desarrollo Social, hay 65 personas Lgbti, de las cuales 35 pertenecen a la comunidad wayuu.

René Lindarte Velázquez, secretario de la cartera, señala que la actual administración municipal lleva a cabo varios proyectos que se trazaron en el Plan de Desarrollo municipal, donde se les dio cabida a las poblaciones minoritarias, como las étnicas, afros, desplazados y líder Lgbti y religiosos.

“Nos dimos cuenta de que necesitábamos un capítulo especial para la inclusión social de estos sectores. Nos reunimos con la Fundación Wanejana Waya y otras entidades para generar estrategias de inclusión”, señala Lindarte Velázquez.

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