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Marian Méndez y sus hijos ingresan al Centro de Atención Integral de la Acnur en Maicao.
Fotos Sandra Guerrero
La Guajira

Nuevo ‘barrio’ de Maicao para migrantes y retornados

El Centro de Atención Integral para migrantes, refugiados y colombianos retornados que funciona en Maicao, atiende a 550 personas, pero la meta es ampliar a 1.200.

Marian Méndez y sus cuatro hijos durmieron un año en la Plaza Bolívar de Maicao. Los cinco, que huyeron de Venezuela, su país natal, buscando un mejor panorama en medio de la crisis del país vecino, han atravesado momentos difíciles: cada noche compartían cuatro sábanas, un cepillo de dientes, y el miedo de la mujer de que sus niños fueran víctimas de abuso.

Mientras esperaba a ser evaluada por los médicos del viejo hospital de Maicao, Marian, de 30 años y ocho meses de gestación contó que su marido la abandonó cuando empezaba el embarazo.

El análisis de los médicos  es uno de los requisitos para que esta ciudadana venezolana y sus cuatro hijos entraran el jueves al Centro de Atención Integral, CAI, para migrantes, refugiados y colombianos retornados que funciona en este municipio, al que accedió EL HERALDO para conocer en detalle como transcurren los días en su interior en donde permanecen 550 ciudadanos.

Cuando termina la revisión médica a Marian y pasa por vacunación, se aprueba su ingreso al Centro coordinado por la ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados.  Allí podrá permanecer un mes, aunque si tiene a su bebé podría extender su estadía.

Las casas fabricadas en plástico reciclable entre Maicao y Paraguachón.

El nuevo “barrio”

Marian se convirtió entonces en uno de los beneficiados que permanecerán en el nuevo “barrio” de Maicao.

Un funcionario del Centro es el encargado de conducirla a ella y a sus hijos a una camioneta van y de alli hasta el CAI. Allí es recibida por otros funcionarios de las casi diez organizaciones que contribuyen al funcionamiento del lugar.

A pesar que el procedimiento es algo demorado, porque se les hace una entrevista donde responde muchas preguntas sobre ella y sus hijos, Marian se muestra fuerte, pero ya respira más tranquila.

Después de todo el proceso, le entregan dos kits de aseo que contienen jabón, fab, cepillos de dientes, vasos, además de sábanas, almohadas, colchonetas, una lámpara que funciona con un panel solar y un tanque para almacenar agua.

La mujer y sus cuatro  hijos van a poder dormir en  la Unidad de Refugio Humanitario, unas pequeñas casas fabricadas con plástico reciclable y reforzado que reemplazaron a las carpas que se instalaron inicialmente. 

Por eso esa noche, por primera vez en un año, Marian cerró los ojos con la confianza de que dormían en techo seguro y habían ingerido comida caliente.
Durante el tiempo que estén allí tendrán desayuno que se sirve de 7 a 9 de la mañana, almuerzo que podrán tomarlo entre las 12 del mediodía y las 2 de la tarde, y la cena que es de 5 a 7 de la noche.

 

Tardes de cine para beneficiados del CAI.

Recordó que en medio de los tropiezos por la crisis social, económica y política de Venezuela, confesó que dormir en la calle es lo más duro que le ha tocado vivir, sobre todo en su estado y con cuatro hijos.

Algunos locales comerciales les alquilaban el baño para asearse y hacer sus necesidades fisiológicas. “Pero cuando tenía suerte, nos los prestaban”, añade Marian, nacida en el estado de Mérida.

Por la misma situación, los niños no podían cambiarse de ropa a diario porque no había como lavarla.

“Tenía que dormir con un ojo abierto, pendiente que no se fueran a llevar a los niños o alguien abusara de ellos, porque el sector era peligroso y había denuncias de que se habían robado varios niños”, asegura.

Sabe que está sola enfrentando esta situación, pero dice que si le dan una ayuda “me subo otra vez y salgo adelante”.

 Ya instalada bajo techo su mirada es distinta, empieza a sonreír y con ayuda de sus hijos, acomodó lo que le entregaron.

 

Marian en la casa en la que vivirá durante un mes.

Es consciente de que empieza una nueva etapa en esta odisea que se ha convertido su vida.

Marian contó que es repostera, oficio con el que sobrevivía en su país. “Si puedo comprar una estufa con horno y los implementos, puedo sostenerme junto a mis hijos. Voy a salir adelante”, aseguró.

Por eso confía en que una vez salga de la Unidad, pueda emprender una microempresa para seguir sosteniendo a su familia, que el próximo mes tendrá a un nuevo integrante.

 

Dios Julio, su esposa Rosibet y la niña de ambos.

La difícil vida de Dios

Dios Julio Julio, sí, así como lo leen, es un bolivarense de 32 años que en las  próximas horas saldrá del Centro de Atención Integral después de permanecer un mes junto a su familia.

La vida para Dios tampoco ha sido “color de rosa”, como él lo mismo lo señala, porque a los 12 años tuvo que huir de la violencia en los Montes de María.

Así lo decidió el día que  los paramilitares asesinaron a su mamá y a sus dos hermanos.

Lleno de miedo  y dolor,  llegó a Cartagena en donde permaneció dos años y luego, decidió irse para Venezuela. “Vendía de todo para sostenerme y hacía lo que sea, lo que se me presentara”, afirmó.

Allá en el país vecino encontró el amor en Rosibet Madueño, quien ya tenía cuatro hijos y con quien hace poco tuvo una hija que aún no cumple su primer año.

Cuando se agravó la crisis de Venezuela, regresó a su país natal hace dos años, pero como había perdido todo contacto con sus familiares en Colombia, no tuvo más opción que dormir en las calles de Maicao, por donde ingresó.

Después consiguió un terreno para armar un cambuche en donde dormía con Rosibet. “Pasábamos mucha hambre y no había trabajo”, afirma.
Sin embargo, asegura estar “agradecido” y “tranquilo”, porque con la ayuda que le entregará la ACNUR por tener hijos pequeños, podrá  comenzar a vender arroz de leche para sostener a su familia.

 

 

Joseph Merck, representante de ACNUR en Colombia.

Duplicarán capacidad

Desde marzo del año pasado, el Centro de Atención Integral, el único en el país, ha atendido a 3.120 personas desde marzo del año pasado cuando fue abierto.

Joseph Merck, representante de ACNUR en Colombia, asegura que de 550 personas atendidas cada mes buscarán duplicar a 1.200 beneficiados.   

“Hay mucha necesidad,  hay mucha gente en lista de espera que quieren entrar la organizarse y ver los planes a futuro, por eso vamos a ampliar, pero creemos que estamos cumpliendo el objetivo de apoyo humanitario y protección a los refugiados y retornados”, afirmó en diálogo con EL HERALDO.

Los residentes en el CAI reciben apoyo psicosocial, asesoría legal, atención médica básica y los niños cuentan con zonas seguras y espacios protectores donde juegan y aprenden.

Los mayores son invitados a participar en el mantenimiento del centro, a través de un programa que maneja el Consejo Noruego para refugiados a través del cual reciben una ayuda  que usarán cuando salgan de allí.

En el Centro hay una planta de tratamiento que trabaja con el sistema de ósmosis inversa para suministrar agua potable a los residentes, hay 40 baños con duchas y una zona de lavaderos. También tienen consultorios médicos, oficinas, farmacia, una recepción, bodegas y un comedor.

El proyecto tiene el apoyo del Gobierno Nacional el principal aliado, así como Cruz Roja, Defensa Civil, Sena, ICBF, Malteser Internacional, Save The Children, el Programa Mundial de Alimentos que se encarga de toda la alimentación, la alcaldía de Maicao, la UNGRD, el Consejo Noruego para Refugiados, Ward Child, Profamilia, Acción contra el Hambre, Samaritans Purse, la Gobernación de La Guajira, Humanity & Inclusion y Aldeas Infantiles.

 

El tanque de agua que abastece a la comunidad wayuu Chi Chi Tuy aledaña al CAI de la ACNUR.

El CAI genera un beneficio colateral con la comunidad wayuu Chi Chi Tuy que está en la parte de atrás y en la que hay unos 100 habitantes entre niños y adultos.

El líder es Jorge Luis Amaya, quien afirma que desde que llegó el Centro han salido del anonimato. “El 24 de diciembre recibimos el mejor regalo de Navidad y fue el reconocimiento por parte del Ministerio del Interior como comunidad indígena”, asegura con alegría.

Quince de sus miembros trabajan  en el CAI en vigilancia, limpieza, asistencia nocturna y muchos son voluntarios. “Nos ofrecimos desde el principio para armar las carpas, ayudar en la construcción y el beneficio que recibimos es mucho, ahora tenemos agua potable y no tenemos que buscarla a dos o tres kilómetros como antes”, explicó Jorge.

Adicionalmente han recibido capacitación por parte del Sena y las mujeres se han certificado con reconocidas artesanas wayuu.

 

Jorge Amaya, líder de wayuu Chi Chi Tuy.
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