Corría el año 2022 y era viernes 29 de julio. El experimentado pescador Fernando Rafael Galvis Caguana, de 59 años, estaba listo junto con sus amigos para emprender una nueva faena de pesca con la que buscarían el sustento de sus familias.
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La tripulación estaba conformada por Elver Hernández, Fredy Galvis, Leimen Peláez, José Azdun Zúñiga y Jhon William Fisher Álvarez, quienes a eso de las 3:00 de la tarde partieron ese día desde el puerto artesanal del barrio Las Flores rumbo a altamar para cumplir con la jornada habitual.
Aquella jornada, que empezaba con el sol vespertino, culminaba en horas de la madrugada.
Agotados, a eso de las 2:30 de la madrugada del sábado 30 de julio de ese 2022, el equipo tomó la decisión de regresar un poco antes de lo habitual luego de haber logrado una abundante pesca.
Sin embargo, ninguno de los pescadores imaginó que de regreso al puerto en Las Flores una fuerte ola los envolvería por sorpresa cuando surcaban por el tajamar oriental de Bocas de Ceniza, volteando la lancha en la que viajaban hasta hundirlos en las profundidades del mar.
Contra viento y marea, Elver, Fredy, Leimen y Jhon lograron escapar del fuerte oleaje, pero por desgracia Fernando Rafael y José Azdun no contaron con la misma suerte.
Esa mañana de sábado, tras el grito de emergencia de los demás sobrevivientes, decenas de voluntarios pertenecientes a varios organismos de socorro se trasladaron hasta la zona del naufragio, logrando recuperar el cuerpo sin vida de Azdun.
No obstante, los rescatistas no lograron avistar el cadáver de Fernando Rafael, el más experimentado, tras intensas horas de búsqueda.
Una búsqueda eterna
Desde aquella tragedia, los días se han tornado eternos para la familia Galvis Caraballo, que desde hace cuatro años desconoce qué pasó con el señor Fernando, ya que su cuerpo nunca fue recuperado.
Zulay Patricia, de 44 años e hija mayor del pescador, camina con profunda tristeza entre los muelles de madera endeble que hay en Las Flores, mientras abraza con fuerza un retrato de ella con su padre, cuando apenas tenía 14 años.
“Nosotros sus familiares ya tenemos esta angustia que no podemos más, cuatro años va a cumplir mi papá y no aparece. La verdad él salía con un propósito de llegar a su casa, pero no, no ha llegado, no hemos sabido más nada de él”, expresó.
Y es que Galvis Caguana no era cualquier marino de pocas agallas, ya que desde su infancia siempre estuvo apegado al mar.
“Desde que nació él fue un pescador, cuando su madre lo echó al mundo, él siempre ha sido pescador (…) Estuvo trabajando aquí en Bocas de Ceniza, pero no le gustó, le gustaba su pesca”, explicó.
Las flores que nadan en el río
Para la misma Zulay no hay más fecha que le cause un “guayabo inmenso” como lo es el cumpleaños de su padre, con el que desde hace ya cuatro no ha podido celebrar como acostumbraban, haciendo sancochos y bailando al compás de la música.
“Cuando llega la fecha especial del día del padre o su cumpleaños no tenemos a quien ponerle un ramo de flores porque no hay un cuerpo enterrado en un cementerio, no tiene una tumba, a quien tocarle, a quien decirle te amo”, narró.
Pese al dolor, la familia visita el muelle durante aquellos días únicos y, a modo de homenaje, lanzan un ramo de flores para así enviarle todo su amor para que viaje a través de la corriente, tal y como un beso sobre la mejilla o un abrazo.
“Nuestro amor llega solamente al mar, llegamos y tiramos un ramo de flores hasta ahí (…) Bueno, yo ahora en estos momentos yo le digo a mi papá que donde él se encuentre, que sea él haciendo la obra de Dios en mí y que me den mucha fuerza y mucho poder, porque es duro, difícil de vivir esta angustia”, cuenta entre lágrimas Zulay.
Triángulo de Bocas de Ceniza
Entre los muelles de Las Flores corre el rumor de que, a la entrada de Bocas de Ceniza, a unos 1.000 a 2.000 metros del canal de acceso, hay una zona donde la marea se vuelve violenta, ocasionando accidentes marítimos similares al que sufrió el capitán Galvis.
“Sí, esa zona de ahí es muy peligrosa, ahí a la entrada de Bocas de Ceniza (…) Ahí han caído personas también como mi padre y nunca han regresado”, reveló Galvis.
Según los pescadores, algunas veces se han avistado grandes maretas similares a la altura de un poste eléctrico, e incluso más grandes.
“Esas son unas maretas que salen más grandes que un poste. Es una ola, es una ola que sale hacia ahí de Bocas de Ceniza, entrando acá Las Flores entre el mar y el río Magdalena”, explicó.
El almirante Fisher
Recostado a la par de una embarcación, Jhon William Fisher Álvarez, de 56 años, uno de los cuatro sobrevivientes de aquel naufragio, contó cómo siguió las mismas aguas de su padre, un pescador de origen inglés que, por cosas de la vida, acabó en Barranquilla tras sufrir un naufragio cuando viajaba en un velero.
“Mi padre es de Inglaterra. Él llegó acá porque viajaba en un velero junto con sus compañeros a comprar coco seco para luego venderlos allá (…) Así que cuando ellos vinieron una vez acá, hubo un mal tiempo, hubo una avería en el motor y entonces entraron aquí al río Magdalena, cuando en Las Flores nada más había como 20 o 25 casas en ese tiempo”, manifestó Fisher.
Criado entre lanchas y a orillas del mar, este intrépido lobo de mar manifiesta que sus primeras faenas comenzaron a sus cortos ocho años, cuando su padre lo llevaba consigo a pescar.
“Papá nos sacaba en la lancha y nos amarraba aquí en el mástil, yo los veía y aprendía cuando él y sus amigos sacaban los pescados. El mar lo llevo en la sangre y siempre lo amaré”, expresó.
‘El almirante’ Fisher recuerda como si hubiera sido ayer los momentos previos a la catástrofe, viendo un sol claro y una marea serena mientras los demás tripulantes iban llegando poco a poco hasta la embarcación con sus provisiones.
Una noche de terror
“Nosotros salimos el 29 de julio como a las 3:00 de la tarde. Todo normal, un día de faena normal, gracias a Dios nos fue bien (…) Como allá a las doce, doce y media por ahí, decidimos ya entrar porque ya teníamos una pesca buena, entonces el capitán (Galvis Caguana) decidió: –Vamos para Las Flores–”, contó.
En medio de esa tranquilidad, Fisher optó por repartir la merienda entre los compañeros mientras llegaban a tierra firme.
“Yo a cierta distancia decidí repartir la merienda, la Coca-Cola con su debido pancito, yo repartí la gaseosa y le hice seña a mi capitán que se tomara la gaseosa, pero él no quiso aceptarla (…) Cuando me siento en la tapa del motor sentí una ola que no era normal. No era una ola de peligro, pero sí sentí en mi interior, adentro, sentí temor”, explicó.
Pero la marea tenía otros planes. Ahí, en medio de una inmensa oscuridad donde solo la luna podía hacerle frente a la negrura, una gran ola los sorprendió de lado y los volteó, causando pánico entre los marineros.
“Cuando ya veníamos entrando por Bocas de Ceniza, a cierta distancia, como a 500 o 1.000 metros del tajamar oriental, sucedió algo que uno no lo esperaba. Eso fue una sola ola que nos cogió y nos volteó de una”, narró.
Y añadió: “Después nos cogió otra ola y ahí sí el bote quedó con nosotros en el fondo del mar (…) Eso no estaba muy hondo. Ahí había como unos 12 o 15 metros de profundidad, cuando llegó la segunda ola, a mí me golpeó en la cabeza una de las baterías de la lancha y medio me privé, hasta que logré emerger del agua para salvar mi vida, lamentablemente mi capitán y mi amigo no lo lograron”.
Así como las corrientes del río Magdalena chocan violentamente con el mar Caribe en Bocas de Ceniza, la vida de los hombres de mar también queda muchas veces a merced del destino.
Para Jhon William Fisher, sobreviviente de aquella tragedia, el naufragio de julio de 2022 no solo representó una lucha desesperada por mantenerse con vida en medio de la oscuridad y el oleaje, sino también la pérdida de su amigo y capitán Fernando Rafael Galvis Caguana, cuyo cuerpo, cuatro años después, sigue sin aparecer.
La desaparición del experimentado pescador se convirtió en una herida abierta para su familia y para toda la comunidad de Las Flores, donde aún recuerdan al hombre que dedicó su existencia al mar y que terminó desapareciendo entre las mismas aguas que lo vieron crecer.
Desde entonces, cada faena de pesca lleva consigo el recuerdo de aquella madrugada fatal, una prueba más de que en el oficio de pescador la aventura, la incertidumbre y la tragedia suelen navegar juntas.


