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Es un reloj detenido

El primer reloj marcaba impasible las 3:15. El segundo, ineluctable, las 4:14. Un tercer reloj daba las 9:33 y ninguno, durante el tiempo que estuve en las tres viviendas, dejó de marcar otra hora.

El de las 3:15 lo vi en Pinar Del Río, un asentamiento de desplazados ubicado en la vía a Juan Mina. Pertenecía a Beatriz, una mujer a quien la violencia le había arrebatado a sus hijos mientras que un cáncer acabó con su esposo. Vivía en una pequeña casa de tablas, sola, fumando pacientemente a la espera de un nosequé que pudiera sacarla de su precario modo de vida. El segundo fue en el municipio de Candelaria: allí habitaba una familia proveniente del interior del país, que intentaba ganarse la vida con una pequeña tienda. ¿Hasta cuándo piensan quedarse aquí?, les pregunté. No sé, dijeron, esperemos que el tiempo pase.

El tercer reloj, el de las 9:33, colgaba en una de las paredes de la sala de la casa de Carmen, una mujer que vive desde hace diez años en el barrio La Luz. Cubierto de polvo y telarañas, aquel artefacto evocó el recuerdo de los dos encuentros anteriores. Las condiciones de las personas que visité eran similares: aguardaban algo que, cual golpe de suerte, llegara y cambiara de tajo su situación. En el pasado habían tenido una vida que podría considerarse cómoda, pero por fenómenos como la violencia, la muerte o los desastres naturales ahora luchaban para sobrevivir. Trabajaban hoy para comer mañana, cenaban deseando poder desayunar al día siguiente. Si bien yo había visitado estas tres casas con el propósito de recoger datos para un estudio sobre salud mental en personas desplazadas, lo que más me sorprendió fue el estado de pobreza en que se hallaban y las ideas que sobre ésta tenían. Y claro, los relojes detenidos.

Los múltiples estudios sobre la pobreza suelen centrarse en las precariedades monetarias y la forma como esto afecta la economía de quienes están inmersos en ella. La realidad es que la pobreza va más allá de la ausencia de dinero: tiene sus propias normas, valores, sentimientos y anhelos. Es lo que han llamado cultura de la pobreza y, más que ser un problema, se configura como una respuesta adaptativa ante un contexto que restringe cualquier otra forma de supervivencia.

En condiciones de pobreza, la vida se inmoviliza en una hora precisa y no importa si es de día o de noche porque siempre será igual. El mundo se mueve, basta con mirar la tele o salir a la calle; no obstante, como un hado siniestro, la pobreza te mantiene incólume y te da como consuelo un modo de vida que, como el reloj, no avanza ni retrocede sino que reproduce un statu quo que tiende a crecer exponencialmente. La pobreza es un reloj detenido.

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Fabián Buelvas

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