La hazaña de ser madre soltera

Gladys De la Rosa, soledeña de 54 años; Juliana Polo, magdalenense de 34 años y la barranquillera Esperanza Flórez (que no reveló su edad) narran cómo lograron salir adelante como madres solteras.

Jesús Rico
Esperanza Florez y Zulma Figueroa. Jesús Rico
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Gladys De la Rosa, soledeña de 54 años; Juliana Polo, magdalenense de 34 años y la barranquillera Esperanza Flórez (que no reveló su edad) narran cómo lograron salir adelante como madres solteras.

Las tres nacieron en épocas distintas pero con historias de empoderamiento en común. Gladys De la Rosa, soledeña de 54 años;  Juliana Polo, magdalenense de 34 años y la barranquillera Esperanza Flórez (que no reveló su edad) narraron cómo lograron salir adelante como madres solteras.

Estas tres mujeres hacen parte del 56% de las madres cabeza de hogar en Barranquilla, según lo notificado por el Dane en el 2017. Las cifran indican que de 42 mil mujeres que dan a luz anualmente, solo el 19% están casadas legalmente, el 72,7% se encuentra en unión libre; el 0,29% está separada y el 0, 11% es viuda.

Por otra parte en cuanto a la actividad laboral, se evidenció que las madres tienen el 33,2% de participación en los trabajos sociales y comunales, dividido de la siguiente manera: en el área de hotelería, comercio y turismo participan con el 31, 4%, y en la industria manufacturera su participación es del 14,8%.

Gladys De La Rosa, con sus hijos Ismael Torres y Sara Torres.
Gladys De La Rosa, con sus hijos Ismael Torres y Sara Torres. Cortesía

Gladys De La Rosa Barceló: Entre la felicidad y el dolor

Gladys De la Rosa se convirtió en madre durante una época en la que se veía a la mujer arraigada a las labores domésticas y no existía mucha oportunidad laboral para ellas. Con tan solo diecinueve años decidió casarse con su pareja, unión de la que nacieron Ismael Torres De la Rosa, de 36 años  y Sara Torres De la Rosa de 32.

Pero luego de dos años, su esposo decidió irse a otro país, un momento muy doloroso para ella porque su  hijo apenas tenía dos años y la niña, ocho meses. “Me tocó trabajar como empleada de servicio, siempre  de manera honrada”, confiesa.

El cariño con la que la recibieron sus patrones la llevaron a estudiar enfermería durante los fines de semana, tal como se lo propusieron ellos.

Así, entre el oficio de doméstica y sus estudios de enfermería, le tocó sacrificarse el doble, pero tal como ella lo asegura, “valía la pena” por sus hijos.

Meses después consiguió empleo en una clínica privada, lo cual la ayudó a aliviar un poco más la carga como cabeza de hogar porque ya para esa época, su pareja rompió todo tipo de comunicación con ella y sus hijos.

Confiesa que fue duro, pero no imposible salir adelante. Por eso recomienda a las mujeres que estén atravesando la misma situación que asuman esa responsabilidad de criar a sus hijos. “Nosotras estamos en capacidad de proporcionarles lo que nuestros hijos requieran sin necesidad de reclamarles a nuestras parejas. Nunca toqué la puerta ni de la de él ni la de su familia. Los únicos testigos de eso fueron mis papás y mis hermanos”, dice con orgullo.

Gladys intentó de manera fallida darse una nueva oportunidad en el amor. “Me pedían que dejara a mis hijos a lo que por supuesto me negué, porque yo no traje a mis hijos al mundo para dejárselos a mi mamá o regalárselo a alguien. No, yo los traje para criarlos”. Es por eso que no justifica como algunas madres dejan sobre otros la responsabilidad de sus hijos, cuando ellas son quienes deberían hacerse cargo de ellos.”, añade.

Después de 19 años, su esposo  volvió a buscarla para pedirle una segunda oportunidad, a la que ella accedió. “Fue el peor error que pude cometer”,  afirma porque finalmente se dio cuenta que no era la persona con la que deseaba compartir el resto de su vida.

Varios episodios de violencia intrafamiliar que la tuvieron al borde de la muerte terminaron de abrirle los ojos porque se dio cuenta que no era la vida que merecía. “Perdí la tranquilidad que tenía cuando no tenía pareja, solo me ocasionaba trastornos emocionales”,  aseguró. Por eso decidió cortar de tajo esa relación porque para ella primaban sus hijos y su bienestar.

“Hoy todos sus sacrificios me son recompensados porque en mis hijos encuentro todo el apoyo para ser feliz”, añade con enorme sonrisa.

Juliana Polo y su hija Valentina Rivera.
Juliana Polo y su hija Valentina Rivera. Jesús Rico

Juliana Polo, “los hijos están por encima de todo”

Juliana Polo Támara se define como una mujer “extrovertida, autónoma e independiente”, lo cual le resultó clave en el momento en que asumió  con responsabilidad  ser madre cabeza de hogar desde hace ocho años, tras terminar su relación con el padre de su hija.

En medio de la estrechez económica y el deseo inmenso de tenerla entre sus brazos trajo al mundo su primera y única hija, que nació cuando ella trabajaba como impulsadora en los almacenes de cadena.

Parte de lo que ganaba contrató a una persona que cuidara de su hija mientras ella trabajaba, pero a los dos meses quedó cesante.

La crisis se acrecentó cuando empezaron los problemas con su pareja. Cuando la niña cumplió ocho meses de nacida, él decidió irse de la casa.  Allí asumió como madre soltera.

 “Esa ha sido una experiencia dura, pero hermosa. Sacar a mi hija adelante sola no ha sido tarea fácil,  pero ella es la que me da la fuerza  para salir adelante y vencer obstáculos”, sostiene.

 Para Juliana el tener a su hija sido un regalo por el amor que las une. “Ella es tierna y responsable, es una recompensa que Dios me dio ante tantos sacrificios”, asegura.

Juliana también ha intentado rehacer su vida amorosa, pero confiesa que no ha encontrado aún al hombre que pueda llenarla y ser un referente para su hija. “Son intentos que han estado nublados por el dolor y la tristeza. La soledad es dura pero pienso que si uno decide estar con alguien, esa persona debe hacerte sentir bien y que no vea en mi hija un obstáculo para que la relación funcione bien. Yo jamás dejaría a mi hija por irme con un hombre y no entiendo como hay mujeres que lo hacen, el hijo es de la mamá”, dice. 

Hoy –añade- puedo decir que soy inmensamente feliz, tengo paz y lo más importante es que estoy tranquila, eso definitivamente no tiene precio.

Esperanza Florez y Zulma Figueroa.
Esperanza Florez y Zulma Figueroa. Jesús Rico

Esperanza Flórez Fernández: “yo decidí ser feliz”

En los pasillos del bloque ‘A’ de la Universidad del Atlántico se pasea una mujer “perseverante”, tal como ella misma lo asegura.

Esperanza Flórez, actual decana de la ‘Facultad de Nutrición y dietética’  y docente catedrática de la misma institución, es madre soltera desde hace dieciséis años. Su hija, que cursa undécimo grado, es su máximo orgullo.

Cuenta que la relación con el padre de su hija nunca tuvo esa “formalidad” como para casarse. La concebían como una relación libre y abierta que se mantuvo durante muchos años hasta que ambos decidieron emprender rumbos diferentes.

Desde ese momento ella asumió la responsabilidad de su hija con “orgullo y abnegación”.

Para ella no ha sido fácil ser madre soltera, pero que con amor, constancia y dedicación han sabido sortear las dificultades. “Nos complementamos y  ante cualquier circunstancia siempre estamos dispuestas ayudarnos”, afirma.

Esperanza también cree que no es necesaria la compañía de un hombre para criar a los hijos. “Hay que llenarse de fuerza y enfrentar los tropiezos porque no es fácil pero tampoco imposible”.

Dice que como madre quiere enseñarle a su hija que  “la vida es de trascendencia y no podemos quedarnos estáticos en los proceso, que  la felicidad se da en el diario vivir y cuando sientes que has podido cumplir todo lo que te propones”. 

Hoy después de tantos años disfrutando solo de la compañía de su hija y familiares está segura que la felicidad no está en otra persona, sino en ella misma y se construye con todo lo que haga. “Cuando una mujer enfrenta este tipo de situaciones no se debe acongojar, por el contrario, las cosas no suceden porque sí, hay un principio causal eso que de cierta manera  te mide la fortaleza y la misión terrenal que debes cumplir”.

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