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En video | La almojábana, el legado de doña Cele

Muchos viajeros que toman la vía Cordialidad comulgan con esa armonía entre olfato y  paladar. Entonces, un alto en el camino es casi que obligatorio. En la Gran Parada, el negocio familiar de doña Cele, no ceder al antojo es casi imperdonable. 

Un sabor a maíz  y leña, entre dulce y salado, se escurre en el paladar. El aroma a panecillo fresco, humeante y recién hecho tienen el sello de Campeche gracias a Celedonia Escobar de Ortega, la matrona que le dejó al corregimiento atlanticense uno de sus mayores baluartes: la almojábana. 

Esta mujer de sonrisa amplia, mirada serena y paso cansino por la edad  falleció el pasado viernes  a sus 84 años, después de haber atesorado la tradicional receta que heredó de su madre. 

“A los 12 años aprendí a hacer almojábanas. Cuando me casé conseguí un crédito de 1.000 pesos con el que compré mi primer motor. Ahí empezó mi empresa”, dijo doña Cele en una entrevista con EL HERALDO realizada en 2017, cuando promocionaba la I Feria de la Almojábana Campechana. 

Su emprendimiento –que hoy en día tiene dos fábricas en Campeche– es el principal medio de sustento de 17 empleados directos y más de 70 indirectos. 

“Tenemos una producción diaria de 5.000 almojábanas. Este es un producto totalmente artesanal, hecho en hornos de leña. Es natural, no tiene ningún tipo de preservativos porque apenas salen enseguida se venden. El proceso es largo y dispendioso pero la voluntad de mi mamá fue nunca desmejorar la calidad. Trabajamos el maíz seco y este demora tres días en volverse harina, no le negamos la cantidad de queso y los productos son de muy buena calidad, de ahí su sabor único”, manifestó Jesús Ortega, hijo de doña Cele y uno de los ocho portadores de esta tradición campechana. 

“Era un ejemplo”

El pasado domingo Campeche le dijo adiós a Celedonia, una de sus hijas más queridas. 

Los honores fúnebres se realizaron en el Cementerio Remanso de Paz. Cientos de habitantes del corregimiento se apostaron cerca al féretro y con una serenata de mariachis dedicaron palabras de agradecimiento a una mujer que fue un faro en la vida de muchas personas de su comunidad. 

“Era un ejemplo de lucha, tesón y bondad, siempre estará en mi mente”, expresó Daniela Miranda, habitante de Campeche.  

David Tesillo es el vendedor de almojábanas más antiguo de doña Cele. 

Este hombre de contextura delgada, bronceado por el sol, empezó a trabajar en la carretera vendiendo en buses intermunicipales rosquitas, diabolines, pan de yuca y almojábanas a los 10 años de edad, hoy tiene 52.  

“Desde muy joven empecé a trabajar vendiendo las almojábanas de doña Cele. Esta ha sido la forma de ganarme la vida, a ella le debo mucho, gracias a ella tengo mi casita. Cada bolsa la vendemos en buses y peajes a 2.000 pesos”, manifestó Tesillo. 

Farid Machacón tiene 25 años en el mismo oficio. 

“Estoy orgulloso de haber conocido a esta mujer tan fuerte y valiente. Fue una madre para muchos de nosotros y hoy nos deja un gran vacío”, dijo. 

Manuel Ortega preparaba la masa de los panes de leche, un producto que  implementaron en la fábrica hace tres años. Recalca que su producto “vuela” en las manos de sus clientes cuando está recién hecho.

Manuel, familiar de doña Cele, trabajaba en la fábrica ocasionalmente en sus visitas a Colombia, pues residía en Venezuela, sin embargo, huyó del vecino país por la inminente crisis humanitaria. 

“Aquí siempre tuve las puertas abiertas”, contó. Como él muchos de los familiares de doña Cele pasaron por las compras de los productos, los mandados, la contabilidad, los hornos, la producción, la materia prima, entre otras áreas del proceso de elaboración de estas delicias de la gastronomía campechana. 

José Agustín Ávila, otro de los vendedores que hace 30 años deleita a los pasajeros con esa exquisitez campechana, dice que lo que va a extrañar en adelante es no volver a ver esa sonrisa que alegraba hasta el día más oscuro. 

El secreto es el amor

El fallecido Roberto Ortega molía el maíz y preparaba el producto; Celedonia, su esposa y coequipera supervisaba que los ingredientes estuvieran como la receta lo indicaba. Al terminar Cele vendía en Sabanalarga, regresaba con las manos vacías y los bolsillos llenos.  

“Cuando la gente le preguntaba a mi mamá cuál era el secreto para que sus almojábanas fueran tan especiales siempre respondía que el secreto era el amor”, dijo Jesús Ortega. 

Ortega afirma que su madre nunca les dio por completo la receta. Tuvieron que ir adivinándola hasta que perfeccionaron el producto. 

“Ella probaba las almojábanas y nos decía —le falta una cucharada más de algún ingrediente— así fue dándonos las pistas hasta que ya no tuvo que decirnos más. Su misión estaba cumplida, ya sabíamos hacer las almojábanas”, agregó. 

El año pasado, en la vía, a las afueras de su Gran Parada se develó un busto en su honor, para homenajear en vida todo el esfuerzo de doña Cele por dejarle a su corregimiento un legado cultural que lo identifique en el Caribe. 

Sus ocho hijos, 27 nietos y 15 bisnietos viven hoy del emprendimiento de una pareja de esposos que forjaron un patrimonio, le enseñaron a sus seres queridos el valor del trabajo, y en especial le dieron a quienes le rodean el mensaje de que aunque no siempre todos pueden tener lo que quieren  –como ella lo afirmaba– por sobre todas las cosas, siempre debe quererse lo que se hace. 

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