Mario Puzo, el ‹padrino› de la novela criminal

El escritor estadounidense consiguió crear un género a espaldas de la mafia retratada desde dentro. Perfil del ‹padre› de Vito Corleone, el capo más respetado de Nueva York.

Hace 20 años falleció Mario Puzo, considerado ‹el literato de la mafia›.

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El Dominical

El escritor estadounidense consiguió crear un género a espaldas de la mafia retratada desde dentro. Perfil del ‹padre› de Vito Corleone, el capo más respetado de Nueva York.

Por Adolfo Ceballos Vélez

En una corte de Nueva York, el noble propietario de una funeraria aprieta los dientes rabiando de impotencia al ver cómo el juez deja en libertad a los agresores de su hija adolescente. Frustrado, le dice a su esposa: «si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone». Así inicia la obra cumbre del escritor norteamericano Mario Puzo, quien falleció hace 20 años, un 2 de julio de 1999.

Hijo de inmigrantes italianos, Mario Gianluigi Puzo nació en Manhattan, Nueva York, el 15 de octubre de 1920, y desde temprana edad mostró una inclinación natural para la literatura. Estudió en el City College de Nueva York, luchó en la fuerza aérea durante la Segunda Guerra Mundial, y se casó con Erika Lina Broske, con quien tuvo cinco hijos. Tras la guerra, se graduó en la Universidad de Columbia y se ganó la vida como contador, publicando su primera novela en 1955 bajo el título de La arena sucia, con pocas ventas; lo cual deprimió a Puzo, quien esperaba un éxito inmediato. Aceptó entonces trabajos como editor de publicaciones para adultos y se dedicó a escribir cuentos criminales para algunas revistas neoyorquinas. Así pasó lo siguientes años, hasta que logró publicar su muy querida La Mamma (1965) y luego Seis tumbas en Múnich (1967). Esta última con mejores ventas, mostrando la capacidad de Puzo para desarrollar historias intrincadas y apasionantes.

La novela llamó la atención de algunos editores interesados en desarrollar el tema gansteril, tan de moda en aquella época, por lo que Mario Puzo recibió un adelanto por una obra que escribiría sobre la misteriosa organización criminal italiana, de la cual poco se conocía. Fue así como, en 1966, sale al mercado El Padrino, una obra maestra éxito en ventas con más de 20 millones de copias distribuidas a nivel mundial y traducida a varios idiomas.

La novela develaba el mundo paternalista y casi medieval de la denominada mafia italiana, que era mostrada por Puzo como una continuación de las tradiciones que seguían ciertas familias oriundas de islas mediterráneas como Palermo, Nápoles o Sicilia. Esta tradición se remontaba a varios siglos de antigüedad, marcada por el sentido extremo del honor, las deudas de sangre y el intercambio de favores, en un aparato criminal que era considerado por sus integrantes como de «negocio de familia» o cosa nostra.

Puzo, de manera magistral y con una narrativa vertiginosa de thriller norteamericano, nos introduce en el mundo del hampa de Nueva York en cabeza de una familia ficticia llamada Corleone, en la cual confluyen todas las leyendas urbanas sobre rituales secretos, juramentos de lealtad y crueldades extremas, que eran cobijadas bajo un manto de honor que justificaba la dinámica criminal de la prostitución, las apuestas ilegales, la corrupción y el homicidio. Esta mafia italiana, a diferencia de la irlandesa o la de los gánsteres americanos, actuaba discretamente, en las sombras, y ningún golpe se realizaba sin el permiso expreso del patriarca de la familia, el capo di tutti capi, denominado ‹Padrino›; el cual se rodeaba de consiglieres, y de un ejército privado de matones a su servicio que emulaban la jerarquía militar de la antigua roma: lugartenientes, soldados, capitanes. La estructura criminal italiana.

 

En el colmo de su brillantez, Mario Puzo nos presenta a este Padrino llamado Vito Corleone, quien conforma un imperio criminal que regenta con violencia, pero, a la vez, con suma sabiduría y astucia, bajo una premisa que se haría muy popular en la versión cinematográfica: «Hacer una oferta que no se podrá rechazar». Este Padrino es un hombre orgulloso, con profundos vínculos familiares que valora el respeto y el honor, y quien, a cambio de ciertos ‹favores›, cuida de los suyos celosamente como un perro guardián. Es por ello que, ante la ausencia de una verdadera justicia, el dueño de la funeraria acude a ‹don› Corleone y le pide acabar con los agresores de su hija. Éste acepta y da la orden a su hijastro Toma Hagen con la siguiente salvedad: «Emplea a gente preparada, que no se embriague con el olor de la sangre. Después de todo, y aunque este agente fúnebre piense lo contrario, no somos asesinos».

Frases como esta hacen de Vito Corleone un personaje complejo y fascinante. Nos metemos en su piel y entendemos sus motivos para obrar de la manera en que lo hace (la lógica criminal); admiramos sus gestos de humildad, su firmeza como hombre de honor, así como su serenidad patriarcal. Y cuando atentan contra su vida, sufrimos ante la posibilidad de su inminente muerte. Sin embargo, el protagonismo de la novela lo comparte con su hijo menor, Michael Corleone, quien representa la corrupción de un espíritu noble que intenta mantenerse alejado del influjo criminal de su estirpe, su herencia de sangre («yo no soy así», le dice a su novia Kay); pero que sufre una inesperada transformación cuando atentan contra su padre y debe asumir la dirección de la familia y sus negocios, mostrando una crueldad inusitada que sólo es comparable con su sangre fría al ejecutar una perfecta venganza en contra de todos sus enemigos.

La influencia de El Padrino es innegable en lo que respecta al género de la novela criminal. Tanto así, que a los pocos años el mítico Francis Ford Coppola rodaría una versión cinematográfica que abarcaría dos secuelas más; todas ellas con guiones coescritos por el mismo Mario Puzo, las cuales obtuvieron varios premios Oscar, incluidos el de mejor película, mejor actor y mejor guión adaptado. Esta experiencia significó la incursión de Puzo como guionista y pronto participaría en el desarrollo de películas como Terremoto (1974), y la primera versión de Supermán (1978) que inmortalizaría al gallardo Christopher Reeve.El éxito de la novela significó para Puzo la consolidación de su carrera en el mundo literario, y le permitió tener la vida de comodidades que siempre ambicionó: cigarros importados, una mansión, autos de lujo, y practicar libremente su deporte favorito: el tenis. Le siguieron otras novelas que fueron buenas, pero no tan épicas como El Padrino, de las cuales se destacan El Siciliano (1984), El último Don (1996) sobre la mafia italiana; y las póstumas Omertà (1999) y Los Borgia (2001) que fueron terminadas con base en sus manuscritos originales.

Mario Puzo falleció a los 78 años en su casa de Nueva York. Acerca de su novela emblemática, dijo una vez: «jamás en mi vida conocí a nadie de la mafia. El éxito de El Padrino proviene precisamente de hacerle creer a la gente todo lo contrario». 

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