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El Dominical | ¡Tierra colombiana!

En la historia de este país nunca se ha sabido dónde termina la realidad y dónde comienza la magia. A punta de humor, este texto se esfuerza por enredar aún  más las cosas. 

El primero que vio tierra colombiana fue Alonso de Ojeda. En realidad, no vio tierra sino arena, porque desembarcó en La Guajira. Lo hizo a fines de 1499 y se limitó a tocar playas en el Cabo de la Vela. Los indígenas, interesados en promover el lugar como destino turístico, lo invitaron a quedarse allí unos días, guaré, con todos los gastos pagados, guaré. Pero Ojeda se negó: tenía afán de regresar a España antes de que lo agarrara el siglo XVI dando vueltas por ahí. Inaugurado el nuevo siglo, otro conquistador, Rodrigo de Bastidas, pidió permiso para visitar lo que Ojeda había dejado apenas medio descubierto.

Fue así como el buen don Rodrigo recorrió durante casi dos años las costas de Riohacha, la bahía de Santa Marta –donde más tarde fundaría una ciudad–, las bocas del río Magdalena, las playas de Calamar, la Escollera, el Club de Pesca, Barú, las Islas del Rosario, el golfo de Urabá y el cabo Tiburón… ¡Y no vio a nadie! A nadie conocido, quiero decir. Los Gnecco no habían llegado a La Guajira; Carlos Vives grababa una telenovela en Villa de Leyva; los Gerlein habían viajado ese fin de semana a Bogotá a dictar clases de vocalización, peinado y repelencia; los Obregón dormían; Eduardo Lemaitre había salido un momentico y Julio Mario Santo Domingo mandó decir que no estaba. Como Bastidas, que era un tipo apacible y simpático, no venía en plan de conquista sino de visita, se aburrió y regresó a España.
Parecía una carrera de relevos. Apenas volvió don Rodrigo, partió de nuevo don Alonso. Ojeda tenía la sensación de que ese país que apenas había rozado iba a ser cuna de una de las más importantes civilizaciones del siglo XXI, así que quiso volver. En 1502 retornó con el título de gobernador de Coquivacoa y Guajira (es curioso: Ojeda escribía Goagira, quizás para engañar a sus competidores). Pero lo que había sido hasta ese momento una aventura paradisíaca por el litoral Atlántico estaba llamado a terminar. El ambicioso Ojeda, que se las daba porque tuteaba a Colón y había estado presente en el desembarco del 12 de octubre, resolvió robarle al Rey la quinta parte de los tesoros, que le correspondía, y se armó la primera gresca por plata en tierras de Colombia. Dos de sus compañeros, Ocampo y Vergara, lo apresaron y se lo llevaron detenido. 

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Mientras tanto don Diego de Nicuesa se había hecho otorgar la otra mitad de la Costa Atlántica, desde Urabá hasta la costa de Mosquitos, que en un tiempo fue de Colombia y hoy es de Nicaragua. Nicuesa, como quedó dicho en capítulo anterior, era un tipo bastante insulso, aunque buen trompadachín y mejor jinete. Su yegua, en cambio, era una maravilla. Animal gracioso y ágil, bailaba y brincaba al ritmo de la viola. Asegura la leyenda que sacaba a bailar a los caballos que comían pavo y era capaz, ella sola, de animar un hipódromo. Según Henao y Arrubla, se distinguía «en la lectura de romances de su país y tocaba perfectamente la guitarra». Supongo que hablaban de la yegua. Muchos historiadores aseguran que Nicuesa debía al animal sus simpatías en la Corte. Mejor nos habría ido si la Corona hubiera nombrado gobernadora a la yegua, porque Nicuesa resultó ser un hombre bastante brusco que se peleó con Ojeda y con la mitad de las tribus costeñas de Colombia y acabó fundando una ciudad, que no prosperó, llamada San Sebastián de Urabá. 

Pero antes de que todo esto ocurriera, Cristóbal Colón había pisado tierra colombiana. Era su cuarto y último viaje a la finca. Sucedió en 1502 y, como ya era un tipo famoso, viajaba en carabela blindada, saludaba desde la ventanilla de babor y los escoltas no dejaban acercar a ningún curioso. Cuando Colón pisó las playas de Urabá fue todo un acontecimiento nacional. El Almirante se arrodilló, besó tierra, habló para la prensa internacional y acarició la cabeza de un indiecito que le llevaba flores. Después hubo un coctel ofrecido por el cacique Cemaco, con asistencia de altas autoridades religiosas, civiles y militares. 

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En esos momentos ya empezaban a calentarse los motores de la competencia regional: estaba a punto de nacer la eterna rivalidad entre Santa Marta y Cartagena. Las dos ciudades estaban haciendo fuerza desde tiempo atrás para que las fundaran, pero ninguno de los que había pasado por allí cerca se avino a hacerlo. Las fuerzas vivas samarias y cartageneras intentaban convencer a los más importantes fundadores del momento para que inauguraran la primera piedra. Ofrecían un futuro hotelero y turístico, playas, bahías, edificios y avenidas. Lo malo es que lo mismo, pero más barato, estaba ofreciendo ya la Florida, con una ñapa adicional: la Fuente de la Eterna Juventud. No se sabe exactamente en qué punto se avisparon más los samarios que los cartageneros. Es posible que una comisión de notables de Santa Marta se hubiera anticipado a viajar a España con el fin de hacer en la Corte lobby a favor de su fundación. Lo cierto es que convencieron a un viejo conocido, Rodrigo de Bastidas, para que fundara la ciudad.

Bastidas estaba ya medio retirado, pero aceptó hacer ese nuevo sacrificio por la patria. Fue así como, en 1524, la Corona firmó con Bastidas un contrato exclusivo de fundación que incluía, entre otros compromisos, la movilización de por lo menos cincuenta vecinos españoles, algunos de ellos casados. España consideraba que con menos no se podía distinguir una tribu de una ciudad. Bastidas cumplió, y el 29 de julio de 1525 se inauguró Santa Marta.

El turno de Cartagena iba a tardar aún varios años. Descartados como fundadores Nicuesa –porque la yegua era muy liviana de cascos y Cartagena ha sido siempre muy conservadora– y Ojeda –por pendenciero–, alguien propuso la candidatura de Pedro de Heredia como fundador. Heredia había sido teniente de Santa Marta en tiempos del gobernador Pedro Badillo y había acumulado suficiente riqueza como para retirarse a su tierra natal de Madrid. Pero su fama trascendía la provincia del Magdalena, y no solamente por el buen trabajo que había hecho allí, sino porque se le consideraba el introductor de la cirugía plástica al Nuevo Mundo. En efecto, cinco siglos antes que muchas de nuestras figuras de la farándula, don Pedro de Heredia exhibía una nariz achatada y coqueta, envidia de muchas señoras de protuberante apéndice nasal. Hay varias versiones acerca de las circunstancias en que el conquistador se hizo la operación. La más digna de crédito habla de una noche oscura y seis espadachines en una callejuela del viejo Madrid. Heredia logró escapar de aquel trance antes de que le hicieran el lifting de orejas a sable pelado y la liposucción con daga.

Una convincente gestión sacó a Heredia de su retiro y lo puso al frente de una flotilla que llegó el 14 de enero de 1533 a la bahía, dispuesta a fundar la ciudad o morir en el intento. Para bien de todos, ganó la primera posibilidad. El magno acontecimiento tuvo lugar el 21 o 22 de enero en tierras de los indios calamaríes. Y aunque no faltó una delegación samaria que recorrió las calles recién trazadas con carteles que decían «Santa Marta: ocho años más de experiencia turística», hubo una gran fiesta inaugural en la que Heredia, que era aficionado al canto, interpretó Noches de Cartagena, Cartagena sin ti y El chato en la oscuridad, acompañado a la guitarra por un joven músico local llamado Sofro.

La presencia de Heredia como fundador oficial de la ciudad más hermosa de Suramérica inició una tradición de brillante minusvalidez al servicio del terruño. Un desnarigado la inaugura, un cojo y manco la defiende, un tuerto la canta y a un alcalde le quitan la oreja de un mordisco. La belleza de Cartagena ha llevado a que su inauguración no haya terminado aún. Cada diez años le fundan otro barrio robado al mar: el Laguito, el Hilton… Un día llegará a Tolú.

«Me interesa impedir la conquista de la que somos víctimas ahora
Daniel Samper Pizano, periodista y escritor colombiano.
P.

¿Cuál cree usted que es la deuda, medio milenio después, de España por lo sucedido durante la Conquista?

R.

Al cabo de tanto tiempo y de los cambios profundos que se han sucedido, entre ellos el panorama jurídico internacional y las formas de conquista, resulta difícil precisar estas «deudas históricas», casi tanto como las «acreencias históricas». En ese orden de ideas, el tirabuzón de agravios se vuelve interminable. Los colombianos actuales podríamos intentar el rescate de Panamá, que perdieron nuestros antepasados hace cuatro generaciones, y los descendientes de los chibchas podrían quejarse ante los descendientes de los feroces panches. No me interesa tanto protestar por la conquista que ocurrió hace medio milenio como impedir que continúe 
aquella de la que somos víctimas aquí y ahora.

P.

¿Cómo catalogar a los protagonistas de la Conquista? Es decir, ¿hay héroes y villanos, descubridores o invasores, vencidos y vencedores?

R.

En toda guerra hay héroes y villanos, vencidos y vencedores, humilladores y humillados: todo depende de los ojos que miran el episodio, el tiempo transcurrido y los efectos de sus actos. Agustín Agualongo, el jefe mestizo pastuso que se oponía a la independencia, no fue menos heroico que los próceres oficiales del ejército bolivariano que pretendían apresarlo.

 

P.

¿Qué lecturas hace o cómo tratar las distintas versiones de una historia común?

R.

En todos los casos es preciso atender tres ángulos: los actos e ideas de los sectores enfrentados, el contexto real en que se dio el enfrentamiento y las luces que han aportado estudios posteriores.

P.

Usted tiene ascendencia española, ¿hay algo por lo cual pediría perdón?

R.

Aunque muchos lamentan que no nos hubieran conquistado los ingleses o los franceses, yo vivo feliz con mi herencia cultural española y agradezco una lengua que se comunica con 500 millones de hablantes nativos en dos docenas de países (podríamos estar hablando papiamento, por ejemplo). Pero agradezco, sobre todo, el maravilloso revoltijo cultural y étnico de españoles, negros, indios y todo el que hoy mismo quiera colarse en la licuadora.

*Fragmento del libro ‹Lecciones de histeria en Colombia› de Daniel Samper Pizano, De Bolsillo, Penguin Random House Grupo Editorial. 

 

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