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Editoriales
16 Marzo 2017

La humildad de un guerrero llamado ‘Rocky’

Rodrigo Valdés deja un legado valioso para los deportistas colombianos que empiezan a saborear las mieles del triunfo, su don de gentes, su espontaneidad, su autenticidad, su nobleza, su humildad. Hasta siempre, campeón.

No era el más elocuente y profundo en sus declaraciones. No lideró una lucha contra la discriminación como Muhammad Ali, no se convirtió en empresario como Fidel Bassa, no se lanzó a la política como Manny Pacquiao. Rodrigo Valdés, el valiente, corajudo, técnico y elegante ‘Rocky’ que falleció ayer en su natal Cartagena a los 72 años de edad, fue un campeón sencillo, tranquilo y de bajo perfil que dio de qué hablar en el ring y nunca por fuera de él. Jamás un escándalo, ningún aspaviento, nada de apariencias.

Las tres peleas con Bennie Briscoe, estadounidense al que le arrebató el título mundial mediano (160 libras) del Concejo Mundial de Boxeo (CMB) en 1974, y los dos combates con el argentino Carlos Monzón, a quien pudo mandar a la lona, pero no vencerlo, son su carta de presentación, son su recuerdo. Esos legendarios enfrentamientos que agigantaron su nombre en la historia del deporte colombiano fueron los que se plasmaron en la memoria de los colombianos.

El joven que se ganaba la vida vendiendo pescado en el mercado de Bazurto y lustrando zapatos en el centro histórico de la capital de Bolívar luego fue el segundo campeón mundial de boxeo que tuvo Colombia después de Antonio Cervantes ‘Kid Pambelé’. Con ambos, el país madrugó, vibró, sufrió y, sobre todo, festejó. Nos enseñaron a ganar y marcaron una época gloriosa.

Valdés, con toda la fama y reconocimiento que alcanzó a nivel nacional e internacional –su duelo con Briscoe el 25 de mayo de 1974 en Mónaco fue apreciado por el príncipe Rainiero y por artistas de cine que lo admiraban– no perdió su modestia. Era toda una celebridad que optó por no dejarse marear, por mantener los pies en la tierra, aferrarse a sus raíces, a su familia y a unas costumbres básicas que hacían feliz su vida como pugilista y ya en el retiro.

Después de colgar los guantes supo sobrellevar sus días como pensionado y negociante del gremio transportador, sin inconvenientes económicos.  

Valdés, a diferencia de muchos otros deportistas colombianos que pierden el norte y despilfarran en tiempo récord todo lo que devengan después de tantos esfuerzos y sacrificios, fue juicioso con el manejo de su dinero y se dedicó a controlar de forma austera sus ganancias.    

Las iniciales de su nombre incrustadas en sus dientes y su manera de vestir lo delatan como un hombre hazañoso, pero ‘Rocky’ solo quería que su sonrisa brillara para todos los que lo saludaban a diario en los puntos emblemáticos de Cartagena, donde se solía ver charlando con amigos y extraños, como uno más, como siempre se quiso ver, o más bien, como siempre quiso ser. 

Aunque ya vivía en Crespo, frente al aeropuerto Rafael Núñez, en un sitio cómodo, no se alejó de su pasado. A pesar de que no pudo terminar los estudios básicos y aprendió a leer viendo cine vespertino, este guerrero que derrochó sudor, alma y corazón en los ensogados, deja un legado valioso para los deportistas nuestros que empiezan a saborear las mieles del triunfo, su don de gentes, su espontaneidad, su autenticidad, su nobleza, su humildad. Hasta siempre, campeón.

Imagen de said.sarquis