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El Editorial | Decisiones personales ante el fracaso

Creer que la pandemia cederá de un día para otro es ingenuo. Mientras el virus permanezca circulando nadie podrá sentirse a salvo y las determinaciones responsables siguen siendo esenciales para evitar contagios y complicaciones de salud. ¿Por qué cuesta tanto asumirlo?

Ante el fracaso global en el control del coronavirus, y a punto de cumplirse el primer año de la declaratoria de ‘emergencia de salud pública de preocupación internacional’ anunciada el 30 de enero de 2020 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), elevada luego a pandemia, las elecciones diarias siguen marcando la diferencia entre la vida y la muerte. Puede que no sea la propia, pero sí la de quien más amamos o la de un extraño.

No hay salidas mágicas ni inmediatas para superar esta profunda emergencia sanitaria que roza hoy los 100 millones de casos con más de 660 mil infecciones y 16 mil fallecidos en cada nueva jornada. Mientras el virus permanezca circulando nadie estará a salvo, incluso en los territorios en los que se administran vacunas, como Reino Unido, donde diariamente están muriendo 1.400 personas en promedio, o en España, donde la curva de la incidencia pasó de 350 a 828 casos por cada 100.000 habitantes en solo dos semanas.

A pesar del hartazgo colectivo por meses de encierros y restricciones, la responsabilidad individual continúa siendo esencial para asimilar los múltiples cambios que han impactado la vida cotidiana durante este último año, especialmente los relacionados con la interacción social que, además, no tendrán mayor variación en el futuro inmediato. No queda otro camino que seguir adaptándose a la exigente ‘nueva realidad’ para tomar las mejores decisiones basadas en el riesgo y pensando siempre en la salud, prioridad indiscutible en este tiempo tan retador, en el que la amenaza del virus persiste invariable o si no que lo digan los grupos poblacionales más afectados. 

Entre ellos los niños y jóvenes que llevan casi un año estudiando en sus hogares de manera virtual; en muchos casos sin las herramientas digitales adecuadas, perdiendo tiempo valioso de aprendizaje, profundizando brechas sociales que podrían resultar irrecuperables y retrasando su desarrollo emocional y cognitivo. Una crisis sin precedentes, lo más parecido a una tragedia silenciosa que condenará a muchos de estos menores de edad a rezago o abandono escolar.

Es también justo ponerse en los zapatos de quienes, a diario, se exponen para luchar contra el virus, los profesionales sanitarios, cada vez más agotados por las consecuencias físicas y sicológicas de la prolongada emergencia. Escuchar su clamor frente a la permanencia de medidas preventivas resulta imprescindible en un momento crítico en buena parte del interior del país donde, a pesar de las reiteradas restricciones de movilidad, la velocidad del contagio y la letalidad no se reducen porque muchos ciudadanos, por falta de conciencia o indiferencia, no están dispuestos a aplazar su vida social.

Cada determinación personal, ausente de discernimiento y buen juicio, termina por convertirse en una bola de nieve que produce un efecto multiplicador en diferentes sectores, también los económicos. Analistas estiman una caída del 7% en la economía nacional, en enero, por cuenta de los nuevos confinamientos, con un costo superior a los $8 billones y la pérdida de 146 mil empleos. Aunque en Barranquilla, el 98% de la economía está reactivada, las restricciones en Bogotá, Antioquia y Valle del Cauca podrían generar un impacto en toda la región Caribe por caída en la demanda.

A esta altura de la pandemia nadie debería esperar que una medida ordenada por una autoridad administrativa lo mantenga a salvo. Cada quien debe asumir la responsabilidad de su protección y la de su entorno asumiendo los sacrificios que hagan falta para conservar la salud y la economía familiar. Juguemos el papel que nos corresponde para evitar caer derrotados en nuestros círculos más estrechos por una enfermedad que aún está muy lejos de ser erradicada.

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