Contra todo pronóstico, la Declaración de Santa Marta, resultado de la IV Cumbre Celac-Unión Europea, fue un singular ejercicio de equilibrio o filigrana diplomática. El documento de 52 puntos, negociado durante días entre delegados de 60 países, 33 de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y 27 de la Unión Europea dejó señales políticas claves.

La más notable es que en un tablero internacional en crisis, fragmentado por la lógica o imposición de la fuerza, los dos bloques reconocen una relación entre iguales, basada en respeto mutuo, cooperación, inversión responsable, valores compartidos y retos comunes.

Asumen, con toda la razón, que es una forma de contrarrestar las tensiones crecientes derivadas del unilateralismo o diplomacia transaccional de Trump que, como una sombra, se proyecta sobre las decisiones globales: desde su política arancelaria hasta la guerra que libra contra el narcotráfico en el Caribe y el Pacífico, pasando por su negacionismo climático.

Es innegable que el presidente Trump se convirtió en el elefante en la habitación de la cumbre que todos vieron, pero que nadie se atrevió a señalar abiertamente con nombre propio.

Aunque la declaración oficial sí se ocupó, a su manera, del ruido que el mandatario genera, evitando en todo caso señalarlo, para poder alcanzar consensos en lo fundamental: llamados a la paz en Gaza y Ucrania, una mejor gestión migratoria, necesidad de reformar la ONU, alianzas para la seguridad ciudadana y hasta un pacto a favor de la economía del cuidado. Sin duda, fue un buen punto de partida para validar la relevancia del diálogo multilateral como uno de los objetivos de la cumbre. Sin embargo, ya en la minucia del pronunciamiento final fueron manifiestas las fracturas internas del bloque latinoamericano.

Venezuela y Nicaragua se “disociaron” del conjunto del documento. A ellos tampoco se les mencionó con nombre propio, pero el texto sí fue enfático en reiterar el “compromiso inquebrantable” de los bloques con la democracia, con las “elecciones libres, inclusivas, transparentes y creíbles”. Nada de eso es posible encontrar en los regímenes autocráticos de Maduro y Ortega que, además, se negaron a condenar la invasión rusa a Ucrania, una paradoja que desnuda su doble rasero frente al derecho internacional que tanto reclaman.

Pese a la reafirmación del multilateralismo como imperativo geoestratégico para enfrentar los actuales desafíos en materia de guerra, crisis climática, desigualdad o narcotráfico, la cumbre de Santa Marta no pudo escapar de sus propias contradicciones. No se puede negar que la ausencia de jefes de Estado y de Gobierno, en particular de líderes cruciales, tanto de Europa como de América Latina, debilitaron el peso político de la cita. Muchos de ellos acudieron a la reunión de dirigentes globales en Brasil, previa a la Cumbre Climática de la ONU, pero en vez de trasladarse a Santa Marta, decidieron retornar a sus países de origen.

Cierto que, de una u otra manera, todos los países convocados estaban presentes, pero más allá de las excusas políticamente correctas de los gobiernos, salta a la vista que muchos mandatarios optaron por mantener prudencial distancia ante la confrontacional escalada retórica Trump-Petro, en especial tras ser incluido por el Departamento de Estado en la Lista Clinton. ¿Hubo presión o no para no asistir? Eso cada nación lo sabrá, el hecho es que aunque Trump no estaba invitado, todos sabían que iba a ser el gran protagonista de la cita.

Pocas cosas son tan claras como que Santa Marta refrendó que América Latina oscila entre la influencia de Estados Unidos y la seducción de China. Europa parece decidida a recuperar el terreno perdido, pero si Bruselas no pasa de las palabras a la acción y se convierte en el socio fiable que la región necesita para reducir su dependencia de Washington, la cumbre será otra ocasión desaprovechada y se recordará no como el faro del que tanto se habló, sino como una luz que se apagó antes de iluminar el camino de esta alianza transatlántica.